Reseña sobre el último número de la revista Golosina Caníbal, un estudio de Agustín Conde De Boeck sobre Segundo Urreca Mieza. Autor nacionalista y monárquico; esotérico y vanguardista. Un olvidado del pensamiento nacional que merecía ser exhumado.
Por Agustín Caldaroni
La primera vez que tuve en mis manos un libro de Segundo Urreca Mieza, fue en la feria dominguera de Tristán Narvaja, en Montevideo. El ejemplar era viejo, de un blanco como sucio de humo con las hojas a punto de despegarse, la tapa solo llevaba el nombre del autor y el título: Nueva Esmorfia Criolla. Ese nombre extravagante ya me había conquistado, malo o bueno, daba igual: ahí había un distinto. Leí el primer párrafo: “Lo que nos distingue y ennoblece como argentinos, es lo que nos enfanga. Levantemos orgullosos nuestros blasones de trapo remendado. La copa de oro del rey borracho brilla tanto en el banquete como el populacho de moscas nacaradas que soban de su vino. El gauchaje y la indiada, comparten el mismo espíritu cesáreo que nuestro heroico patriciado para conformar la Unidad Nacional, solo la judería burguesa evita el temperamento extremo que nos hace grandes”.
Más tarde, cuando leí el libro entero, quedé fascinado. No era parejo, había que sortear parrafadas soporíferas hasta encontrar una frase interesante, pero de tanto en tanto, alguna imagen destacaba y valía la pena haberse comido extenuantes reflexiones esotérico-políticas. Porque lo pesado del libro era su simbología metafísica, embebida de tarotismo y astrología, pero el arsenal medieval de sus metáforas, combinada con el argot entre lunfardo, aristocrático y marcial y las reflexiones mesiánicas absurdas, daban un resultado original. Pasé un tiempo con la sensación mezquina de haber capturado un secreto.
El último número de la revista Golosina Caníbal es un estudio crítico sobre la obra de Segundo Urreca Mieza (1901-1972) a cargo de Agustín Conde De Boeck, se trata de un homenaje y una exhumación. Este autor secretísimo y olvidado, salvo alguna mención a pie de página, no contaba, hasta ahora, con un ensayo serio sobre su trabajo. Por suerte, el primer análisis sobre la obra de Urreca Mieza no cayó en las manos de algún académico, porque Conde De Boeck es un discípulo y admirador confeso de este autor. El texto es laudatorio y apasionado, sin dejar de reírse de la ingenuidad política del escritor, de su estilo literario grandilocuente. Conde De Boeck escribe sobre Urreca Mieza para llevarlo a su rancho literario, se lo apropia y sin vueltas se confiesa rapiñador de la obra de su maestro, dice: “Cuando me preguntan cómo hago para escribir libros tan extraordinarios, de dónde saco mi triste tono de folletín redentorista, de dónde esos hábitos retóricos tan impropios de mi edad, yo imposto candidez y, enmascarado de modesto, disimulo la turbia verdad: nada hay en mi pluma que, siendo superlativo, no provenga de Urreca Mieza”. Más allá de la confesión jodona y farabute, quién lea a los dos autores sabrá que Conde De Bock no exagera tanto.
Pienso en un libro de Conde De Boeck titulado Nigredo, novela de época, entre el gótico de conventillo y el folletín. Narra la historia de Epifanio Bozzolo, un joven de existencia desgraciada, criado en un vecindario infecto junto a su familia, que es golpeado en la escuela por sus profesores y, más tarde, explotado en trabajos miserables. El protagonista crece, se casa, reproduce una familia decadente, deambula por los bajos fondos porteños, hasta que conoce un maestro ocultista (un cantor de tango que entona melodías de ultratumba) que se vuelve su mentor en un camino de iniciación metafísica. La novela va apelotonando escenas de degradación hasta el punto que causa risa; los personajes parecen títeres, fenómenos de feria, cromos de figurines porteños; los escenarios, maquetas a escala de conventillos, fábricas y puertos. En la novela se nota la marca del naturalismo purulento Elías Castelnuovo, de los personajes humillados de Roberto Arlt, pero tiene, además, una extraña forma de adjetivar, un lenguaje cargado de neologismos lunfardescos, que dejan patente la influencia de Urreca Mieza. Conde De Boeck rastrilló por los caminos muertos que transitó su maestro para alimentar su estilo. El hábitat poético por donde se mueven es familiar, se pasean por el suelo pegajoso de un patio regado de alpiste y cagadas de loro.
Hablando del carácter y la escritura de Urreca Mieza, en un juego de antropofagia estilística, Conde de Boeck da muestra de la afinidad expresiva con su maestro: “Mataderismo, Grial, oniroducto, demiurgia, demogénico, astral, numénico, numinal, numinoso, noumenal, numen, etc.; jeroglífico, zodiacal, tarótico, horoscópico, vesánico, atávico, misteriarca, hierofante; garambainas, pamplinas, de prepo, ni lento ni peroso, ranfañoso, pituco, requisar…”. El valor de este ensayo, además del repaso puntilloso y lúcido sobre la obra de este autor olvidado, se aprecia por cómo deja al desnudo la apropiación de una poética. Al esclarecer la forma de escritura de Urreca Mieza, se define a sí mismo y planta bandera.

En cuanto a los libros revisados en este ensayo, se dividen en dos: los ensayísticos y los ficcionales. Queda claro que Urreca Mieza no evita las derivas literarias al teorizar y sus novelas tienen mucho de tratado filosófico político. Sucede como en la obra de Omar Viñole, otro raro, sus libros son mescolanza de registros, donde el panfleto político se ataja de la poesía para no naufragar. A Urreca Mieza lo salva su escritura extraña, todo lo demás es delirio astrológico, teorías de la conspiración, especulaciones políticas fantasiosas. Era nacionalista, monárquico, cristiano y pretendido alquimista. Desde su óptica, el destino de la patria debía estudiarse en las cartas de tarot. Su solipsismo nacionalista lo llevó a escribir que solo Argentina es real, el único país, la única realidad; no era que el resto del mundo no existiese, pero parecían ser proyecciones ficcionales de nuestro país. Argentina como el mundo de las ideas puras platónicas. Ya en la chochera de su vejez se autoproclamaba a gritos como Rey de la Argentina.
Dice Conde de Boeck: “Cómodamente instalado más allá de todo binomio nacional (ni federal ni unitario, ni gauchipolítico ni sarmientino, ni peronista ni liberal), optó por una visión macrohistórica del espíritu nacional: hegelianamente percibe sus figuras como necesidades dialécticas que encuentran en el ícono de El matadero y su Urtrauma, la síntesis demogénica de la nación…”. Según Urreca Mieza, nuestro gran poema épico nacional es El matadero de Echeverría, haciendo una salvedad, según él esta obra no fue escrita por Echeverría, se trataría de un texto anónimo, a la altura de la Biblia o el Poema de Gilgamesh. En la tortura de este relato se da la comunión sacrificial entre civilización y barbarie, los unos son tan necesarios como los otros. Urreca Mieza ve, como Georges Bataille, en los sacrificios rituales la comunión erótica y espiritual entre víctima y verdugo. La lucha fratricida perpetua entre matarifes y señoritos, es aplaudida por el autor como hecho fundante del Ser Nacional, los criollos llevan en su sangre, la turba de raíces negras y el orden aristocrático.
Poco sabemos de su biografía, parece que estuvo felizmente casado, que le gustaba pegarse cuatro horas de siesta con el sol en la cara, que fue pobre. Le gustaban los títeres, los payasos, los circos, los laboratorios químicos. En el epilogo de su libro Nueva Esmorfia Criolla, cuenta una anécdota interesante. Parece que visitaba prostíbulos con su amigo Ignacio Anzoátegui, escritor católico y nazi-fascista. El epílogo lleva el nombre Un lupanar con baldaquino. Mientras Anzoátegui se encerraba en una habitación con alguna prostituta, él pagaba compañía no para tener sexo, sino para que lo escucharan leer fragmentos de sus libros. Cuando Anzoátegui terminaba, Urreca Mieza pedía agua y jabón y lavaba los pies de la prostituta de turno a pesar de las risas cínicas de su amigo.
La lista de libros de Urreca Mieza es larga, pero citemos algunos para disparar fantasías sobre su contenido: Titirimundi federal, circo criollo y retablo gaucho. El primitivo arte de la marionetística pampeana; Dédalo de abuelas; Comedias de magia; El castillo de la reina Mishiadura; Protomitos graálicos en la demogénesis argentina, Ensayos iconológicos de arte nacional; etcétera. Pero tengo que agregar un título a la trabajosa pesquisa de Conde De Boeck.
Después de obtener mi primer ejemplar de Urreca Mieza, pasaron años hasta que pude volver a encontrar un libro suyo. Busqué lo que pude del autor sin suerte, hasta que encontré otra joya en la biblioteca de mi abuelo, en Galicia. Y ahora, leído este ensayo de Conde De Boeck, me queda el sabor triunfal (y malaleche) de tener un libro de Urreca Mieza que él no cita en la bibliografía del autor, o sea que desconoce. El libro que encontré en la biblioteca familiar se llama: Apologética de los Reyes Magos. A primera vista parecía un libro infantil. La portada llevaba una ilustración de los reyes magos en sus camellos siguiendo la estela de una estrella fugaz. El libro es una genealogía histórica de la representación de los reyes magos en distintas culturas. Urreca Mieza profetiza que los reyes magos serán mensajeros de un nuevo mesías que nacerá en la Provincia de San Juan. Lo curioso del libro son algunos capítulos donde narra las aventuras de los reyes magos en la travesía que los conduce hasta el nacimiento de Jesús. Combaten contra bandoleros y demonios usando poderes como si fuesen superhéroes. Pero el estilo recargado y presuntuoso, el tono cómico de ciertos pasajes, cambia abruptamente cuando los reyes magos conocen al niño Jesús, el autor parece enternecido y pinta un pesebre lírico y dulce, con animales que sonríen, en un clima lento, de susurros e ingravidez. El recién nacido es moreno y peludo, José parece un indio y María una cautiva resignada. Y lo más raro, ese pesebre estaba alumbrado por lamparitas de colores, como si se tratase de una feria moderna.
Habiendo leído dos libros de este autor me siento con derecho de pedirle a Agustín Conde De Boeck que repartamos la torta de Urreca Mieza. Yo también quiero rapiñar. Prefiero los circos, las ferias, los pueblitos de provincia, las siestas al sol; te dejo los secretos arcanos, los templos, los retablos, los conventillos. Mientras tanto, esperemos que este ensayo circule y que la obra de Segundo Urreca Mieza ya no dependa de la ventura astral de unos pocos iniciados
