Mato Grosso y el futuro de Argentina

El texto plantea el vínculo entre la devastación del sistema educativo formal con el narcotráfico. ¿Qué rol juega la plataformización y la digitalización educativa?

Por Mariano Dubin

El Mato Grosso anduvo por los sueños de mi infancia creciendo en una selva sin límite, de animales extraños y peligrosos, una frontera última que solo personajes fascinantes podían atravesar. El avión, durante casi una hora infinita, me mostró la devastación. La selva amazónica se convirtió en un apacible e interminable infierno verde de soja. Cada tanto, surgía un breve círculo de selva oscura como mojón de un pasado para siempre acabado.

Pude olvidar pronto ese presagio de fin de mundo porque los colegas que me esperaban en el aeropuerto eran amigos queridos con quienes pudimos hablar de nuestras pasiones: literatura, política, educación, lenguas.

Sin embargo, pronto, ir conociendo la plataformización y la digitalización en la Escuela y la consecuente pauperización del docente como auxiliar de la máquina me volvió, como un vómito, la tierra baldía, la destrucción, el fin del mundo.

Pero, luego de unos días, entendí el vínculo concluyente entre el desmonte de la naturaleza y el de la vida humana. Y uno, acaso, podría ver en dicha digitalización lo que se llama “feudalismo tecnológico” que puede olvidar otra materialidad (y tal vez otro feudalismo más concreto, más latinoamericano, como me sugirió Juan Manuel Villulla).

Me explico: como la plataformización de la escuela supone una abrumadora cantidad de horas frente a la computadora, los alumnos descubrieron que solo deben dejarla prendida y clickear cualquier respuesta hasta el hartazgo. El docente no da clases directamente, sino que corrobora el tiempo de sus estudiantes frente a la pantalla y que hayan completado los formularios. El simulacro capitalista de encomiásticos números y realidades paupérrimas. Pero acá no finaliza el engranaje del sistema.

Frente al repliegue de su territorialidad, la escuela empieza a ser una institución vacía en los términos modernos de su función y un nuevo actor empieza a ocupar su lugar de “orientación pública”. Me refiero al narcotráfico, en este caso, el Comando Vermelho que utiliza la fachada escolar para crear una compleja red de niños de once, doce o trece años que instrumentalizan la comercialización de drogas. Lo que más me sorprendió, sin embargo, no fue el hecho en sí, sino la aceptación del hecho.

La explicación parecía evidente según un colega: antes esos niños también vendían drogas, pero sin método, con violencia y desmadre, con festiva crueldad; haciendo así del cotidiano escolar un espacio imposible. Ahora el Comando Vermelho imponía reglas: sus soldados debían mantener un perfil bajo, no violento y procurar la paz de la institución.

Esta reacción pasiva frente al triunfo del narcotráfico me recordó otro viaje a Brasil, hace varios años cuando realicé un breve trabajo de campo en una favela de San Pablo. Iba a la iglesia, observaba clases de escuela primaria y secundaria, hablaba con los vecinos. Me sorprendió que frente a las noticias de la violencia paulistana que uno conocía, yo descubría un barrio apacible, casi pintoresco.

Finalmente, hablando con un vendedor ambulante sobre la inseguridad, me explicó que esta tranquilidad se debía al Primer Comando de la Capital -el tristemente célebre grupo narco, el PCC, por su crecimiento continental-. El PCC acaba de desplazar del barrio a otros grupos “más sanguinarios”. Ahora se prohibía salir a la calle «mostrando armas», no se robaba en el barrio y también se rechazaba el asesinato público. A la gente se la mata con discreción y se la desecha en algún río profundo y podrido de las afueras paulistanas.

Agronegocio (la ocupación y destrucción de tierras que no les pertenecen), narcotráfico, grupos para policiales no son un Estado paralelo. Es el nuevo Estado. No es sólo la atomización social y el vaciamiento institucional sino un modo muy concreto de organizar el territorio neocolonial. La legitimidad de quien posee el monopolio de las armas, importa poco su legalidad. Difícil detener este proceso de descomposición sin algo que sea mucho más que el eslogan «El Estado presente». A veces se habla de la política, de la vida contemporánea, sólo en clave de las plataformas y se olvida que la política es también la ocupación efectiva del territorio material.

Muchas veces vi en Brasil procesos que me parecían imposibles para la cultura argentina y, con sorpresa , descubrí pocos años después su imposición acá -por ejemplo la multiplicación de condominios privados, castillos medievales, hoy reproducidos hasta el hartazgo en nuestros barrios privados-. No me sorprendería, pronto, «estar felices» por la emergencia de un grupo narco que imponga orden y paz.

Deja un comentario