El relato, con tintes alegóricos y por momentos asumiendo la forma de la parodia, narra las peripecias de un grupo de militantes de derecha peruanos que se juntan en el Centro de Estudios Católicos de Arequipa para analizar la vida desde su peculiar visión de mundo.
José Mario Azalde
Nos reuníamos los martes por la noche en la calle Jerusalén. Un local prestado por una vieja aristócrata arequipeña donde funcionaba el Centro de Estudios Católicos (CEC), la vanguardia de la reacción.
Nuestras reuniones semanales en ese grupúsculo ultramontano, incluían juegos de mesa sobre la guerra civil española, los himnos de la Falange o del heroico ejército del Führer, pequeños recitales de poesía de Ezra Pound o profundas reflexiones teológicas sobre Las Veladas del Conde de Maistre.
Pero, ¿para qué nos reuníamos realmente en el CEC? El objetivo último era recuperar violentamente el orden natural perdido mediante la reinstauración del gobierno del Rey Sacral. Y todo esto se traducía en la organización de actividades nada santas: sabotajes a eventos académicos progres, campañas difamatorias contra determinadas feministas recalcitrantes que promovían la ideología de género, infiltración en células comunistas en universidades cooptadas por Patria Roja. Lo hacíamos con profunda fe, con un enorme espíritu militante, ya que todos sabíamos que estábamos más allá del bien y del mal, perdonados por la posibilidad de una “indulgencia plenaria” por nuestro excesivo celo apostólico.
—Ayer me llegó la Revista Cabildo. ¡Publicaron mi artículo! —dijo Félix Sarto, nuestro sagrado oráculo.
—¿El artículo sobre Averroes? – preguntó Adriano Belana, el cojitranco que se hacía llamar, en las catacumbas, como “El Cardenal”.
—El mismo —respondió Sarto.
—Siento que nuestras discusiones y lo que escribimos son simples debates “de familia”. Siempre los mismos temas, las mismas polémicas. Creo que deberíamos escribir sobre asuntos más urgentes y trascendentales como la crisis de la cristiandad, la infiltración masónica en la Iglesia, sobre las profecías de la Virgen de Lourdes —dijo preocupado el enjuto Julián Pampa, el chico que buscaba un milagro para sus hemorroides—. Se acerca el fin de los tiempos.
—Yo pienso que tenemos que denunciar, en los medios de comunicación aliados a nuestra causa, a los infames comunistas. Sobre todo, a esos Hermanos nuevos que llegaron a la Universidad La Salle. Son unos sodomitas, unos herejes —sugirió Sarto.
Adriano, el cojito divino, manifestó su leal apoyo:
—La Teología de la Liberación, que rehabilitó el populista de Francisco, está destruyendo a la Congregación de los Hermanos de La Salle. Los cientos de hermanos mártires y guardianes de la ortodoxia se deben estar jalando de los pelos. ¡Los pobres santos Mártires de Turón, defensores de la cristiandad frente a estos sacrílegos homosexuales!
—Hay que pedir a Monseñor que excomulgue a esos falsarios. Honestamente a mí me preocupan más las feminazis —manifestó Julián, que tuvo la mala suerte de enamorarse de una lesbiana que luego se convirtió en una furiosa militante feminista—. Están llenas de odio y atentan contra la familia tradicional.
—Tenemos que rezar por esas mujeres confundidas. Sobre todo, por aquellas que conocemos y que sabemos que están sufriendo. Seguramente Dios, en su infinita misericordia, las mandará por un largo tiempo al purgatorio. Agradezcamos siempre que nosotros somos los santos varones de Cristo —Belana sabía de las pretensiones de Julián con la chica lesbiana. Tal vez con ese comentario quiso ayudar a su amigo, pero todos notamos en la expresión de Julián una mueca de dolor. Aunque ahora pienso que tal vez se le había reventado una venita del culo, no lo puedo descartar.
—En efecto, no hay por qué preocuparnos. Muchos son los llamados y pocos los elegidos, y todos sabemos en qué lado estamos —comentó Sarto y todos agacharon la cabeza con una leve sonrisa en el rostro.
Cada uno de los miembros del CEC estaba en ese lugar por razones diferentes. Yo conocía a los tres, lamentablemente.
Adriano, el cojito, padecía sus acostumbradas neurosis que lo acercaban con fanatismo a nuestras actividades, para posteriormente alejarlo y sumergirlo en la vida bohemia de la ciudad: en esas famosas amanecidas con tristes cantantes de trova y literatos fracasados, donde discurría mucho pisco y, a veces, el consumo de ancestrales sustancias estimulantes. Cuando entraba a su fase maniaca se dedicaba a crear perfiles falsos en el Facebook para acosar a muchachas. Nosotros, al inicio, nos preocupamos por su extraño comportamiento, pero luego decidimos tomarlo con tranquilidad, ya que las bellas chicas que solía contactar virtualmente lo rechazaban (no siempre con elegancia) y su reacción pasaba, de la euforia y la excitación, a la santa y devota vida casta (sostenía que Aristóteles recomendaba no salir de casa después de las seis de la tarde). Esta ambivalencia, este extraño comportamiento de Adriano, hizo que se ganara muchos detractores en la pequeña y conservadora sociedad arequipeña. Las que tuvieron la desafortunada experiencia de toparse con él en su fase maniaca, sobre todo las chicas víctimas de su delirante cortejo coincidían en que no solo su pierna estaba lisiada, sino también su alma. Finalmente, nosotros lo aceptábamos porque éramos conscientes que la Iglesia es un refugio de pecadores.
Julián era un caso digno de análisis en cualquier escuela psicoanalítica. Su vida consistía en un odio soterrado hacia el padre. Lo odiaba por cholo, por pobre, por ser una buena persona. El alma de Julián era como un pastiche andino, un collage serrano, una macabra mezcla de El Principito con El Príncipe. Su máxima ambición era ser parte de la aristocracia de la ciudad. Su afán aspiracional era delirante, llevándolo muchas veces a realizar hechos ridículos, como estudiar francés para seducir a una linda muchacha, hija del cónsul de Francia, una franco-peruana con un nulo conocimiento de la lengua de Voltaire. Mientras Julián le recitaba versos de Baudelaire, ella, ignorándolo solemnemente, veía en la tele el último hit musical de Tini. Su fama de arribista era general, y las personas que lo conocían mostraban su rechazo a sus ambiciones virreinales mediante el desprecio y a veces, cuando tenía suerte, con la indiferencia. Al igual que Adriano, nosotros lo apreciábamos porque considerábamos que sus pretensiones no eran crematísticas ni heráldicas, sino estéticas: sus afanes eran por la búsqueda de la belleza divina (claro, una belleza blanca y de preferencia emparentada con alguna de las principales familias de la rancia aristocracia arequipeña). Sociológicamente, Julián era un desclasado, un blanco sin blasones, una graciosa anacronía, un remanente de la visión estamental de una antigua y decadente clase blanca arequipeña. O también, como muchos sostenían, un mero advenedizo.
Sarto era un buen tipo, solo un poco engreído y cobardón. Tenía un criollísimo lado chismoso y criticón. Creo que de los tres era el más honesto y el más inteligente. Virgen a los 32 años, Sarto sublimaba su deseo mediante el pecado de Onán con la última página de la revista Caretas. Era un provocador, pero como dirían las abuelas tradicionales, con mayor precisión, “un palomilla de ventana”. Un fiel retrato de su cobardía lo dio aquella vez en que íbamos a comentar el discurso de Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona sobre los musulmanes, que Sarto, sostenía, iba a aprovechar para condenar a los herejes musulmanes y a la yihad que va en contra de la Santa Iglesia. Para nuestra sorpresa, descubrimos que en este olvidado pueblo del sur peruano existía una comunidad importante de musulmanes. Sarto, con miedo y contundente realismo, tuvo que cambiar su invectiva por un mensaje ecuménico, mensaje que hubiera sorprendido al mismísimo Papa Francisco.
Nuestras actividades eran financiadas por los “Santísimos de la Vida Cristiana”, cuyos miembros creían que nosotros éramos la vanguardia de un nuevo esfuerzo evangelizador. Al menos, eso era lo que nos comentaban fervorosamente, cuando nos traían gaseosas y pizzas, o a través de mensajes cuando la secretaria les enviaba la cuenta de la luz y el agua. A inicios del 2008, estaban empeñados en promover la beatificación de Kauffman K. Recuerdo que en la puerta del CEC había un busto del próximo beato, y se utilizaban nuestras actividades para repartir estampitas del primer santo de los “Santísimos”. Años después, se descubrió el pecado nefando de este lascivo pedófilo y el encubrimiento de toda la cúpula que dirigía el movimiento desde Lima y Roma.
Pero durante la primera década del nuevo siglo, el catolicismo regional cobraba un inusitado renacimiento, y nosotros éramos la mano de Dios que intervenía en la historia de la humanidad, o de Arequipa concretamente.
Cierto día, recibimos un correo donde anunciaban que arribaba a Arequipa un antropólogo mexicano especialista en fanatismo religioso. Para nosotros, era, obviamente, un eufemismo para decir “marxista ateo postmoderno especialista en globalismo multicultural”. Este sujeto aparecía en nuestra cristianísima ciudad para promover su perversa ideología. No podíamos quedarnos como meros observadores, era urgente una intervención para impedir que se realizara dicho evento.
En las vísperas de la celebración de la charla habíamos decidido cómo organizarnos: Sarto iba a dirigirse al escenario con una cruz y agua bendita para hacer arder a ese súcubo mexicano; Julián tenía que cerrar la puerta de auditorio para impedir que el charro del infierno huya como un cobarde; y Adriano debía esperar en la puerta con volantes que denunciaban el carácter satánico de esa actividad.
Mientras Sarto y Julián esperaban la llegaba del hereje mexicano, Adriano y yo (la amistad me obligaba, muchas veces, a participar de sus complots) hacíamos tiempo conversando sobre nuestra última partida de TEG. Cuando entrábamos en confianza Adriano mostraba su verdadera faz, lasciva y juguetona. Le comenté que hacía unas noches había tenido una polución nocturna y me sentía culpable por ello. Para aliviar mi dolor, asumiendo el rol de profeta urbano, me dijo: “Aquí, entre nosotros, te digo que, si te pajeas, al toque debes confesarte. El curita de la Iglesia La Compañía no te puede negar el perdón por ese pecado insignificante. Además, cuando te corres la paja, de antemano sientes que la culpa invade tu corazón, ¿o no? Entonces el arrepentimiento aparece antes del acto”. Adriano recurría a la metafísica para justificar la paja pecaminosa. “Tienes que perseverar en la ortodoxia y en la ortopraxis, pero si tienes sexo, recuerda que por el orto no hay aborto, amiguito, ¡ahhhhh!” dijo, lujurioso. Nuestra amistad estaba por encima de la hipocresía de ciertos católicos practicantes, y eso era un escape a las exigencias de lograr la santidad. Me sentía cómodo con Adriano, con sus delirios y su conversación hipertextual. Cuando pasó, junto a nosotros, un viejo y conocido maestro masón, le espetó: “¡Muerte a la república masónica y su parlamentarismo vulgar!… ¡Viva el Rey Sacral!”.
Con lo que no contábamos, para nuestra mala suerte, era con los efectos del arroz chaufa que Adriano había comido, minutos antes, en una carretilla de dudosa pulcritud. Su estómago empezó a hacer un ruido cuasi militar que nos hizo recordar películas sobre el desembarco de Normandía. Yo le sugerí buscar con urgencia un baño para que pudiera sentarse en el inodoro y reflexionar sobre la posibilidad de reinstaurar la Santa Inquisición y sus castigos (sobre todo el empalamiento). Lamentablemente nadie nos facilitaba el ingreso al baño. A la gente no le importaba el sudor frío, el rostro desencajado, el aumento de la cojera de mi escatológico amigo. Al final de la calle había una cochera de autos viejos, definitivamente era nuestra última oportunidad de evitar un desborde de mierda en los blancos e inoportunos pantalones de Adriano.
En la cochera no había inodoro, solo había un sucio silo. Para cagar era necesario ponerse de cuclillas. Las piernas enfermas de mi amigo no podían sostenerlo, necesitaba que alguien lo sujetara mientras, con el culo en el aire, realizaba la evacuación, tratando de no salpicar sus zapatos ni su prístino pantalón con hediondas heces. Adriano me recordó la máxima de amar al prójimo, me habló del hijo pródigo, la amistad de Cristo con sus apóstoles, todo para convencerme de ayudarlo a realizar esa acrobacia, única posibilidad de poder defecar satisfactoriamente sin ningún tipo de contingencias. Tuve que ayudar al amigo en sus problemas (gastrointestinales). Pudo evacuar todo, aunque el olor era insoportable. Luego apareció el otro problema, probablemente el más grave. El pseudo baño no tenía papel higiénico. Revisamos nuestros bolsillos y yo solo encontré un papelito doblado con un moco verde seco. Era el único papel que teníamos a la mano. Adriano decidió, estoicamente, limpiarse el ojete con el papelito, mezclando mi moco con su mierda.
Luego de expulsar sus excrementos, salimos presurosos para llegar al evento del azteca-hijo de Satán. En el camino, por la prisa, los debilitados esfínteres de Adriano se abrieron de tal manera que llenaron, con lo que le quedada de caca, todo el pantalón y la vereda. Era un huaico de excrecencias que venían acompañadas de una extraña y viscosa sustancia color rojo. Adriano, impávido, recordó que en el almuerzo había comido ensalada rusa (olvidé mencionar que mi amiguito era rusófilo, pero de la Rusia de los Zares) y la betarraga había provocado que su mierda cobrara ese intenso color rojo soviético.
Todo pasó tan rápido que decidimos posponer nuestra participación en el boicot contra el mexicano para reposar unos minutos en la vereda, a unas cuadras de donde se realizaba la charla. Adriano se encontraba con el culo dolorido por la irritación que le había provocado el moco seco. Tenía el ano paspado. No podía sentarse correctamente, por lo que decidió reclinarse en la vereda con las piernas abiertas, con el poto ligeramente en el aire. Habían pasado muchas horas desde el inicio de los problemas estomacales de mi amigo y ya empezaba a anochecer. La preocupación por no haber ejecutado a tiempo el plan, la incertidumbre sobre si habíamos logrado o si fracasamos estrepitosamente nos tenía muy distraídos, sin percatarnos de lo que ocurría a nuestro alrededor. De pronto unas voces chillonas me hicieron reaccionar dándome cuenta de que nos habíamos sentado en la puerta del principal bar gay-friendly de la ciudad, un antro de maricones que nosotros habíamos denunciado por ser la fachada de un centro de prostitución masculina, la cueva donde se alojaba el Anticristo, la reencarnación de Sodoma y Gomorra. Sin darnos cuenta, estábamos en las fauces del enemigo. Mientras Adriano y yo estábamos inmovilizados por la conmoción del fracaso de nuestra misión y de encontrarnos accidentalmente con gente a la que deseábamos ver muerta por alguna rara, extraña y larga enfermedad que les diera tiempo de reflexionar y pedir a Dios el perdón de sus pecados; mientras lográbamos superar poco a poco el impacto de encontrarnos en medio de ese lugar, escuchábamos los comentarios de los homosexuales que señalaban a Adriano y decían: “cómo quisiera que me rompan el culo como a ese chico, tiene el poto completamente rojo, seguro su pareja debe ser tremendo pingón”.
Lo último que recuerdo de ese día es que llegué a mi casa corriendo, asustado, tarareando Cara al Sol y pensando que el mundo moderno no será castigado. Es el castigo.
Mientras huía despavorido en búsqueda de mi cristiano hogar, Sarto y Julián caminaban cabizbajos por las calles del centro de la ciudad. El boicot se transformó en performance cuando Sarto empezó a lanzar agua bendita, realizando un exorcismo y repitiendo a gritos la oración ¡Vade Retro, Satanás!: Los espectadores pensaron que se trataba de un orate que pretendía jugar a los carnavales, valiéndose de un chisguete, con el expositor mexicano. Las fuerzas de seguridad decidieron sacar del local a Sarto y a Julián. La intervención fue un monumental fracaso.
Como era viernes y el cura de La Compañía estaba confesando, decidieron visitar la Iglesia para mostrar ante Dios su arrepentimiento y suplicar por el perdón de sus pecados. Sarto sabía que Julián había tenido problemas con su flamante enamorada. En una situación confusa, había terminado con ella retomando la relación dos días después. A pesar de los esfuerzos por ocultar lo sucedido, todos sabíamos por rumores lo que realmente había pasado. Julián solía ser muy hermético con respecto a su vida sentimental, pero esta vez su discreción no funcionó. Todos, soterradamente, hacían mofa de su descalabro emocional.
Sabíamos los hechos: Julián tenía una relación con Martha, pero siempre estuvo “interesado” en su mejor amiga, María. Este interés probablemente pasaba por el mayor patrimonio y prosapia de María. Era conocido, por todos los que frecuentaban a Julián, que se afanaba constantemente en blanquear sus indebidas ambiciones sosteniendo que solo deseaba con ella una “amistad espiritual”. María sabía que Julián era un ser despreciable, un impresentable que estaba dispuesto a dejar a Martha si se le aparecía una muchacha con mejor fortuna. Así, María, con la finalidad de desenmascararlo, decidió tenderle una trampa. Le diría que ella estaba dispuesta a empezar una relación con él, pero tenía que terminar inmediatamente con Martha. Julián, que en el fondo era un sujeto medroso, inseguro y porfiado, decidió comunicar a Martha su irrevocable decisión. Luego de tranquilizarse por la odiosa ruptura, pretendió mitigar su orfandad espiritual visitando a su nueva novia, llevándole rosas que había comprado en el cementerio en un florero que perteneció a su abuela chuquibambina, una auténtica reliquia familiar. También decidió alquilar un terno azul, para aprovechar la ocasión, y estrenar unos gemelos con el símbolo de la Cruz de San Andrés, emblema de los carlistas españoles. Bien emperifollado, tomó rumbo a la casa de María. Julián no se imaginaba lo que le iba a suceder.
Luego de tocar el timbre, vio entre los matorrales que separaban la propiedad de la calle, que quien se acercaba a grandes trancos era María y no la empleada doméstica. Este detalle lo emocionó y se imaginó que su nueva novia lo esperaba con ansias y que solo anhelaba lanzarse con pasión en sus brazos. Julián, que sufría de una terrible cursilería, llegó a la conclusión de que esa escena representaba el éxito, la realización de sus más terrenales ambiciones.
María abrió la puerta con el gesto adusto. No permitió que Julián, con su terno azul alquilado, sus flores de cementerio en florero-reliquia familiar y sus gemelos carlistas cruzaran el dintel de la puerta.
—Yo jamás estaría con un sujeto como tú. Mi intención sólo era mostrarle a Martha que estaba viviendo un engaño. Que, en cualquier momento, apenas se te presentara la oportunidad, la dejarías por alguien con más plata. Me das asco, me provocas repulsión. Nunca más vuelvas a mi casa. Desaparece de mi vida.
Quedó completamente inmovilizado cuando María cerró con violencia la puerta. Nunca se le ocurrió que todo fuera un engaño. Desmoralizado, con su terno azul humedecido por la garúa, con las flores que se empezaban a marchitar en el florero familiar que tenía escondida una discreta (tan discreta como el abolengo de su familia) etiqueta Made in China, con los gemelos que se le empezaban a soltar porque la camisa que le prestó su papá le quedaba muy grande, Julián empezó a planificar su maquiavélica solución a esta confusa y traicionera situación.
Primero tenía que regresar con Martha. Ella no era la chica más linda, era una gorda fofa y su cara relucía cierta amargura mezclada con una falsa autosuficiencia. No provenía de una familia adinerada y relacionada con la oligarquía arequipeña: su padre era un modesto empleado en un supermercado local y su mamá era secretaria en una institución pública. Pero Martha tenía algo que nadie le había dado, con generosidad, a Julián: lo amaba con torpeza, sabiendo cómo era realmente, con sus bajezas y sus canalladas. Un amor cuasi irracional que la impulsaba a creer todo lo que él le dijera.
La gravedad de los hechos motivaba una reacción adecuada que respondiera con suficiencia a los dilemas planteados por la abrupta separación amorosa. Su justificación debía ser verosímil y no dejar ningún cabo suelto. Lo que sucedió después es parte del conjunto de anécdotas que solemos recordar con los amigos más cercanos en noches de distención espirituosa. Es una historia que mezcla ficción, teología y artes dramáticos. Como si pusiéramos a dirigir una película a Stanley Kubrick, o tal vez a Tarantino, en una versión semejante a Kill Bill con hostias y cirios.
El primer acto fue buscar a un actor entrado en años para que hiciera el papel de un cura de un hipotético pueblo encerrado entre los cerros de los Andes. Necesitaba un actor que interpretara a un cura, de preferencia franciscano. Decidió contratar los servicios de un antiguo secretario de la corte, fracasado imitador de la obra de Alfred Jarry y fanático de Star Wars. El traje lo consiguió en una tienda en la que estaban rematando distintos disfraces. Compró el disfraz y aprovechó para comprarse un traje de virrey para el próximo Halloween (Julián festejaba Halloween sin notar jamás la contradicción) en el Club Arequipa.
Luego se bajó de internet todo lo que pudo conseguir del Padre Gabriel Amorth, el exorcista del Vaticano y vio todas las películas que encontró sobre exorcismos y posesiones diabólicas. Necesitaba elaborar un libreto.
Finalmente acordó reunirse con el actor-cura franciscano cerca de la casa de Martha. Antes de ejecutar el plan, le dio el libreto sobre lo que tenía que decirle cuando la abordara.
Cuando el actor-cura franciscano terminó de leer el libreto, emprendió el camino que lo conduciría al parque por el cual caminaba Martha, todas las mañanas.
Ella se sorprendió al ver a un cura franciscano (lo reconoció por la tonsura) contemplando extasiado las flores del parque. Era como si contemplara al mismísimo San Francisco de Asís: un varón desgarbado que también podía parecer un hippie o un turista mochilero excéntrico, que conversaba con las flores y con las aves que se le acercaban. Se aproximó con asombro al actor-cura:
—Hola, Martha. No te asustes. Mi nombre es Gabriel, como el arcángel. Solo estoy conversando con estas bellas criaturas de Dios. Es un día hermoso.
—Pero… ¿Cómo sabe mi nombre?
—Dios nos da a los elegidos ciertos dones. Yo puedo saber no solo quién eres, sino qué siente tu corazón.
—Sí, leí que algunos santos poseen dones. ¿Usted sabe realmente qué siento?
—Puedo leer tu mente, saber tus sentimientos. Tu corazón se encuentra afligido. El lado oscuro de la fuerza ha querido verte sufrir y separarte del hombre que logrará tu equilibrio… emocional.
—¡Pero si fue él quien se alejó de mí!
—El valiente Julián ha sufrido una posesión satánica. Por eso ha obrado de esa manera. El Obispo me ha enviado para hacerle un exorcismo. Han sido días de intensa lucha con el lado oscuro. ¡Mira estas llagas, han sido producto de una lucha incluso física con el mismo Satán!
—¿Julián se encuentra bien? ¿Sufrió mucho?
—Ahora ese buen muchacho se encuentra rezando, confesándose y comulgando todos los días. La Fuerza en él es poderosa. Está destinado a grandes cosas.
—No sabía todo esto. Yo aún lo amo…
—Entonces, perdónalo. Ayúdalo en esta lucha. Juntos serán invencibles y gobernarán el universo.
—Usted es un santo. Confío en sus palabras. Este encuentro es un milagro de Dios, acaba de salvar nuestro amor.
—¡Que la Fuerza los acompañe!
Meses después, un sábado por la mañana, los honorables miembros del CEC asistían al matrimonio entre Julián y Martha. En una ceremonia sobria, sin karaokes litúrgicos que afectaran la gnosis católica, se casaron y juraron ante Dios amarse hasta el fin de los tiempos. Misteriosamente, las distintas y muy bellas flores que acompañaban la decoración en el altar, expedían un intenso olor a orín.
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