El presente fragmento forma parte de la novela inédita del autor puntano, de 700 páginas. Estilo experimental, de prosa poética, retomando la trama inacabada de Macedonio Fernández con aires de gauchesca.
marmat
La obra no ha sido escrita y Epítome no existe. Pero, el exordio dirá en su momento: de aquí en más farsa y plagio. Y dirá también: solapa y contratapa para enfrentar a la tapa. Como un escudo la tapa aquilata su bravía y se surte de estrategias a desplegar contra sus enemigos de la contratapa. Y de la insulsa y lejana solapa.
El clima no es de los mejores. A ver…
Epítome es egipcio y no existe todavía. Hemos anoticiado a la madre quién sería su futuro nieto: fruto de su hija -de apenas 4 años- que con un Faraón predispuesto tendrían un hijo llamado Epítome. Y le hemos conminado a postergar ese nacimiento cuando fuese a ocurrir. Que en esta historia lo queremos mucho a Epítome y tenemos regalos para él: unos escarpines tejidos por las abuelas del campo y ajuares de cerámica moldeada a mano. Juguetes de hueso de perro muerto y unos pájaros duros, embalsamados, para que lo acompañen al niño en el cetro de la cuna. Además, le hemos hecho saber -por la diplomacia de este texto-, que tendrá que esperar más de lo debido. Que no lo tenga al niño. Y que si lo tiene, lo mate. O que si tiene gemelos ahogue a uno. Que en definitiva por ahora no necesitamos a Epítome. Que más adelante, sí.
Se dice: todo exordio es pre-ámbulo y pre-ludio. Esto es, anticipar el ambular de lo que viene. Advertir el ludio: el juego. La baraja. Las reglas de las joditas de la estructura de la novelita loca y puerca. La arquitectura del fantasma. El fisgoneo a las hojas blancas, a las garabateadas por si las moscas. A las hojas que pasan por el pensamiento sin palabras.
Hoja y palabra se miran de reojo.
¡Allá viene la buena nueva!
Conversaciones hipnóticas y voces que pueden enfermarse en el camino y enfermarte en la morada. El nosocomio de las palabras enfermas no se ha construido, sin embargo, sin mora tenemos hecho el Templo Etrusco hasta el fin de los tiempos. Y si éste no fuera lo suficientemente amplio, también tenemos El manicomio del Dr. Locrián.
Mística y delirio, templo y manicomio. Dos envases contenidos.
A todo esto, afuera nubea. No llueve. Ningún pre, ningún pero, nubea y puntos suspensivos porque en cualquier momento dejará de nubear, y ahí sí, llueva.
¡Ambulo y Ludio!, ¿dos gauchos abandonados en la Pampa?
Abandonados y mugrientos en la insondable y perturbadora Pampa. Sí. Ambulo tenía poncho y barba larga. Ludio de alpargatas y desnudo a la luz de las estrellas gritaba como un loco: ¡quién fue el hijunagranputa me llevó la ropa! No ha nacido quién… Se escuchó en el soplido de la noche.
Ambulo ceba un mate y le pone grapa. Se lo pasa a Ludio para bajarle la locura, pero Ludio está brotado y en el campo, loco. Ambulo no dio bolilla al histeriqueo y lo dejó gritar. Caminó solo a buscar agua caliente y de lejos se le veía de espaldas al gaucho Ambulo irse bajo el tajo del rayo eléctrico, diciendo:
-Quiero un termo, no aguanto más tomar mate de la pava fría. Quiero un termo de los que usan los de la ciudad, y ya me voy agenciar uno en la casa de los patroncitos.
Ludio lo mira irse y deja su grito en suspenso, congelado en la noche oronda de cerbatanas y mariposas. Pero, dos luciérnagas hicieron el aguante a Ludio y lo alumbraron hasta el albanecer. Al despertar, Ludio se incorpora y ve una piedra roja, encandilante, encendida de fuego. Se refriega los ojos y la ñata. Tose, no lo puede creer, pensó un segundo en la grapa del mate, pero no. Eran sus ojos que veían a esa piedra que solo se le prendía a él. Soponcio. A Ludio le da un soponcio justo cuando llega Ambulo con el termo y la yerba nueva. Pero es tarde. Ludio muere desnudo y en cruz sobre el manto cuarteado del desierto entre cactus y soles y lunas mensajeras. El entierro de Ludio se hizo ahí mismo. Y solo Ambulo y un perro flaco y muerto de hambre estuvieron al pie del pozo donde finalmente Ludio pasaría a la eternidad de sus huesos. ¿Alumbrarían la solitaria pampa? Esta parte es triste, pero, no se preocupen que Ludio, gaucho de los diantes, sabrá respetar su propia muerte y no joderá con apariciones fantasmales por el pueblo que lo tuvo ignorado en vida. No es de vengarse, así. Pero asá, no sé. Quién sabe, pobre Ludio. Ni un mate bueno pudo tomar, ni santiguarse ni recibir la extremísima unción de los difuntos de los des alambres.
¿Y qué viene?
Pues nada que no sea plagio en este teatrito de la farsa. Lo que viene a significar: épicas de enchastre, aventureros que cruzan taifas y manglares, montañas celosas de sus vientos y espigas con la espalda doblada. Mares y embarcaciones encorvadas que transitan las acequias en un ludio de niños en la década de setenta bajo el sol del más infernal desierto. Cazadores y recolectores del primer estadio antropológico. Animales mutando y hombres conquistando territorios y baldíos castillos abandonados por sus dueños. Era la barbarie. Antes de todo exordio siempre fue la barbarie en el papel y la cuña de la tinta que garabatea la locura de la psiquis no pidiendo ningún ordio. Exordio es la payana. Con una mano y cinco piedras, la vida, ocurre en la sobrenatural infancia de todo niño.
Acumulo mulas y soy coleccionista de vocablos extraños que anoto en un librito negro. Ese librito no es de nadie, ni siquiera mío. El librito negro trata de un poblado de arcaísmos. Así como unos quieren más dinero, más billetes, más tornillos, más agujas o más agua para su sed, quien escribe quiere más palabras y más vacío. Sin vacío no puede haberlas. Lo demás…
Pero, usted me dirá: -Claro, que correctas y estimuladas palabras por las prensas de la heráldica industria se menean por ahí, en brocales donde en los pozos no encuentran nada-. Pero, se busca algo, siempre se busca algo inverosímil o al menos ambiguo para despertar el interés de alguien sobre algo.
Voy a nombrarla sin accidentarla: literatura. Para decir: OjO con La literatura. Esa palabra, embadurna. Después no te la podes sacar de encima ni con un baño de cal. Y es ridículo quedarse calcado para siempre.
Sin embargo, me veo en el exordio perdido en un imposible ordino. Sin ordino.
Trataríanse de escritos donde uno termina sacrificado. O algo así, diría el exordio. Pero, si la vida es tal en cuanto se sobrevive, pues diré entonces que lo que a continuación tienen ante sus ojos es un velo replicado de luces de un interrogatorio: una serie de acontecimientos infantiles sobrevivieron a las catástrofes en vela. Entonces, el bebé tiene hijos regordetes y ahora, alejado de su juventud, ese bebé es viejo y sus parentescos de ultratumba con barbas de cientos de años cobran existencias de voces, polleras aleteando al viento dicen cosas por aquí y por allá. El niño llega hasta las polleras del escuchar. Ve a los demás desde abajo y se le tornan altas las órdenes y los desordenes que en la bajeza del niño impactan.
Respaldado en esta argumentación, si es que se le puede llamar así, digo que estos escritos, beatificados por una privadísima mitología de entenado, son sagrados. Como lo es todo retacito de recuerdo que la memoria filtra por tanditas cada vez más distorsionadas. De ahí nacen, y allí mueren.
El epitafio: ¡Bah! (MF dixit)
Preámbulo, prologo, exordio, prefacio, preludio, frontispicio. Arenas movedizas donde me hundo con el librito negro. Es que el desierto tiene eso, y “eso” no tiene una expresión o una palabra que lo integre y acorrale, ni tan siquiera una sentencia de muerte. ¿Será la imposibilidad de llamar a los vivos y la gran oportunidad de conversar amenamente con los muertos? Quizá se trate de eso, “eso”.
El exordio, posterior a todo caos, viene a ordenar, a clasificar y también viene a explicar y argumentar. Anterior a toda ley. Anterior a toda norma moral política y religiosa es el Caos, con la ese pronunciada. La ese suspende el tiempo y revive, ella sola, en el mausoleo de la libertad. Pero, aquí no hay nadie que venga a ordenar nada porque simplemente no hay ordio, ni ex. Y lo de Epítome ya se dijo y aclaró con la madre de la futura madre de Epítome, el egipcio.
Queda el caos. Un océano en la noche donde las espumas renuncian a lo que resta. Si al océano o al río le pedimos, él nos dará cobijo. Como a las vírgenes que desfilan en barcazas por afluentes de los ríos en sus aniversarios, ovacionadas con flores que les tiran de los dos costados viejos peregrinos. Las aguas son profundas, e insondable el misterio de lo que hay debajo del río.
Arte, soledad y misterio es el caos, ¿qué, acaso le tienen miedo al caos?
¿En nombre de quién sacrificarse?
Estoy sentado en el aire sobre un caño metálico y largo que une dos terrazas de edificios de 40 pisos. No sé si es Buenos aires o Ur. A las ciudades les hace falta el exordio, viven en el caos y han desarrollado su escritura pero no aparece un pre ambulo ni un pre facio, ni tampoco un “veremos” por parte de los ciudadanos.
Quizá por eso, quizá tal vez por preguntarle a un peatón dónde quedaba el desierto me tomaron por loco y fui a parar a la gayola. Cuestión que en el calabozo de 4 x 4, éramos 22. Quien suscribe y los 21 bichos de carrera:
1-Malasia Viv, 2-Perla dorada, 3-La chismosa, 4-El vertedero, 5-Lito, 6-La vizcaína, 7-Coloso de Rodas, 8-Sandokán, 9-Súper volante, 10-Potros eran los de antes, 11-El gato maula, 12-Vinchuca Tell, 13-Amira, 14-Miriñaque, 15-Sónico y elemental, 16-Brizna de oro, 17-El palenque, 18-La soga del cogote, 19-El rayo, 20-Alambre de púa, 21- Mery Laurent.
¿Respirar, lo que se dice respirar?
Como corresponde al buen equilibrista, a través de una mano estiradísima alcanzo un sánguche de mortadela. Piadosos me lo envían del Bar La Fiambrería. La mortadela es de nuestros caballos, de su carne. En la vieja Italia, en el sur, inventaron el caballo; así como en los desiertos del Sahara inventaron el camello. Y fueron concebidos justamente porque el hambre angustia.
Repito, ¿en nombre de quién sacrificarse?
Descubre más desde
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
