Non-fiction: la inscripción de la realidad en la literatura

Por Marcelo Ibarra*

El informe rastrea los rasgos del género y lo ubica en la serie literaria de denuncia. Analiza los procedimientos narrativos con los que Rodolfo Walsh construye Operación masacre.

I. Génesis

El 16 de septiembre de 1955, el gobierno democrático de Juan Domingo Perón fue derrocado por un golpe militar, encabezado por el general Eduardo Lonardi y el almirante Isaac Rojas. Nueve meses después, un pequeño grupo de militares leales al general Perón, encabezados por el general Juan José Valle, organizaron una contrarrevolución, el 9 de junio de 1956. Esta sublevación para devolver a Perón al gobierno no llegó a concretarse porque los altos mandos militares habían tomado conocimiento del plan y aplastaron la acción de manera sanguinaria: llevaron a los detenidos ilegalmente a un basural en el partido bonaerense de José León Suárez y los fusilaron sin juicio previo al costado de la Ruta Provincial N° 4.

Seis meses después, en enero de 1957, el escritor rionegrino Rodolfo Walsh se encontraba en un bar de la ciudad de La Plata jugando al ajedrez y alguien le informó que “hay un fusilado que vive”. Inmediatamente, comenzó a investigar, hasta que logró entrevistar al fusilado que sobrevivió. Se trataba de Juan Carlos Livraga, quien le informará a Walsh que él no era el único sobreviviente, ya que siete de un total de 14 habían logrado escapar malheridos de aquel basural en esa noche infausta.

II. Procedimientos narrativos

En la serie de testimonios sobre los fusilamientos ilegales de José León Suárez que Walsh publica en el periódico Revolución Nacional y que en 1957 se convertirían en la primera edición de Operación Masacre, se produce, según Roberto Ferro, “una doble inauguración”: por un lado, “la restitución para la memoria colectiva de un suceso borrado”, y, por otro, “la modulación de una nueva producción discursiva: la narrativa testimonial de denuncia” (p.130). En palabras de Ferro, “este modo de inscripción de la realidad en el texto se trama con un vasto tejido de tradiciones en la serie literaria argentina: la marca autobiográfica que legitima el testimonio, la circulación diagonal del panfleto y la diatriba, en la línea del padre Castañeda, de Sarmiento, de José Hernández; la página de policiales de Arlt o del diario Crítica; el periodista que asume el rol del historiador como en La Patagonia trágica de José María Borrero” (p.130). Pero, observa Ferro, “lo que marca la diferencia es que la escritura de Walsh trae al presente conexiones múltiples, desdeña la repetición y elabora un registro nuevo”.

Esta “doble inauguración” de Walsh con Operación masacre, restitución para la memoria colectiva de un suceso borrado y una nueva producción discursiva, la narrativa testimonial de denuncia, habilita una indagación más profunda sobre la pertenencia genérica de la obra más emblemática del autor nacido en la localidad rionegrina de Choele-Choel. ¿Se trata, simplemente, de una novela policial? En ese caso, ¿es un policial de enigma, ya que respeta las reglas del misterio durante el proceso de investigación, o es un policial negro, ya que leemos cómo un grupo de malhechores asesina despiadadamente a un grupo de ciudadanos desarmado? ¿Es una obra que se inscribe tardíamente en el realismo naturalista que sobre el filo del siglo XIX experimentaron Eugenio Cambaceres, Adolfo Argerich, Julián Martel, Baldomero Lillo? O acaso, ¿Walsh “inventa” sin darse cuenta, la non-fiction que se le adjudicará 9 años más tarde a Truman Capote con su clásico A sangre fría?

            En “La literatura en el banquillo: Walsh y la fuerza del testimonio”, Roberto Ferro se refiere de esta manera al Caso Satanowsky (1973), aunque puede hacerse extensivo a Operación masacre: “las hipótesis de Walsh trastornan los códigos narrativos de la literatura policial: si el crimen es oficial, el culpable es alguien que forma parte del Estado; ello exige una serie de desplazamientos sobre la pareja culpable/víctima que implican una modificación sustancial: los culpables representan la ley y la víctima entra en la difusa bruma de la sospecha” (p. 133). Podríamos subrayar este aspecto como el primer rasgo característico de la non-fiction, se trata de un texto de denuncia, es cierto, pero con los códigos narrativos alterados, aquí, el gángster es el Estado.

Respecto a si el carácter testimonial de denuncia que posee Operación masacre atenta o va en detrimento de su inscripción dentro de la literatura de ficción, vale traer a colación la reflexión del teórico inglés Terry Eagleton sobre el fundamento de valor de la literatura, ya que algunos textos pese a haber nacido “ficcionales” nunca serán considerados literatura, como por ejemplo los comics de Superman y, en cambio, otros que han nacido como diarios autobiográficos son catalogados como literarios, tal el caso de El diario de Ana Frank.

En este sentido, debemos subrayar que Operación masacre no nace como obra literaria, pues recién en su tercera edición y tras 12 años de reescrituras entrará en el canon. En 1957, se produce la primera edición en libro, tras haber sido publicada como nueve notas en la revista Mayoría. En 1964, la editorial Continental Service publica la segunda edición con un nuevo subtítulo: “Y el expediente Livraga, con la prueba indicial que conmovió al país”. En 1969, se publica la tercera edición, tal como la conocemos en la actualidad.  Hasta aquí, la obra se lee como testimonio político, ensayo sociohistórico o relato literario. “Solo a partir de esta tercera edición la lectura literaria aparece como una dimensión privilegiada que abre y posibilita los otros recorridos de significación” (p.140).

En palabras de Guadalupe Maradei (2011), “desde el punto de vista historiográfico, resultan relevantes estas hipótesis porque permiten postular el carácter problemático del género testimonial en tanto producción cultural y producción de un saber que aparece en una relación ambivalente, tensa, con la opinión pública que sostiene la democracia”.

Aclarado el interrogante sobre el carácter ficcional y dando por hecho que estamos ante una obra de ficción —más allá de que el título del género non-fiction postule lo contrario—, vale preguntar cuáles son, entonces, los procedimientos literarios de Operación masacre. En principio, afirmar que se trata de una novela policial, dado que hay un investigador, con la salvedad de que la pilcha de detective se la calza un periodista. Y, en consecuencia, dado que los “villanos” de la historia son los militares que fusilan ilegalmente a inocentes, debemos inferir —siguiendo a Tzvetan Todorov— que, si hay gángsters en acción, estamos ante un policial negro, ya que no interesa tanto el qué del enigma sino el cómo del crimen.

Respecto a la pertenencia al realismo canónico, pareciera que la obra está demasiado atravesada por procedimientos de composición subsidiarios del cine: el relato reconstruye los acontecimientos a través de la selección y el montaje de los materiales que se ensamblan en torno a los enigmas, una especie de yuxtaposición de planos. Se aprecia un entrecruzamiento de géneros discursivos: el retrato, la denuncia, la investigación periodística, el testimonio, los diálogos, las historias de vida y, por supuesto, el relato policial. En palabras de Ferro, “el suspenso, uno de los rasgos constitutivos del policial, se desliza y entrecruza en la narración de Walsh, su modulación marca la puesta en relato del material acumulado en la investigación” (p.134).

Respecto al estilo que inaugura Operación masacre, Ferro afirma puntualiza: “la narración fragmentada, el cruce de la oralidad y la literatura, el encuentro, el pasaje y la contaminación de materiales documentales, la letra del otro injertada en la escritura, la polifonía (cuando aún no se había extendido la teorización de Mijail Bajtin), la historia como encuentro de múltiples historias: esas huellas emergen una y otra vez en el ojo que lee y la mano que escribe y reescribe, las migraciones, los cruces inextricables, la intensidad de la extensión aparecen difícilmente parcelables según una topografía genérica rígida” (p.139).

En el capítulo “Las personas”, los detenidos son presentados en breves capítulos separados, se anticipan “las consecuencias del fusilamiento” y se trazan “cuadros de costumbres desde lo cotidiano” mediante la “calidez intimista”. Walsh trabaja “a partir de los testimonios directos e indirectos que le permiten reponer los sucesos. La elección discursiva privilegia el contacto, la contaminación entre la voz narradora y las voces de las víctimas. Los mecanismos de suspenso y el armado del enigma, construidos alrededor de la hora del procedimiento y articulados con el lugar de la investigación, evocan las estrategias del relato policial que Walsh manejaba con indudable maestría”, enfatiza Ferro.

Al pasar a “Los hechos”, se confronta abruptamente la existencia cotidiana pacífica con la irrupción de la violencia que se ensaña con ella. “En esa confrontación, se percibe el contraste de los campos semánticos que configuran el título: la Operación, un acto medido, calculado, planificado y Masacre, un hecho confuso, sangriento, brutal” (p.141). Incluso, la palabra del otro, del agresor, “se resalta, se la hace asomar, incluso, como título de capítulos: “¿Dónde está Tanco?”, exhibiendo la huella de la crueldad en la imposición violenta que figura el lenguaje” (p.142).

III. Legado de un género

En su Breve historia de la literatura argentina, Martín Prieto también elige pensar Operación Masacre como la aparición de un nuevo género literario, el testimonio, que explica de este modo: “…cuando a fines de 1957 Walsh convierte la denuncia en un libro y decide ordenar el material, dividiéndolo en tres grandes bloques –“Las personas”, “Los hechos”, “La evidencia”– utiliza, para hacerlo, las astucias del escritor y no las del periodista. Enigmas, indicios, prospecciones, construcciones temporales paralelas, retratos y la misma disposición de los materiales son los recursos y procedimientos literarios de los que echa mano Walsh para construir un potentísimo híbrido, basado en una investigación de carácter periodístico convencional, pero resuelto formalmente según el modelo de la narración literaria” (Prieto, 2000: 340).

Sin embargo, Prieto no concibe esa emergencia en términos de ruptura o corte con la tradición literaria argentina, sino estableciendo relaciones entre los textos testimoniales de Walsh y la producción anterior del autor. Asimismo, Prieto distingue un conjunto de autores posteriores que podrían ubicarse a la altura de los sucesores de Walsh, ser parte de la “tradición walshiana”. En esa línea, Prieto no incluye “la obra de sus seguidores que lo siguen en tanto periodista militante y no inventor de un género del que no toman ninguno de sus prepuestos teóricos”, por caso, Horacio Verbitsky (Prieto, 2000: 343).

No obstante, reivindica a Miguel Bonasso, “quien con mayor aplicación y creatividad siguió los pasos del maestro”. A Recuerdo de la muerte, “no le cabe sólo el mérito cronológico de haber sido el primero de una larga serie de testimonios sobre los horrores de la dictadura militar, sino que, además, transgrediendo positivamente las normas del género al inmiscuirse el narrador en la conciencia de los personajes –un recurso novelesco que no había utilizado Rodolfo Walsh–, establece una nueva potenciación entre la materia y forma del relato” (Prieto, 2000: 344).

En consecuencia, desde la perspectiva de Prieto, la literatura de Walsh no es analizada en tanto irrupción en un canon establecido, sino que es el canon mismo, es el modelo desde el cual se mide la efectividad, la potencia, “el filo” de otros testimonios.

Seguimos el razonamiento de Guadalupe Maradei sobre la ubicación de Operación masacre en la serie literaria. Para la investigadora del Conicet, “este modo de valorización de los textos testimoniales de Walsh puede compararse con lo que David Viñas sostiene en el último ensayo de la reedición del segundo tomo de Literatura argentina y realidad política”, donde Viñas #tampoco enfatiza el valor disruptivo del texto de Walsh en la historia de la literatura argentina, sino su pertenencia a una serie, ya no dentro de la propia producción de Walsh, sino en la gran serie de la literatura argentina en su totalidad”.

Viñas observa en Walsh un índice de continuidad, una coherencia histórica, un curso trágico en el cual el testimonio de Operación Masacre se graba con nitidez por su movimiento de página y su entonación: “el que inaugura José Hernández con sus comentarios al degüello del Chacho Peñaloza en 1863, prolongado en el aguafuerte de Roberto Arlt con la descripción del fusilamiento de Severino Di Giovanni en 1931. Esos momentos portan tres blasones que corroboran las complejas y mediadas pero decisivas relaciones entre política argentina y el espacio textual: la liquidación del gaucho rebelde, la eliminación el inmigrante peligroso y la masacre del obrero subversivo. La carta abierta de Walsh a la dictadura de 1977 –al inscribirse en esa secuencia como cuarto blasón no sólo la continúa, sino que preanuncia ya el asesinato del intelectual heterodoxo.” (Viñas, 1996: 249).

Así, Operación Masacre y las producciones posteriores de Walsh son leídas por Viñas como un eslabón necesario, incluso una culminación, de la historia de la literatura argentina considerada en su totalidad a través del hilo conductor de la política sin distinción de géneros, épocas o generaciones, conformando un único, trágico y gran texto que exhibe tres “manchas temáticas” fundamentales: violación (1840), conquista (1880) e invasión (1890); que a su vez van enhebrando la persecución (1870), el fracaso (1930) y la represión (1976).

*Director de Revista Punzó. Licenciado en Periodismo, licenciado y profesor en Letras (Universidad Nacional de Lomas de Zamora). Diplomado en ESI (DGCyE), Diplomado en Interculturalidad en la escuela (UCES), y Diplomado en Herramientas didáctico-pedagógicas para la implementación de las TICs en los procesos de enseñanza (UCES). Docente titular de Historia social y cultural de la literatura II en Instituto Superior de Formación Docente N° 107 (Cañuelas). Tutor pedagógico en Instituto Nacional de Formación Docente (INFoD): Postítulo Educación y Derechos Humanos (2013-2016).

Bibliografía:

  • Ferro, Roberto (1999). “La literatura en el banquillo. Walsh y la fuerza del testimonio”, en Cella, Susana (coord.) y Noé Jitrik (dir.), Historia crítica de la literatura argentina, tomo X: “La irrupción de la crítica”, Buenos Aires, Emecé.
  • Maradei, Guadalupe (2011). “Valorizaciones del género testimonial desde la perspectiva de las nuevas historias de la literatura argentina”. En IV Seminario Internacional Políticas de la Memoria: Ampliación del campo de los derechos humanos. Memoria y perspectivas”, Buenos Aires, Centro Cultural Haroldo Conti. ISBN: 9789871407125.
  • Prieto, Martín 2000, Breve historia de la literatura argentina, Buenos Aires, Taurus.
  • Viñas, David (1996 [1964]), “Rodolfo Walsh, el ajedrez y la guerra”, en Literatura argentina y política II: De Lugones Walsh, Buenos Aires, Santiago Arcos.

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