Monstruos: el Facundo de Domingo Faustino Sarmiento y Los Lisperguer y la Quintrala de Benjamín Vicuña Mackenna

Por John Bell*

El ensayo contrapone las producciones literarias alrededor de los personajes históricos de la política sudamericana del siglo XIX.

Tenían la misma intuición: los monstruos explican más que los próceres. Cuando salieron las primeras entregas de Facundo en 1845, Domingo Faustino Sarmiento no era prócer todavía: le faltaban casi treinta años para llegar a ser presidente de Argentina. Benjamín Vicuña Mackenna, en cambio, ya había sido intendente de Santiago y candidato a la presidencia de Chile cuando publicó –también en formato de folletín– Los Lisperguer y la Quintrala en 1877. Aspiraban al mando los dos autores, pero a diferencia de Bartolomé Mitre con sus biografías gemelas de Belgrano y San Martín, o el mismo Vicuña Mackenna con su posterior biografía de Bernardo O’Higgins, a la hora de dejar una versión escrita de sus patrias no erigieron ningún panteón.

A su modo, evocaron las sombras de personajes perturbadores para el concepto liberal del mundo: Facundo Quiroga, el caudillo riojano, y Catalina de los Ríos, la asesina de sangre azul. El monstruo de Sarmiento amenazaba la vida civilizada de las ciudades; merodeaba, una fiera, a su alrededor. Había que eliminarlo para que el país avanzara. El monstruo de Vicuña Mackenna era más difícil de extirpar porque – como el autor se esmera en demostrar con sus genealogías – casi todas las familias importantes de Chile en ese momento eran descendientes de los Lisperguer. El Tigre de Los Llanos está al acecho afuera; La Quintrala, en cambio, pervive en el lector.

Hacía años que intentaba, sin éxito, terminar el Facundo. No era tanto por la dificultad de la prosa, sino porque Sarmiento me agotaba la paciencia: su promiscuidad con las comparaciones, sus obsesiones con el frac y los colores, la constante reiteración de su tesis. Es tan pesado por momentos como el tío monotemático en la sobremesa. La Quintrala me daba el modo de leerlo completo. Me gusta cruzar lecturas y era tónico pasar de la grandilocuencia de Sarmiento al tono más circunspecto de Vicuña Mackenna, la línea más recta de su narración, su modestia en no alejarse de lo que constan los archivos. A la vez echaba otra luz sobre Facundo: empecé a apreciar lo jugado de su mezcla de registros, y entender sus desbordes de ira como expresiones muy argentinas. Vicuña Mackenna es más correcto, habla más bajo, mientras insiste en la realidad de su monstruo y su vínculo con el presente.

Los dos entienden a sus monstruos como actores sociales y los sitúan en sus entornos. «En Facundo Quiroga no veo un caudillo simplemente, sino una manifestación de la vida argentina», afirma Sarmiento en su introducción, «el espejo en que se reflejan, en dimensiones colosales, las creencias, las necesidades, preocupaciones y hábitos de una nación». A Sarmiento le tocó interpretar ese reflejo desde el exilio. Por eso la obra fundacional de la literatura argentina es también en cierta medida un libro chileno: no sólo porque se publicó en Chile, sino porque Sarmiento se dirige en primera instancia a los chilenos. Explica Argentina a los vecinos – la disposición de su territorio, su historia, sus costumbres –; explicaciones que tal vez no tendría que dar a un público de compatriotas. Aunque escribe con autoridad sobre toda la República, su Argentina es una creación literaria: a la hora de escribir Facundo, Sarmiento sólo conocía el Cuyo. Inventa el país desde lejos. Cuando insiste que Argentina es, como Estados Unidos, «una e indivisible», se puede entenderlo en parte como el anhelo de reintegración de un exiliado separado de su patria; cuando elogia Buenos Aires como la solución de todos los problemas que aquejan al país, es la ensoñación de un provinciano. Buenos Aires era, para Sarmiento en 1845, tan fantástica como París.

Eso no quiere decir que Sarmiento no se acierte a la hora de generalizar sobre los argentinos. Entiende, por ejemplo, que la prepotencia argentina que muchas veces cae mal en el exterior y el igualitarismo que es una de sus mejores cualidades tienen la misma raíz: en la «arrogancia de estos gauchos argentinos que nada han visto bajo el sol, mejor que ellos, ni el hombre sabio ni el poderoso». Sin embargo, Sarmiento aborda su trabajo de comprender a los argentinos del mismo modo que el espía que perfila al enemigo, dejando en su parte de guerra constancia de todo lo que puede servir para derrotarlo. Señala lo específicamente argentino con la esperanza de eliminarlo de la faz de la tierra. El monstruo Quiroga le permite personificar la barbarie que pretende reemplazar con la civilización europea. Lo autóctono se va, para hacerle lugar a una cultura importada y su tecnología de último modelo. Facundo Quiroga yace muerto a la hora de escribir su biografía: el monstruo se puede vencer.

Vicuña Mackenna lidia con otra forma de lejanía: una en el tiempo. Dos siglos lo separan de la vida de Catalina de los Ríos; por lo tanto no puede, como Sarmiento, recurrir a los testimonios de testigos aún vivos. Depende de los archivos de la colonia, que por su suerte son copiosos; gracias a su prestigio de ex intendente – el responsable del paisajismo excéntrico del Cerro Santa Lucía – las primeras familias de Santiago le facilitan los papeles de sus antepasados. Si para Sarmiento el carácter argentino es producto de su territorio, para Vicuña Mackenna la identidad chilena sale del parentesco. El mito fundacional de Chile es el de la raza; el pueblo se define por la sangre. El historiador se aboca a remontar ese río: los Lisperguer han vertido su sangre «en todas las castas nobles de Chile, ni más ni menos como nuestros caudalosos y azulados ríos reparten sus aguas en canales, acequias y regadores». Los que no son parientes de los Lisperguer, remata Vicuña Mackenna, «son familias de rulo». Vuelve a los orígenes de aquel río de sangre – al «hermoso paje de Carlos V» Pedro Lisperguer y la «princesa chilena» Elvira de Talagante – para mejor definirlo y trazar su serpenteo posterior.

Sin embargo, a diferencia de la familia pituca que se enorgullece del título del tatarabuelo, Vicuña Mackenna hace su trabajo de genealogía para resaltar una figura infame. Los Lisperguer y la Quintrala saca a Catalina de los Ríos de su lugar semi-mitológico en la cultura chilena – un monstruo que los padres invocaban para disciplinar a los hijos, la «reo del infierno suspendida a su puerta por un cabello» – para insistir no sólo en su realidad histórica, sino en su parentesco con las «castas nobles» contemporáneas. El autor pide disculpas periódicamente por traerla a colación, como si fuera una penosa necesidad hablar de la Quintrala y no un tema sensacional que iba a vender ejemplares. Su vida tal como la relata Vicuña Mackenna representa la lógica de la conquista llevada a sus últimas consecuencias: es la representante de una clase que se creía dueña de la ley, de la religión y de las vidas ajenas. Es lo peor de la Colonia hecho carne y hueso: su violencia, su arbitrariedad. Con eso el autor ya se juega bastante, para Vicuña Mackenna da un paso más. Catalina de los Ríos se muere en la página 147, y su biógrafo dedica el resto del libro a vincularla, de forma inexorable, con las dinastías de su momento: con «los Aldunate, los Larraín, los Errázuriz e infinitos vástagos menores». Muchas lecturas contemporáneas de Los Lisperguer y la Quintrala pierden de vista esa parte del libro: se enfocan en la representación de las Lisperguer como mujeres mestizas como si fueran las únicas con aquella ascendencia. En realidad el autor se empeña en demostrar que – gracias al hecho de que «con los años los Lisperguer hicieron de todo Santiago social y doméstico una indescifrable madeja» – casi todas las primeras familias de Chile tienen una «princesa americana» como antepasada. La raza chilena es una raza mestiza.

Se puede entender al Facundo también como un drama familiar, con el tema del mestizaje de por medio. En El Tigre de los federales, su biografía de Quiroga, Víctor Hugo Robledo sostiene que Quiroga y Sarmiento eran parientes. En el siglo dieciséis Jacinto Quiroga se casó en Cuyo con Micaela de la Vega Sarmiento, dando origen al apellido compuesto que llevaba el padre de Domingo Faustino casi doscientos años después; Facundo pertenecía a una rama de los Quiroga «degradados socialmente» porque los varones se casaban con mujeres mestizas e indígenas. Las autoridades reales le negaron un lugar en el Cabildo de Jáchal a José Prudencio Quiroga, padre de Facundo, en 1775, citando la «impureza de su sangre»: lo acusaron «no solo de ser criollo, sino de ser mestizo». Esa ascendencia da otro matiz al modo tan insistente de Sarmiento de representar a Facundo como una bestia; su parentesco tal vez explique en parte la fascinación que ejerce el caudillo sobre su biógrafo. Sarmiento se autodefine denunciando al pariente lejano. Quiroga es el primo rebelde que escandaliza y da escalofríos a su consanguíneo burgués. ¿Cómo puede ser que, llegado a San Juan, Facundo prefiere la compañía de «una negra que lo había servido en la infancia» a la de «los principales de la ciudad», o «un potrero de alfalfa» a «los adornados edificios de la ciudad»? Sarmiento se toma a pecho ese desdén por su mundo letrado y blanco; a la vez uno tiene la sensación de que le envidia su libertad gaucho, su indiferencia hacia la propiedad privada y la clase social. Facundo – el hijo de «un hombre acomodado y virtuoso» – se pone a trabajar como peón; «al fin de un año de trabajo asiduo» pierde su salario en un juego de naipes y parte como si nada. Sarmiento es el prisionero de su clase; perder su lugar privilegiado es lo peor que le podría pasar. Quiroga no le da importancia.

María Moreno tiene la teoría de que Argentina es un «país de ídolos frígidos», sin cuerpo: Gardel con su esmoquin y el resplandor de sus dientes, Borges abstraído entre sus libros. Messi sería el mejor ejemplo actual. Por eso el alivio de su «¿Qué mirás, bobo?» para los argentinos: dejó por un momento de ser el tecnócrata apolíneo de la cancha, se mostró un poco bruto. La teoría vale para los próceres del siglo diecinueve también. San Martín se define por la ausencia; libra casi todas sus batallas importantes en el extranjero y después se va a Francia. Lo que más llama la atención en el físico del general José María Paz es una falta: es manco. El Quiroga de Sarmiento, en cambio, es puro cuerpo, «el hombre bestia aún». No disimula jamás sus apetitos.

Sarmiento presenta al protagonista de su libro por medio de una serie de fábulas. En la primera Facundo, prófugo de la justicia, es perseguido en el desierto por un tigre cebado. Es una reiteración breve de la tesis del libro – la disputa entre «la fiera y el hombre» por «el dominio de la naturaleza» es hermana de la que se libra entre la barbarie y la civilización –; a la vez la anécdota le permite identificar al Tigre de los Llanos con un tigre de verdad. Sarmiento se vale de la pseudociencia de frenología para afirmar que la fisonomía se relaciona con «las disposiciones morales». Quiroga tiene «ojos negros, llenos de fuego»; su cara se hunde «en medio de un bosque de pelo», «una cubierta selvática». Es tan hirsuto que parece una bestia; lo cual, según su biógrafo, es un fiel reflejo de su carácter. «Su cólera», sigue Sarmiento, «era la de las fieras: la melena de sus renegridos y ensortijados cabellos caía sobre su frente y sus ojos, en guedejas como las serpientes de la cabeza de Medusa; su voz se enronquecía, y sus miradas se convertían en puñaladas». La comparación con Medusa lleva al caudillo al plano de lo mitológico. En otra fábula, que Sarmiento reconoce en el texto como «un cuento de hadas», Facundo persigue durante años a Severa Villafañe, una «hermosa princesa» de las primeras familias de La Rioja. Ella intenta «escapar a las asechanzas» de aquel «sanguinario Barba Azul»; él, rechazado, «la arroja por tierra y con el tacón de la bota le quiebra la cabeza». La barbarie deviene en «concupiscencia» y violencia sexual; la civilización es la virtud que sufre sus atropellos.

En cambio, el cuerpo de Catalina de los Ríos aparece poco en el relato de Vicuña Mackenna. Le condiciona su pretensión de hacer «una historia social, estrictamente verdadera y conforme a documentos fehacientes, dejando a otros lo pintoresco y abultado». No cuenta con retratos de la Quintrala y no ensaya una descripción de su apariencia física. Depende de conjeturas para acercar al lector a la persona de su monstruo y especular sobre sus motivos. Se vale de las preguntas retóricas – «¿Había en esta mezcla de razas fundidas rápidamente en un solo tipo algo que predisponía al crimen y al mal?», escribe, proponiendo su ascendencia mestiza como explicación posible de sus actos – y reconoce las lagunas en lo que constan los archivos. Se hace el leso también: insiste que su historia no va a bajar con la memoria popular a «aquel sótano, manchado de todas las impurezas del cuerpo y del alma, donde la Quintrala escondía su impuro lecho y su armario de venenos», mientras invoca ese mismo espacio. Por momentos el autor parece calentarse con la imagen de su protagonista: «su naturaleza criolla, ardiente, voluptuosa y feroz desbordaba de su pecho y de sus labios como una copa de fuego libada de hirviente licor». Sin embargo, la caracterización de Catalina de los Ríos revela las limitaciones de su abordaje positivista. Los documentos pueden confirmar que de los Ríos fue procesada por envenenar a su padre, o que el arzobispo de Santiago la acusó de haber organizado el asesinato de un cura en su hacienda, pero no si fue culpable o las razones de su actuar. La escuchamos hablar sólo en lo que conserva «la memoria de las muchedumbres» – «Yo no quiero en mi casa hombres que me pongan mala cara», dice la Quintrala al echar al Señor de Mayo de su hogar, una frase bastante ocurrente por cierto – y sus testamentos. Habita la zona tenebrosa de lo que otros dicen de ella; es en parte la imposibilidad de conocerla plenamente que le da su aura ominosa.

Las narraciones sobre monstruos suelen contar con otro personaje que encarna el bien; el contraste resalta la maldad del monstruo. Vicuña Mackenna opone a la Quintrala la figura de Isabel Osorio de Cáceres, vecina de la familia de los Ríos en la Ligua. Es de la generación anterior a la de Catalina de los Ríos: doña Isabel muere en 1620, mientras la Quintrala se casa con Gonzalo de los Ríos pocos años después y se instala en su hacienda. Vicuña Mackenna las compara una y otra vez. «Doña Isabel fue la luz de nuestro cielo», escribe, «Doña Catalina de los Ríos será su eterna sombra». Los crímenes de las Lisperguer representan un rechazo violento de la autoridad patriarcal: la madre de la Quintrala intenta con su hermana envenenar al gobernador Alonso de Rivera; la Quintrala mata a su padre «con veneno que le dio en pollo» y después acomete con un puñal a un sacerdote que la pretende sermonear. Isabel Osorio, en cambio, se ve obligada a tomar las riendas por la muerte de su esposo, que la deja sola con «seis hijos menores y «en días de parir»». No representa un desafío para el patriarcado: se vuelve jefa de familia por necesidad. Su protagonismo forzoso es en realidad una forma de autoabnegación; hace todo por el bienestar de otros. Vicuña Mackenna ve en ella «el temprano modelo de esas mujeres casi perfectas de nuestra tierra, cien veces superiores por el alma a la raza masculina, que han hecho de nuestro país un hogar acreditado y dichoso para los hombres buenos de todas las naciones».

La comparación no favorece a Catalina de los Ríos en ningún aspecto. Isabel Osorio de Cáceres es siete veces madre: el único hijo de Catalina de los Ríos no sobrevive la infancia. Osorio está alfabetizada; Vicuña Mackenna infiere su carácter a partir de su letra, que para él «revela las emociones de ternura que la dominaban». Catalina de los Ríos ni sabe firmarse. El historiador propone esa «mengua de la mujer, generalizada en aquel siglo» como posible explicación de su violencia: su falta de educación la deja ociosa, «ignorante y crédula, fanática y apasionada». Doña Isabel vive de forma sencilla, sin ostentación. Vicuña Mackenna compara el inventario de sus bienes con el de la Quintrala, que vive «sola, triste y maldita» en Santiago después de la muerte de su marido, pero «rodeada de cierto lujo». Es una curiosidad de los documentos con que trabaja Vicuña Mackenna que no dan una imagen clara de Catalina de los Ríos, pero sí un conteo exacto de su vajilla. Isabel Osorio es humana con los indios de sus encomiendas: en su testimonio les lega «sus ganados y su viña y casas de Curimón». La tradición popular, en cambio, recuerda «el látigo y el cerote ardiendo con que doña Catalina de los Ríos flagelaba por su propia mano la espalda desnuda de sus esclavos y de sus indios de encomienda». Las transgresiones de la Quintrala se ven más atroces a la luz de su vecina bienhechora, que cumple con lo que Vicuña Mackenna espera de las mujeres.

El libro de Sarmiento tiene un héroe que vence dos veces al monstruo. Convierte la batalla de la Tablada en un enfrentamiento entre la civilización y la barbarie y los jefes de los dos bandos en «personificaciones de las dos tendencias que van a disputarse el dominio de la República». Si Quiroga es el gaucho malo que representa la barbarie, el general Paz, militar a lo europeo, es el «hijo legítimo de la ciudad». Vence al caudillo riojano porque no depende de la fuerza brutal sino de la estrategia; cada batalla es «un problema que resolverá por ecuaciones, hasta daros la incógnita, que es la victoria». Ser manco – la falta de un brazo – se vuelve metáfora de su modo de pelear. Puede prescindir de su cuerpo, no necesita manejar una lanza, justamente porque es tan «matemático, científico, calculador». Propone una alianza a Quiroga antes de su segundo enfrentamiento en Oncativo; si es posible prefiere no pelear. Facundo se expresa en la violencia; Paz la usa como una herramienta. Para Sarmiento representa la sublimación: «La inteligencia vence a la materia; el arte, al número». Su figura le permite vincular la época de Quiroga con el presente en el que escribe el libro. En 1845 Paz prepara un nuevo ejército en Corrientes; Sarmiento lo ve como la persona llamada a derrotar a Juan Manuel de Rosas, el sucesor monstruoso de Quiroga, el caudillo que convierte en sistema los instintos primitivos de la pampa. Facundo cierre con una bendición al general manco: «¡Proteja Dios tus armas, honrado general Paz!», escribe Sarmiento en el párrafo final, «¡Si salvas la República, nunca hubo gloria como la tuya!»

Existe en la biografía de Paz un hecho inconveniente para la teoría de Sarmiento: poco después de sus victorias sobre Quiroga, su caballo fue boleado por un soldado federal y Paz terminó prisionero del caudillo Estanislao López. Su modo europeo y cerebral de hacer la guerra se mostró vulnerable ante esa arma gaucho por antonomasia: en palabras de Sarmiento, «puede decirse que la civilización fue boleada aquella vez». El enajenamiento del cuerpo que implica la civilización puede ser una flaqueza. Entre tanto, Sarmiento relata la vida de Navarro, «un mayor del ejército del general Paz», que pone en duda los presupuestos que estructuran su libro. Navarro se mueve libremente entre la civilización y la barbarie. Es «de una familia distinguida de San Juan», «tan culto en su lenguaje y tan elegante en sus modales, como el primer pisaverde»; a la vez «se casa con la hija de un cacique, vive santamente con ella, se mezcla en las guerras de las tribus salvajes, se habitúa a comer carne cruda y beber la sangre en la degolladera de los caballos, hasta que en cuatro años, se hace un salvaje hecho y derecho». Sarmiento cuenta su biografía en pocas páginas, como «una digresión en favor de su memoria»; parece no darse cuenta de que Navarro representa otro modelo de relación entre culturas distintas. Habita dos mundos a la vez; no se siente obligado a renunciar ninguno. Es la civilización y la barbarie. En ese pasaje breve se vislumbra otro país, donde no se entiende esos dos términos como una oposición.

Los dos libros tienen estructuras parecidas. Los monstruos que son su atracción principal no aparecen hasta bien entradas sus narraciones: Quiroga en el quinto capítulo de Facundo, de los Ríos en el cuarto de Los Lisperguer y la Quintrala. Mueren mucho antes de la conclusión de los textos; los capítulos que faltan – dos en el caso de Facundo, cuatro en Los Lisperguer – permiten que los relatos se desemboquen en el presente de su composición. Las denuncias que hace Sarmiento de Juan Manuel Rosas a lo largo del libro se justifican: Rosas es el paradigma del gaucho malo que representaba Quiroga. Es Rosas quien le preocupa en 1845; Sarmiento funda su propaganda en contra del nuevo caudillo en su retrato de Quiroga, «el núcleo de la guerra civil de la República Argentina y la expresión más franca y candorosa de una de las fuerzas que han luchado con diversos nombres durante treinta años». Uno explica al otro. Rosas está condenado a la misma suerte que su antecesor: «Día vendrá que el nombre de Rosas sea un medio de hacer callar al niño que llora, de hacer temblar al viajero en la obscuridad de la noche». El tiempo lo convertirá también en monstruo. Vicuña Mackenna, en cambio, ve en Catalina de los Ríos – en la riqueza y los vínculos de sangre que le permitían cometer con impunidad sus delitos – una lógica que sigue funcionando en el Chile de 1877. Fue obligado a renunciar a su candidatura en las elecciones del año anterior; su partido determinó abstenerse debido a las intervenciones violentas del gobierno de Errázuriz en el proceso. La sociedad chilena «fue toda una familia», escribe Vicuña Mackenna, «y en gran manera lo es todavía, porque hasta hoy casi todo pasa entre nosotros entre tíos y sobrinos, entre primos y cuñados… Porque en fin de cuentas fueron los Lisperguer de Santiago y sus yanaconas de todo el territorio los que decretaron nuestro último cambio de gobierno». Vicuña Mackenna no pudo disputar la presidencia a Aníbal Pinto. No hay democracia real en Chile porque un puñado de familias aún se reúne, como si fuera un aquelarre, para resucitar «la difunta colonia en nuestro suelo». Los monstruos del pasado aún se sienten en el presente.

John Bell nació en Sídney, Australia en 1981. Desde 2018 radica en Argentina. Es
licenciado en Letras por la Universidad de Sídney y hace poco terminó la maestría en
Periodismo Narrativo de la Universidad Nacional de San Martín. Es autor del libro para
niños The Wattle Tree y ha publicado sus escritos en medios como Página 12, Panamá,
Oropel y El diletante. Actualmente reside en las sierras de Córdoba.

*John Bell nació en Sídney, Australia en 1981. Desde 2018, reside en Argentina. Es licenciado en Letras por la Universidad de Sídney y hace poco terminó la maestría en Periodismo Narrativo de la Universidad Nacional de San Martín. Es autor del libro para niños The Wattle Tree y ha publicado sus escritos en medios como Página 12, Panamá, Oropel y El diletante. Actualmente reside en las sierras de Córdoba.


Descubre más desde

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario