Man analyzing futuristic digital data projections in a technology lab

Heidegger, la técnica y la pregunta por el ser en tiempos de IA

Por Mario César López

El texto reivindica la capacidad de la pregunta en el ámbito filosófico, sobre todo en un sentido heideggeriano de qué comprensión del mundo hace posible que una época imagine el conocimiento como procesamiento de información.

La aparición de sistemas de inteligencia artificial capaces de redactar textos, responder preguntas o producir imágenes que invaden nuestra cotidianeidad ha reavivado una vieja inquietud filosófica: ¿qué significa conocer? ¿Qué podemos conocer?

Estas preguntas suelen formularse en términos técnicos. Nos preguntamos todo el tiempo cuánto sabe una inteligencia artificial, cuánto podrá aprender o si algún día llegará a pensar como un ser humano. Sin embargo, el filósofo alemán Martin Heidegger habría sugerido que estamos formulando mal el problema.

Para Heidegger, la cuestión decisiva no es qué puede hacer una máquina, sino qué comprensión del mundo hace posible que una época imagine el conocimiento como procesamiento de información. Antes de preguntarnos si una inteligencia artificial piensa, deberíamos preguntarnos qué entendemos nosotros por pensar.

Esta cuestión adquiere una relevancia particular si se la pone en diálogo con Immanuel Kant. A finales del siglo XVIII, Kant había intentado establecer los límites del conocimiento humano: no todo puede conocerse, existen fronteras que la razón no puede atravesar legítimamente sin caer en una ilusión. Ese límite, para Kant, es el límite del juicio: solo podemos conocer aquello que se deja organizar mediante conceptos aplicados a una experiencia posible. Más allá de esa frontera, la razón puede pensar, pero no puede conocer.

Heidegger retomará ese problema tiempo después, pero desplazando la discusión desde la teoría del conocimiento hacia una pregunta más radical. No le interesa tanto qué podemos conocer, sino qué hace posible que haya algo así como conocimiento, juicio o experiencia en absoluto. Esa es la pregunta por el ser: no qué objetos están a nuestro alcance, sino qué apertura previa permite que algo se nos muestre como objeto, como dato, como cosa que puede ser conocida.

Este desplazamiento puede parecer lejano a nuestras discusiones actuales sobre tecnología o sobre el alcance de la inteligencia artificial. Sin embargo, es precisamente allí donde se encuentra una de las críticas más profundas a nuestra época.

Heidegger llamó Gestell —que podría traducirse como dispositivo o emplazamiento— al modo en que el mundo moderno tiende a manifestarse: todo ente, incluido el ser humano, aparece como Bestand, como fondo de reserva, como recurso disponible para ser calculado, almacenado y optimizado. La inteligencia artificial no inaugura esa lógica: la lleva a su forma más consumada. Cuando todo —un rostro, una conversación, un recuerdo— puede convertirse en dato procesable, el mundo entero empieza a aparecer bajo la única forma de lo disponible.

El desafío de nuestra época no consiste solamente en preguntarnos qué pueden hacer las máquinas o hasta dónde llegarán los avances tecnológicos, sino en revisar la imagen del ser humano que heredamos de la modernidad: la del sujeto que se piensa a sí mismo como fundamento absoluto, como el punto fijo desde el cual todo lo demás se vuelve objeto a disposición. Si la inteligencia artificial nos obliga a repensar el conocimiento, también nos obliga a preguntarnos por aquello que no puede reducirse a información, cálculo o procesamiento de datos.

La cuestión decisiva, entonces, no es si las máquinas llegarán a pensar como nosotros, ni si superarán ciertas capacidades humanas. La cuestión es si, en una época que parece convertir todo en información disponible, seguiremos siendo capaces de reconocer que hay dimensiones de la existencia que no se dejan agotar por el cálculo.

Kant trazó el límite del conocimiento para proteger a la razón de su propia desmesura. Heidegger nos recuerda que ese límite no es solo epistemológico: es el lugar donde se decide qué clase de ente queremos ser. Quizás la inteligencia artificial no venga a resolver esa pregunta, sino a recordárnosla con una urgencia que la filosofía moderna había empezado a olvidar.

La filósofa Simone Weil, en La gravedad y la gracia, recupera una antigua imagen de los Upanishads (palabra que remite al silencio junto al maestro para recibir una enseñanza): en la misma rama hay dos pájaros que son el alma humana. Uno come los frutos del árbol; el otro simplemente mira, sin tocar nada. El que come es nuestra manera más cotidiana de habitar el mundo: todo se vuelve alimento, todo está disponible, todo se devora. El que mira no produce ni consume nada. Solo está ahí, atento, en una forma de quietud que Weil no duda en llamar plegaria, y que también podría llamarse silencio, o simplemente pensar.

La inteligencia artificial es, en este sentido, una perfección del primer pájaro: sabe comer el mundo con una eficacia que ningún ser humano podría igualar. Consumimos reels, series, TikTok, recortes, todo el tiempo: la voracidad ya no es solo de la máquina, es nuestra forma cotidiana de habitar el mundo. Pero a ese pájaro le falta el segundo. No puede mirar sin tocar, no puede quedarse quieto ante algo sin convertirlo en dato. Tal vez la pregunta que la inteligencia artificial no puede responder no sea entonces qué es capaz de pensar, sino si nosotros seguiremos siendo capaces de sostener esa mirada que no devora y contempla en silencio. Esa que no calcula ni resuelve, sino que simplemente deja ser.


Descubre más desde

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario