Adriana Puiggrós*
El texto polemiza con la versión que la derecha neoliberal difundió del pedagogo insigne. Recoge el guante y postula que las políticas educativas de Sarmiento deben ser reivindicadas.
Durante la campaña por la sucesión presidencial Argentina de 2015 se suscitó una discusión acerca de la vigencia de los principios de la ley de Educación común 1420 de 1884. Si bien el tema se circunscribió a políticos y especialistas dejó al descubierto las llagas causadas por la irresolución de conflictos estructurales de la sociedad argentina la palabra «Sarmiento» los convoca.
Domingo Faustino Sarmiento sigue siendo nombrado por amigos y enemigos que depositan en su figura los errores de sus contendientes y guardan para sí gajos mitificados de su complejo pensamiento. Hay cierta desesperación por apropiarse del Presidente de la Nación sanjuanino que da que pensar sobre las insuficiencias del país federal organizado por hombres unitarios. Se trata del provinciano al que le fue negado estudiar en el Colegio de Ciencias Morales, del niño que creció entre los tíos curas y obispos y luego enfrentó al clero, del adolescente que se hizo maestro contemplando la cordillera con el tío Oro, y años después convocó a mujeres protestantes, anglosajonas, estadounidenses y bastante sufragistas, para que educaran con ideas modernas a los maestros de las nuevas generaciones argentinas, fue el político que lideró la construcción de un sistema escolar estatal, común, gratuito, obligatorio, y bregó por la educación laica. Ese hombre racista, iracundo, brutal, que puso en las palabras «Civilización y Barbarie» el drama latinoamericano y, en su dramática evocación, a la «sombra terrible de Facundo», reclamó al sujeto de su obsesión el saber ausente que lo enloquecía, rogándole «Tú posees el secreto: ¡revélanoslo!».
El sistema educativo y superior moderno fue consolidado en la República conservadora sufrió brutales represiones de la dictadura la defección de gobiernos constitucionales el aliento de las gestiones radicales de Yrigoyen e Illia, la democratización por parte de Raúl Alfonsín, el gran aporte a la inclusión de las mayorías sociales en los gobiernos peronistas de Juan D. Perón, Héctor Cámpora, Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner. La educación sufrió la preeminencia de una u otra corriente pedagógica o didáctica, caprichos de la política educativa, cambios de funcionarios, burocratización de las estructuras de conducción, resistencias a los cambios. Pero el jardín de infantes, la escuela, el colegio, el instituto, la universidad públicos, fueron los instrumentos indubitables para la educación hasta que la última dictadura los erosionó, luego el Congreso Pedagógico de 1984/88 borró la diferencia entre educación pública estatal y educación privada o particular abriendo compuertas que soportaron a la reforma educativa neoliberal que puso en marcha Carlos Saúl Menem.
Treinta años después de aquel Congreso, en el campo educativo se han producido cambios decisivos. La Organización para el Comercio y el Desarrollo Económico (OCDE), llamada “Club de los Países Ricos”, se ha puesto a la cabeza de los organismos financieros internacionales que controlaban la educación latinoamericana en las décadas anteriores, y ubicó a la educación en la lista de bienes transables. La era de los préstamos usurarios de los organismos internacionales para la educación pública ha sido superada por la invasión de corporaciones nacionales e internacionales. El interés de los gobiernos ya no es mejorar la mentada “calidad” de los sistemas escolares, sino habilitar la legislación y adecuar políticas para que las corporaciones inmobiliarias, informáticas, editoriales, comunicacionales, comerciales de todo tipo, se apropien de ellos, sin renunciar a que el Estado se siga haciendo cargo de las inversiones no redituables.
Pero van por más. El monopolio de la educación por parte de institución escolar es un obstáculo para el avance del mercado, por lo cual se relativiza su eficacia y avanzan intentos de desescolarización. Desde el enfoque gerencial de la teoría de la administración, desprestigiar y desprofesionalizar a los docentes resulta indispensable. Una educación dialógica, inconcebible. Stands de ventas de máquinas y programas de capacitación en competencias, robots despolitizados que transmiten y absorben guiñapos de la cultura, el ideal.
El antagonismo que protagonizó las discusiones político-educativas durante más de un siglo adquirió nuevas características: en los comienzos de la era Macri-Trump, la escena está ocupada por fuerzas “destituyentes” de la escuela, aunque afines a negociar con los sectores tradicionales de la educación privada.
Mauricio Macri fue elegido Presidente de la Nación en 2015 por la coalición “Cambiemos”, representando a grandes corporaciones e intereses nacionales y transnacionales que están avorazados por el mercado de la educación. Pero en su triunfo fue decisivo el voto de la clase media y de sectores populares que habían sido defensores de la escuela pública durante más de un siglo, lo cual obliga a una profunda reflexión.
El gobierno que apoyaron está operando un cambio que pretende dejar en el pasado al sistema educativo moderno, afectando todos sus niveles y modalidades. Es ortodoxo respecto al credo de la libertad de mercado en educación: sus políticas producen una brecha profunda entre la educación “pública estatal” y la “pública privada tradicional”, en tanto entrega ambas al impredecible oleaje del mercado. Los medios de información monopólicos emiten mensajes pedagógicos, sustituyendo al sistema escolar en una de sus principales tareas, como es la comunicación.
La discusión que mencioné al principio fue iniciada desde el campo del radicalismo por aliados al partido de Macri, el Pro. Acusaban al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner de querer imponer la enseñanza religiosa en las escuelas públicas y exigían que se restituyera la Ley 1420 que, lejos de establecer la laicidad, había excluido la religión de los programas, pero legalizado su enseñanza en los recintos escolares, en su artículo 8°. Los demás principios, democráticos, están incluidos en la Ley de Educación Nacional de 2006.
Aumentando la confusión, Esteban Bullrich, ministros de Educación y Deportes de Macri, prometió reivindicar a Sarmiento, honrándolo junto a su busto en la ciudad de San Juan. “Se ha querido mitificar a Sarmiento del lado malo”, dijo (Diario de Cuyo, 6 de enero de 2016). Al mismo tiempo, convocaba a los inversores internacionales privados a la educación y, meses después, hacía pública su opinión favorable al establecimiento de la enseñanza de la religión en las escuelas públicas.
¿Cuál es el lado bueno y cuál el lado malo de Sarmiento? Puede interpretarse que, para la clase gobernante, cuyos funcionarios fueron capacitados en el circuito escuela privada de élite-universidad privada-postgrado en EE.UU.-entrenamiento ejecutivo de transnacional, Sarmiento, el liberal progresista y defensor a ultranza de la educación estatal, resulte un personaje por lo menos ajeno. Pero la postura socio-antropológica del sanjuanino concuerda con las justificaciones necesarias para la estratificación neoliberal del mercado educativo.
El liberalismo conservador fundó nuestro sistema escolar; el programa del neoliberalismo es desarticularlo, dispersarlo y deshacerse de él. El liberalismo argentino fue cipayo, despectivo de lo nacional y lo latinoamericano desde su origen, y usó a la educación estatal como un instrumento compatible con la libertad de mercado; al mismo tiempo tenía sobre sus hombros la necesidad de superar la herencia colonial y el mandato de erigir las instituciones de la República. El neoliberalismo es helado, no le interesa ni la soberanía, ni la Nación, ni las personas, ni los ciudadanos, tan solo el mercado. No se hace cargo de ninguna demanda social, excepto cuando se ve obligado a ello para conservar el poder.
Mientras tanto, ¿se va perdiendo la memoria de las antiguas luchas? Uno de los daños que produce el utilitarismo extremo es la ignorancia voluntaria del propio pasado. La pérdida o negación de referencias históricas se detecta en las generaciones adultas y su carencia en los jóvenes. Con el agregado de que el programa neoliberal elimina de manera explícita la enseñanza de la historia pasada y reciente. ¿Para qué perder el tiempo con el pasado, si se puede navegar sin rumbo fijo en los límites (solo) aparentemente infinitos de la sociedad postmoderna? Todo es olvidado y muchos han perdido los parámetros para comparar y valorar las situaciones que vivimos. Marcados por eslogan “You have to be ODD to be number one” (Tienes que ser original, raro, para ser número uno”), no se reconocen como sujetos de ninguna enunciación.
No todo es así, sin embargo. Las razones de la hegemonía de los mercaderes desencarnados de nuestra época merecen ser estudiadas desde distintos ángulos, porque no se trata de la única salida posible de la sociedad moderna en sus diversas versiones (neoliberal, liberal democrática, capitalista con modelo político comunista, corporativa, nacional popular, socialista, teocrática y/o fundamentalista de derecha).
El fin de la historia como escenario triunfal y definitivo del capitalismo (que no es una novedad de teóricos del siglo XX, sino un elemento central de la teoría de Augusto Comte) podría ocurrir, claro está, mediante una catástrofe natural o provocada por la insensatez de la especie humana. Pero la humanidad tiene una larga experiencia y aquella no es la única prospectiva posible. Es posible que haya rastros de la “amabilidad”, esa palabra plena de significados que rescata Leonardo Boff. Ese es uno de los motivos que me impulsaron a escribir este texto, destinado a deslizarme tan libremente como me sea posible entre los secretos de la historia pasada y reciente, quizás buscando a ese sujeto que, muertos Sarmiento y Facundo, no imagino volviendo, sino resignificándose, no solamente “bárbaro, valiente y audaz” para cambiar el mundo, sino sabio, amante, libre. Debe estar germinando en algunos lugares de nuestro país y de América Latina.
*El presente texto forma parte de la introducción de Adiós, Sarmiento: educación pública, Iglesia y mercado (Colihue, 2017).
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