Por Gabriel Gaburro*
Análisis de la reciente viralización de amenazas de tiroteo en las instituciones educativas. El papel del protocolo de seguridad presentado por la DGCyE.
La reciente ola de divulgación de fotos y videos con leyendas amenazantes de tiroteos en las escuelas derivó en la presentación por parte de la Dirección General de Cultura y Educación (DGCyE) de un protocolo de seguridad para que los docentes siguieran en caso de presentarse una situación extrema como la irrupción de un arma de fuego en clase. No obstante, cabe indagar: ¿quién sembró esta situación que manipula a los adolescentes como si fuera uno más de los famosos desafíos digitales, para continuar la lógica de la violencia y el terror?
Lejos de clausurar el debate o dirigir las críticas hacia un solo actor, lo abordamos con una perspectiva holística, remarcando el carácter multicausal del acontecimiento. Entonces, ¿lo sembraron los dirigentes que construyeron identidades políticas sobre la lógica del enemigo? ¿Los medios que midieron el rating de cada amenaza antes de decidir si era noticia? ¿Las familias que entregaron un dispositivo con conexión ilimitada sin una sola conversación sobre lo que ese dispositivo habilita y lo que destruye?
La Provincia reaccionó con un protocolo de seguridad. Es una respuesta esperable y razonable, aunque también insuficiente. Un protocolo organiza la reacción ante el peligro, pero no modifica las condiciones que producen el peligro. Es el manual de primeros auxilios en un edificio que nadie decidió reforzar.
Hay un aspecto que no aparece en la cobertura mediática y merece ser nombrado: las amenazas se viralizan en escuelas publicas con una frecuencia notoriamente mayor que en escuelas privadas. Eso no habla de una diferencia moral entre sectores socioeconómicos, sino más bien de una diferencia en los recursos disponibles para procesar el conflicto. La escuela publica recibe todo lo que la sociedad no resolvió: la violencia familiar, la precariedad económica, la ausencia de referentes, la soledad digital. Y, a su vez, se le pide que lo resuelva con un Equipo de Orientación Escolar desbordado y un equipo docente sin formación especifica para gestionar crisis de seguridad.
Ante la pregunta inicial sobre quién sembró este cuadro de situación, debemos enfatizar que la respuesta no es cómoda. La sembraron los adultos de acá o de allá, en una sociedad adultocentrista. También, los dirigentes que construyeron identidades políticas sobre la lógica del enemigo, mediante estereotipos, etiquetas y estigmatizaciones. Lo fogonearon los medios que midieron el rating de cada amenaza antes de decidir si el acontecimiento era noticiable. Hicieron su parte las familias que entregaron un dispositivo con conexión ilimitada a un adolescente sin conversación previa sobre lo que ese dispositivo habilita y lo que destruye. Y también, hay que decirlo, un sistema educativo que durante décadas redujo la formación ética y en valores a un material de reflexión escrito en el mejor de los casos, en lugar de una practica institucional cotidiana.
La viralización no es un accidente tecnológico; es una decisión editorial disfrazada de algoritmo. Cada vez que un medio publica el video de la amenaza sin contexto critico, no esta informando, está amplificando, está enseñando que el miedo tiene audiencia y que la violencia tiene alcance.
Nadie va a decirlo en una conferencia de prensa. Pero el problema central no es la seguridad escolar. Es que hemos construido una cultura donde el conflicto se gestiona con la lógica del más fuerte, donde el discurso publico legitima el desprecio, y donde la familia resignó su lugar formativo esperando que otra institución lo ocupe. Esa institución, la escuela, está desbordada. Y cuando se desborda, aparece el protocolo.
Los valores no desaparecieron, fueron desplazados. Y el desplazamiento no ocurrió de la noche a la mañana, sin testigos. Ocurrió en publico, con aplausos.
La pregunta que le corresponde hacerse a cada adulto no es qué está haciendo la escuela ante las amenazas. La pregunta es qué mensaje recibió ese pibe en los últimos seis, doce meses de su casa, de su pantalla, de sus referentes. Y, por doloroso que sea, qué decidimos en su momento los adultos hacer con eso.
*Doctor en Ciencias de la Educación (USAL). Director del Instituto Tecnológico San Bonifacio de Lomas de Zamora. Magister en Macro y micro economía (Universidad de San Andrés). Diplomado en Ciencias Sociales con mención en Educación. Especialista en la Gestión del Sistema Educativo y sus Instituciones (FLACSO). Asistente de investigación en CONICET sobre Juventudes, Educación y Trabajo.
Especialista en Cultura Digital y Educación (DGCyE).
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