Domesticar al bárbaro: Juan Moreira de Eduardo Gutiérrez y His natural life de Marcus Clarke

Por John Bell*

El texto analiza comparativamente las figuras literarias de Rufus Dawes, protagonista de His natural life, y Juan Moreira, de la novela homónima de Eduardo Gutiérrez.

Nacieron para sufrir. O, mejor dicho, sus contextos sociales no les permiten otra suerte. Uno, personaje inventado, vive los horrores verídicos del sistema penal que los ingleses construyeron en Australia. El otro, versión idealizada de un personaje real, se vuelve forajido como consecuencia de la persecución del Estado liberal argentinoRufus Dawes —condenado al traslado por un asesinato que no cometió— descubre que sus intentos de colaborar con el sistema inglés no le valen nada: existe solamente para brutalizar a los presos y reducirlos a una condición de servidumbre degradante. Por su parte, la vida pacífica de gaucho que Juan Moreira comparte con su mujer e hijo es amenazada por un juez de paz corrupto: Moreira lo mata y se vuelve prófugo, perseguido cada vez más insistentemente por las partidas bonaerenses.

Las obras que los dos hombres protagonizan son denuncias de sociedades que carecen de autoridad moral. A su vez, el sufrimiento es su motor narrativo y el secreto de su éxito: lo que venden a sus públicos. Dawes y Moreira son héroes no tanto por lo que logran, sino por lo que aguantan. Cristos seculares, los calvarios que atraviesan en His Natural Life y Juan Moreira se tornaron clásicos. Adaptados al teatro y después al cine, las versiones de los dos libros proliferaron durante un siglo.

Sus autores eran periodistas, con el olfato de su oficio por el tema que va a pegar. Marcus Clarke empezó a publicar His Natural Life en el diario The Australian Journal en 1870; las entregas siguieron apareciendo por dos años y medio. En 1874 se editó como libro. En el caso de Eduardo Gutiérrez, publicó Juan Moreira en La Patria Argentina entre 1879 y 1880. El formato de folletín da a sus obras la cualidad de repetición que también es motor. Nos promete mil variantes de la misma situación: en cada entrega es casi seguro que Rufus Dawes va a sufrir alguna nueva atrocidad a manos de sus carceleros, que Moreira va a matar a alguien a regañadientes.

Escribir una ficción le permite a Clarke inventar libremente y hacer un recorte del sistema penal en Australia. Dawes pasa directamente a los peores espacios de ese sistema. Sin embargo, casi todos los incidentes principales del libro se basan en hechos reales; Clarke lo cierra con una bibliografía para comprobar su verosimilitud. Gutiérrez, en cambio, retrata a un personaje real que murió hace sólo cinco años; el autor lo conoció personalmente. Su libro se declara como periodismo: Gutiérrez describe su investigación y nombra a sus fuentes. «No hacemos novela», escribe, «narramos los hechos». El trabajo de ficcionalización es más sutil: hace la vida de Moreira encajar con la vida del gaucho tal como José Hernández la definió en 1872 en su Martín Fierro. Es un mito con forma de crónica.

Clarke igual que Gutiérrez tenía vínculos estrechos con el teatro: su esposa Marian Dunn era actriz. His Natural Life causaba tanto furor en Australia que dos adaptaciones rivales al escenario salieron de gira en la década de los 1880. Gutiérrez mismo adaptó su novela para el circo criollo en 1884: lo que empezó como unas escenas de pantomima se volvió en la versión posterior de José Podestá una obra de teatro más completa. Los dos autores murieron antes de cumplir los cuarenta años: Clarke en 1881, Gutiérrez en 1889. No vivieron para ver la adaptación de sus obras al cine, aunque Marion Marcus Clarke, la hija del autor, representó a la madre de Rufus Dawes en la de 1927. Se rodaron tres películas mudas basadas en His Natural Life, dos en Juan Moreira. Quizás las versiones mejor conocidas hoy son la miniserie For the Term of His Natural Life de 1983 —que buscó aprovechar la moda en ese momento por historias del outback australiano como Return to Eden— y la Juan Moreira de Leonardo Favio, que convierte la figura solitaria de la novela en un ser social, vagando por la provincia de Buenos Aires con sus compadres al lado. La Juan Moreira de 1924 —que salió con el título El último centauro— es una adaptación mucho más fiel y enfatiza la parte costumbrista, los bailes y las carreras de caballos. Los mitos evolucionaron con el tiempo.

Ninguna de las dos novelas se ajustaba a la autoimagen que promovían las élites de esa época en Australia y Argentina. Cuando el director argentino Norman Dawn —que había hecho su carrera en Estado Unidos – llegó a Tasmania en 1926, para rodar su versión de His Natural Life, no todos los habitantes le dieron la bienvenida. Habían cambiado el nombre de la isla después del fin del traslado de presos en 1853 —antes se llamaba la Tierra de Van Diemen— esperando de esa manera eliminar la mancha carcelaria. Ahora, una superproducción extranjera pretendía reabrir esa historia vergonzosa. En tanto, Juan Moreira representa todo lo que Sarmiento condena como barbarie en su Facundo: la cultura criolla que pretendió reemplazar por la europea. Quizás es por eso que Gutiérrez hace tanto hincapié en la belleza de su protagonista: su «pupila de terciopelo», su «barba magnífica y sedosa», su «pecho admirable por su modelación». Gutiérrez contrarresta al Facundo Quiroga bestial de Sarmiento con un gaucho guapo en todos los sentidos.

La insistencia de Gutiérrez en la hermosura de Juan Moreira —la remarca constantemente— da al libro una leve atmósfera gay. Esto solo se intensifica con la aparición del «amigo Julián», la única persona con quien Juan puede contar. Gutiérrez casi siempre se refiere a Julián con ese epíteto: no es Julián solamente, es el amigo Julián. La amistad entre varones es tan sagrada en el mundo gaucho como el concepto de mateship que aún rige las relaciones sociales en Australia. Sin embargo, esa palabra amigo tiene un aire eufemístico, tal como la usan señores de cierta edad para referirse a sus parejas. Incluso si el vínculo no tiene un componente sexual, es sin dudas el más afectuoso en la vida de Moreira. Se pierde en abrazos tan intensos con el amigo Julián que por momentos la novela parece un antecedente de Secreto en la montaña: «Aquellos dos hombres valientes, con un corazón endurecido al azote de la suerte, se abrazaron estrechamente; una lágrima se vio titilar en sus entornados párpados y se besaron en la boca como dos amantes, sellando con aquel beso apasionado la amistad leal y sincera que se habían profesado desde pequeños.»

El libro cierra con Julián llorando al amigo muerto. Pasa por su tumba y rescata al Cacique, el perro de Juan que aún vigila a su amo: saliendo del cementerio Julian exclama, «¡Adiós, hermano Moreira! ¡Daría toda mi vida por poder montarte en ancas de mi caballo y llevarte al rancho de la amistad!» La versión muda de 1924 respeta este final; Julián venga además la muerte de su amigo, matando al Cuerudo que lo traicionó. La de Favio le resta importancia a Julián; en su Juan Moreira la amistad es una relación menos intensa entre compadres. Es la sombra de su esposa la que cae sobre su tumba. Sin embargo, si otro artista tiene ganas de tornar queer la pampa como hicieron Gabriela Cabezón Cámara en Las aventuras de la China Iron o Mariano Tenconi Blanco en Las cautivas, la novela de Gutiérrez le dará bastante material para trabajar.

La homosexualidad está presente en His Natural Life también, no como afecto, sino como otro horror del sistema penal. Parte de la vergüenza que su historia les generaba a los tasmanos se debía a la fama de su isla como una nueva Sodoma del Hemisferio Sur: al enterarse de que los grupos de engrillados que trabajaban en las obras públicas se habían convertido en orgías gay, el ministro inglés para las colonias suspendió el traslado de presos a la isla en 1846. La mano de obra forzosa era una cosa; la sodomía otra. Clarke enfatiza la belleza de su protagonista también —su «elegancia de actitud que se debe a un perfecto desarrollo muscular»— pero en este caso le toca a Dawes ser testigo. Llega a la cárcel de Port Arthur un chico «de unos veinte años, flaco, rubio y delicado»: un twink. Un metodista devoto, Kirkland fue un empleado del banco condenado por malversación de fondos; es un «aristócrata», no encaja con los convictos reincidentes del grupo de engrillados. En la narración de Clarke, su primera noche con ellos es, básicamente, un descenso al infierno: el pastor lo encuentra la mañana siguiente «horriblemente pálido, sangrante, con la camisa de lana desgarrada y los ojos azules fijos con terror, aferrándose a los barrotes» de su pabellón. El pastor no logra liberarlo: a ojos de los carceleros y el comandante, la violación forma parte de su condena. «¿Qué te pasa, Miss Nancy?» uno de sus compañeros le pregunta burlonamente a Kirkland. El chico intenta huir y el comandante lo condena a cincuenta latigazos, el latigazo siendo la unidad de medida de la disciplina inglesa. Le obliga a Rufus Dawes a manejar el látigo: otra forma de brutalizar a los presos es forzarlos a participar en la degradación de sus pares. Dawes se niega a seguir cuando se vuelve obvio que Kirkland no aguanta los latigazos y es a su vez condenado a cien, mientras el chico agoniza en el suelo. Es una escena tan interminable y sangrienta como la muerte de Juan Moreira en el patio de La Estrella. La sexualidad es inseparable de la violencia: como escribe Robert Hughes en The Fatal Shore, «el contacto sexual en la cárcel suele convertirse en relaciones de poder». Los libros de Clarke y Gutiérrez están poblados casi enteramente de varones; sin embargo, mientras la amistad intensa entre Juan y Julián es un refugio en un mundo hostil, los compañeros de celda de Rufus Dawes representan un peligro más.

Quizás Gutiérrez tiene aún otro objetivo en subrayar la hermosura de Juan Moreira: que el lector no registre que su héroe es un hijo de puta. Según el autor, Juan nunca conoció a su padre, «aquel tremendo Moreira que hizo fusilar Rosas»: un mazorquero tan violento que el gobernador ordenó su ejecución. De tal palo tal astilla: Juan adoptó el negocio familiar. Trabajó como el guardaespaldas de Alsina —quien le regaló su famosa daga con la empuñadura de plata— como sargento de la partida de Navarro, como matón que impuso el resultado deseado por sus patrones en las elecciones. Colaboró en la «persecución de los indios». Uno de los aciertos de la versión de Leonardo Favio es enfatizar a este Juan Moreira político. Sin embargo, Favio a su vez elimina aspectos de su héroe incómodos para su época. En la película de 1973, Juan se escapa a la toldería de Coliqueo y allí medita seriamente sobre el exilio de los pueblos originarios en su propio territorio. El Moreira de Gutierrez estafa al cacique que le ha dado abrigo para robarle su sueldo; después mata a dos de los hombres que intentan detenerlo. Si el gaucho alguna vez llevara una vida pacífica en su rancho habrá sido como un respiro de su verdadera carrera de matón. El problema es que su violencia deja de expresarse de manera socialmente aceptable; Moreira deja de estar del lado del poder.

Moreira no es bueno tampoco con sus prójimos. Mata al teniente alcalde por las pretensiones que tiene sobre su esposa Vicenta; sin embargo, después no hace nada para rescatarla del Juzgado de la Paz donde se encuentra presa con su hijo. De hecho, manda al amigo Julián para buscar al perro Cacique que la acompaña en la celda; a pesar del desamparo que sufre Vicenta en ese momento le priva de compañía. Su perro le importa más que su mujer. Moreira es dado a momentos de melancolía; cada tanto Gutiérrez describe su tristeza al pensar en la familia que abandonó. El gaucho parece una imagen católica en esos momentos: sufre bellamente, las lágrimas como perlas en su barba lustrosa, dando «a su cara, hermosa y varonil, una expresión de ternura infinita». Sin embargo, cuando un hombre importante que Juan busca como patrón le ofrece una salida —la posibilidad de llevar a su familia a otra provincia— Moreira no acepta. Pone su orgullo herido antes del bienestar de su esposa e hijo. Tiene una patología que aún se observa en muchos varones argentinos: su autoimagen como víctima y el derecho a quejarse que eso implica son bienes más preciados que cualquier solución a sus problemas concretos. No quieren estar bien; la desgracia es tan fundamental a la hora de concebir la propia identidad que no saben quiénes serían sin ella. Moreira deja a su familia en la precariedad para poder decir cosas como, «Yo soy un hombre maldito que ha nacido para penar». La plata que le roba a Coliqueo no va a Vicenta; su esposo la usa para invitarles los tragos a desconocidos en un boliche. Cuando la busca no es para verla sino porque se entera de que Vicenta, sin mejor opción, ha aceptado vivir con un vecino que Moreira consideraba un amigo. Martín Fierro es filosófico al afrontar la misma situación: «¿qué más iba a hacer la pobre / para no morirse de hambre?». Reconoce que su ausencia obliga a su mujer a buscar los medios para vivir. La respuesta de Moreira en cambio es regresar para matar al hombre que se ha vuelto el sostén económico de su familia. Favio elimina todo esto de su adaptación: su Moreira es un protagonista más simpático, su Vicenta afligida pero autosuficiente. El de Gutiérrez es directamente una mala persona.

Rufus Dawes, en cambio, hace ruido por otro motivo: es un personaje demasiado bueno. Sufre con demasiada resignación. Sin embargo, la trama, por momentos absurda, al estilo de Dickens —casi todos los personajes principales resultan ser parientes aunque no se den cuenta— le permite a Marcus Clarke dividir a su héroe en tres. En realidad His Natural Life tiene tres protagonistas: cada uno representa una actitud distinta frente al sistema penal en Australia. Dawes, un buen burgués, inocente del crimen que se le atribuye, intenta una y otra vez colaborar con ese sistema, convencido de que su buen comportamiento le valdrá el respeto de sus carceleros. Delata a un motín que sus compañeros preparan en el barco que los lleva a Australia; le salva la vida a la hija del comandante cuando ella se encuentra varada; escribe carta tras carta pidiendo justicia. El gobierno responde mandándolo a los sitios reservados para los peores maleantes: Macquarie Harbour, Port Arthur y Norfolk Island. Ya no pretende reformar a los reclusos en aquellos lugares aislados; no se espera nada de ellos. Dawes no entiende la implicaciones de esto; mira a sus compañeros engrillados con horror y cierto esnobismo, como si no perteneciera a la misma categoría. No quiere reconocer su descenso social, que a nadie le importa su inocencia o culpa. Le lleva años perder su ingenuidad. Finalmente, comprende con amargura que el sistema sólo quiere reducirlo: «cómo la agonía del pobre cuerpo puede forzar al alma a abandonar su último refugio de pretendida indiferencia y reconocerse conquistada». Acepta su deshumanización.

La experiencia de su medio hermano John Rex es muy distinta. El crimen por el cual es condenado al traslado es sólo uno en una extensa carrera como fraude. Está acostumbrado a la compañía de otros delincuentes y no pierde el tiempo con el remordimiento. Para Rex, el sistema carcelario es una jaula que debe escapar. Lidera el motín que delata Rufus Dawes; arma otro en Macquarie Harbour y esta vez logra apropiarse de un barco. Llega con su tripulación de amotinados a Chile y vive por un tiempo en Valdivia, una aventura que se basa en la del preso James Porter, que se fugó de Macquarie Harbour en el Frederick en 1834. Aprehendido de nuevo y enviado a Port Arthur, John Rex vuelve a escapar. No sabe que Rufus Dawes es su medio hermano pero nota que se parecen; aprovecha esta semejanza para hacerse pasar por él en Inglaterra. La madre de Dawes – que ignora su destino– adopta a Rex creyéndolo su hijo prodigal, una trama que Borges después explotó en su cuento «El impostor Tom Castro». Rex hereda la fortuna que le corresponde a Dawes. El narrador lo condena como un villano –Rex usa y descarta sin reparos a la gente que lo rodea– pero él y su amante y cómplice Sarah Purfoy son lejos los personajes más entretenidos de la novela. Su postura es más digna que la de Dawes; al encontrarse preso de un sistema diseñado para deshumanizar, es mejor escapar que someterse. Conspirar se vuelve una forma de resistencia.

El tercero de los parientes participa en el sistema como carcelero. Maurice Frere es el primo de Rufus Dawes. Emigra voluntariamente; Australia le representa la posibilidad de una carrera militar. El sistema nutre sus peores instintos; en las cárceles Frere puede dar rienda suelta a su crueldad, con la excusa de que los delincuentes sólo entienden la mano dura. Dawes figura con frecuencia entre sus víctimas; los dos hombres son archienemigos e imágenes en espejo. De cierto modo, sus vidas dibujan la misma trayectoria: en Australia se vuelven toscos y cínicos. Marcus Clarke se inspiró en la vida de John Price, el infame comandante de Norfolk Island; Frere comparte muchas de sus costumbres, como la de hablar en el argot de los presos o la de andar desprotegido entre ellos para demostrar su dominio. A Price este último atrevimiento le resultó fatal; un grupo de engrillados lo mató en Melbourne en 1857. Frere no sufre consecuencias. En la última parte del libro es designado comandante de Norfolk Island. Su principal antagonista es el pastor James North.

El diario de North en His Natural Life reproduce frases de las cartas que el reverendo Thomas Rogers –el némesis de John Price en la vida real– escribió a las autoridades inglesas protestando contra las condiciones en Norfolk Island. «Este lugar espantoso parece ser reservado para todo lo horroroso y vil en nuestra naturaleza común. En su temeridad, su insubordinación, su suciedad y su desesperanza, acá se realiza la imagen popular del infierno», escribe North. Los personajes de la novela habitan aquel infierno; incluso si, como Frere, lo eligen, su adaptación al entorno implica la irremediable perversión de su carácter.

Juan Moreira también tiene como trasfondo una sociedad carente de legitimidad, un sistema injusto que funciona privando de libertad a los elementos indeseables. Como se queja Cruz en Martín Fierro:

Hablaban de hacerse ricos

con campos en la frontera;

de sacarla más ajuera

donde había campos baldidos

y llevar de los partidos

gente que la defendiera.

   Antes de romper definitivamente con esa sociedad, Moreira debe aguantar las amenazas del teniente alcalde con mandarlo a la frontera. Considerando la época –Moreira fallece en 1874– posiblemente se trata de la Gobernación del Chaco, creada por Sarmiento en 1872, y las campañas militares en contra de los pueblos originarios de aquella zona. A las autoridades, reclutar a los gauchos les conviene por todos lados. Con Moreira lejos, el teniente alcalde podría apropiarse de su rancho y su mujer; las levas quitan de la provincia de Buenos Aires a una clase de persona que no encaja en un ambiente cada vez más cercado; peleando en el «desierto», la viveza gaucha gana nuevas tierras para la Nación, tierras que otros explotarán.

Por su parte, la frontera es colonia y condena a la vez, como fue Australia para los ingleses. Ese proceso se daba a partir de la guerra de Mitre contra el Paraguay. Canalizaba las energías beligerantes que antes se habían expresado en los conflictos entre federales y unitarios hacia enemigos externos, para sentar las bases del proyecto liberal. El recelo de la gente común hacia ese proceso forma parte del mito del gaucho más icónico de todos. El santo popular Gauchito Gil se vuelve forajido al desertar durante la Guerra de la Triple Alianza: no tiene motivo para batirse contra los paraguayos. El gaucho con su código de matar sólo «en buena ley» elige no participar en el proyecto liberal porteño; esta negativa convierte a Martín Fierro también en prófugo y es un sentimiento expresado con frecuencia en Juan Moreira. La ética criolla se opone a la de la nueva Nación.

   Gutiérrez se explaya a lo largo de Juan Moreira sobre la relación del gaucho con el aparato estatal. Reflexionando sobre los paisanos que le dan abrigo al Moreira prófugo, el autor escribe que «la hospitalidad es una religión en el gaucho, religión que no han podido extirpar de su alma los castigos, las fronteras, y ese otro azote que el paisano llama sardónicamente la justicia, porque justicia es para él la privación de todo derecho, la altanería del alcalde, el sable de la partida de plaza, y el regimiento de línea, que es el último tramo de su vía crucis». La larga carrera de Moreira como forajido no se debe solamente a su destreza con las armas y el miedo que esto inspira, sino también a la hospitalidad criolla y el recelo general hacia el «azote» de la Nación. Los amigos y parientes de Moreira realmente se exponen al auxiliarlo: por darle techo su hermano Inocencio es condenado a dos años en el batallón 11 de línea.

   Sin embargo, Moreira no encaja bien con el arquetipo del outsider humilde y ético establecido por el Gauchito Gil y Martín Fierro. Colaboró con las autoridades; durante mucho tiempo él manejó el azote. Aunque vaya en contra del mito que pretende erigir, Gutiérrez cumple con su deber de periodista: relata fielmente el trabajo de Moreira como sargento de la partida en Navarro, sus salidas con la Guardia Nacional «en persecución de indios», la relación con su patrón Adolfo Alsina, gobernador de la provincia y después vicepresidente. Moreira no es un hombre común aplastado por el poder; tampoco mantiene una distancia escéptica de la «justicia». Al contrario, participa activamente en el proyecto liberal. De repente el iniciado se encuentra afuera, tal como le pasó a su padre con Rosas. De todas formas, su nuevo estatus de forajido no le impide buscar a un nuevo patrón en el juez de paz Marañón o trabajar como matón en Navarro, oponiéndose a la elección de Nicolás Avellaneda. Su instinto no es alejarse del poder sino afiliarse con él. Obviamente su complicidad con las autoridades no se ajusta a la tradición del gaucho en la cual Gutiérrez pretende inscribir a Moreira: es un disfraz que no le entra. Su héroe reúne en una sola persona las posturas de los tres personajes de His Natural Life: el masoquismo de Dawes, la viveza de Rex y la crueldad de Frere.

   A pesar de su estatus de clásicos, las obras de Clark y Gutiérrez habitan un lugar extraño en sus respectivas culturas. Sus presos y gauchos sufrientes eran figuras incómodas para sus incipientes nacionalismos: en Australia, porque el experimento penal no encajaba con el lazo sentimental que los australianos aún mantenían con Inglaterra; en Argentina, porque lo gauchesco ponía en valor una cultura que los liberales buscaban erradicar. En los años posteriores a la publicación de His Natural Life, la ficción australiana solía enaltecer al squatter, el colono blanco que eligió instalarse en el continente. En 1926, Ricardo Güiraldes logró domesticar al gaucho en su novela Don Segunda Sombra. El chico lanzado a una vida de gaucho resulta ser terrateniente. Con esto Güiraldes sugiere dos cosas: que la época de los gauchos fue una suerte de infancia que ahora pasa a la madurez; y que en cada oligarca late el corazón de un gaucho. Sin embargo, Rufus Dawes y Juan Moreira aún surgen como figuras del subconsciente: ariscos, de difícil integración, con su terca insistencia en hacer las cosas en buena ley.

*Sidney, Australia, 1981. Es licenciado en Letras por la Universidad de Sidney y terminó recientemente la Maestría en Periodismo Narrativo de la Universidad Nacional de San Martín (UNSamM). Es autor del libro para niños The Wattle Tree y ha publicado sus escritos en medios como Página 12PanamáOropel y El diletante. Actualmente reside en las sierras de Córdoba.


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