Una pareja peregrina por moteles remotos buscando escapar del tedio cotidiano. En este relato, incluido en el libro Hotel Pelícano, los personajes se aventuran en un viaje alucinado tratando de alcanzar la meca de la experiencia erótica, la estancia definitiva.
Por Agustín Caldaroni*
Julito Barakus me esperaba en una parrilla en Mataderos. Pasaría a saludarlo, cobrarme unos favores y seguir mi ruta hacia el Hotel Pelícano. Lo acompañaban dos tipos. A uno lo tenía visto, un grandote cara de dogo, con dos orejitas de coliflor que le vibraban cuando hablaba; estaba frenético, afirmaba cada frase golpeando con los brazos la mesa de plástico donde rebotaban quesos, salamines y hielos. Al otro no lo conocía, era un exponente de la belleza juvenil de nuestra época: atlético como un astro de fútbol, sonrisa calavera, rudo y tierno: gendarme y efebo combinados. Un rato más tarde, y por primera vez en su vida, ese pibe mordería la almohada de algún departamento mientras Julito lo bombearía por popa. El pibe lloraba de la risa por una anécdota exagerada de Julito, una carcajada de atorrante. Lindo de ver, daban ganas de quedarse ahí. Pero no podía, esa noche iba a conocer el Hotel Pelícano y tenía que estar bien enfocado, pensar en el Hotel Pelícano me hacía latir el corazón como aletazos de colibrí, me ahogaba de vértigo. Acepté un vino por diplomacia, después pintó una bolsa.¿Querés tomar? No amigo, que me voy. Un pellizquito nomás, mirá que está rica, eh. Acepté una raya, me puse a gusto. El grandote me miraba con sospecha, nunca le gusté, y Julito insistía en seguir la gira, no me dejaba ir, jugaba de cacique en la mesa y en cualquier momento iba a llegar más gente. Tenía que escaparme, el Hotel Pelícano esperaba.
Hacía poco había comprado el auto, todavía lo estaba estrenando, olía a cuero nuevo y a spray de lavanda, el volante sedoso, envuelto en una lámina siliconada, me hacía cosquillas en los dedos. En la oscuridad de esa cámara solo refulgía la oblea azul cromo del reproductor de música. Acomodé los huesos en el asiento, puse primera; salí potente y ligero al mismo tiempo. Encima de esa nave la calle más empedrada y rotosa se volvía un camino de cristal enmantecado. Pasé a buscar a Lúa, toqué bocina mirando esa casa a la que ella jamás me invitó a entrar. Salió hermosa con un vestido que me fascinaba. Fui por General Paz hasta llegar a Puente de La Noria, había gente pasando la noche en los bares que cercan la avenida, abrí la ventanilla dejando entrar bolsas de aire caliente y retazos de música. Encaré por Camino Negro, al costado de la ruta cada tanto brillaban racimos de lamparitas, el contraste entre oscuridad total y la luz era como apariciones de circos y ferias flotando en un mar oscuro. En ese trazo del camino el corazón ya aguijoneaba demasiado fuerte y la pija me apretaba el pantalón, ella debe estar ansiosa como yo, pensé, mientras le apretaba una manito. Aceleré hasta sentir la presión del cuerpo en el asiento, la velocidad me hacía correr lágrimas. Nada podía pararme, la idea de visitar el Hotel Pelícano me volvía recio y la velocidad me limpiaba de los terrores del mundo.
Con Lúa habíamos tenido que conocer telos y hotelitos a la fuerza, porque en ese momento ella vivía con su pareja. Lo que para otros hubiera sido una molestia, para nosotros con el tiempo se volvió un juego y para la época en que conocimos el Hotel Pelícano los dos éramos solteros pero seguíamos yendo a pernoctar a hospedajes más o menos roñosos, más o menos familiares, más o menos ordinarios. Por un lado era una forma engañosa para continuar en un estado de amantes; por otro era un juego que se había vuelto una condición erótica. Lúa y yo éramos compañeros de trabajo y Z, su novio, también. Formaban una hermosa pareja, los dos lindos y graciosos, se llevaban bien, por eso nunca hubiera pensado en relacionarme con ella. Z era un atorrante y le tiraba la noche igual que a mí, aunque no compartíamos la gira nocturna ni una amistad, nos caíamos bien. Yo la quiero mucho, nos contaba él una noche tomando cerveza después de la oficina, pero llevamos seis años de novios y necesito volver a sentir algo fuerte, una pareja después de un par de años siempre está a un pelo de caer, por más sólida que sea, esto es así: las parejas de mierda son las que duran. Lúa pensaba algo similar, su relación estaba condenada, tenía vértigo de que se extendiera demasiado, como si cada día juntos fuese una claudicación y no pudiera disfrutar de su juventud por estar con él. Z era una máquina, habíamos compartido partidos de fútbol con los compañeros de laburo y nos pintaba la cara a todos, una bestia infatigable, daban ganas de romperle una gamba y dejarlo lisiado para siempre. Cuando me metí con Lúa no podía dejar de imaginar que venía de años de coger con un gimnasta exigente, un robot cansado de machacarla con la destreza de un acróbata en todas las posiciones imaginables, me torturaba en estúpidas contiendas mentales: si Z representaba la salud, la tenacidad y el orden, yo solo podía responder con un temperamento melancólico y decadente; él era un futbolista eficiente y yo un torero fúnebre. Lo cierto es que Lúa nunca me habló de Z como amante, estaba hastiada de su vida juntos y con eso bastaba. Había encontrado una compañera que también buscaba una vía de escape.
Yo quería enamorarme, me daba igual de quién, quería sentir algo, expandirme más allá de mí. En mi vida no pasaba nada. Estaba secándome, volviéndome viejo, cada día más impotente, como si mi cuerpo estuviese revestido por una prótesis que no me dejaba sentir con intensidad. El sexo se convirtió en un placer leve, una mecánica estúpida y animal: meterla arriba, meterla abajo, de costado, de parado, así, así, ay, ay, ah, ah, ah, dámela toda. Pero lo que yo necesitaba era que me arrancaran un par de costillas y me soplaran el corazón con humo sahumado a ver si volvía a encantarme con el mundo.
La historia con Lúa empezó jugando a las cartas. Íbamos a una plaza a almorzar juntos en la hora libre que nos daban en la oficina. Después de comer fumábamos y jugábamos al chinchón. Ella mezclaba con una destreza de croupier, le encantaba timbear a lo que sea. Cuando jugábamos a las cartas me gustaba ver su expresión, debajo de la nariz sostenía una sonrisa inocente, jugaba con ilusión y sentimiento; por encima de la nariz proyectaba otros sentimientos, los ojos de Lúa se movían de sus cartas a la mesa, abstraída de lo que pasaba en la plaza, todo se le volatilizaba salvo la baraja. Su mirada de preocupación parecía resolver un asunto delicado. Las dos expresiones representaban la gravedad con la que los nenes se toman los juegos. Supongo que yo estaba igual de retraído, solo pensando en mi suerte y en ganarle. No conversábamos mientras jugábamos, ni siquiera en las pausas para mezclar y repartir. Lo único que nos salía eran expresiones que tuvieran que ver con el juego: tsssss, ayyyy, qué hijo de puta, nah, no podés tener tanto orto, qué cartas de mierda…era la música ambiente de nuestro juego. Y jugando así, sin decir casi nada, nos fuimos conociendo, éramos parte de un vínculo secreto, ella lo sabía y yo también. Lúa terminaba su ensalada, yo mi sánguche, prendíamos los cigarrillos y entrábamos en nuestra íntima comunidad, hablábamos con nuestro lenguaje, ya no más oficina, ni relaciones fingidas, ni tedio, podíamos ser nosotros, solo nos debíamos al juego.
Llevábamos una libretita donde anotábamos los resultados de las partidas, cada uno se la guardaba hasta el otro almuerzo. Se terminó volviendo un manojo de papeles arrugados, sucios, manchados de comida. Entre garabatos al costado del puntaje empezamos a escribirnos cositas, mensajes que solo intercambiábamos en esas hojas. Mañana te mato, perrito. Yo: Voy tres arriba, mamu, ¿qué te anda pasando? Ella: Ya van dos días que no venís, ¿te cagaste, doggy? Me voy a buscar otro compañero, naaa, ¡mentira perrito! Yo: Estoy melancólico, bellaca, esta es nuestra última semana juntos. Ella: Estoy contenta que te vas de la oficina perrito, se te dio, pero te voy a extrañar mucho, ¿con quién juego ahora? Yo: Te invito mañana a tomar un vino y nos despedimos (llevamos las cartas), ¿querés? Ella: Sí,¡dale!
La primera vez con Lúa, fui perro, gruñí y aullé. Fuimos a un telo de Congreso, veníamos borrachos de un bar, la habitación era una cámara frigorífica que apestaba a perfume cítrico de mujer y cigarrillo. Lúa quería bañarse, le dije que la acompañaba y no quiso. Le propuse meternos a la ducha escocesa y lavarnos mirándonos solamente a los ojos: no podíamos bajar la mirada hacia el resto del cuerpo. Aceptó. Yo me metí primero. Mientras recibía el agua en el cuerpo veía a Lúa desnudarse de espaldas descubriendo un cuerpo tostado. Cuando iba a sacarse el pantalón se dio vuelta y me gritó que no mirara, le hice caso, feliz y excitado con el juego. Ella se metió en la ducha. Compartimos el jabón y nos besamos pero sin desviar la vista de lo permitido. Lúa mirando fue magia. La mirada de Lúa mientras me pasaba el jabón por el pecho con una mano y con la otra me agarraba del pelo para que le sostuviera la vista y no hiciese trampa; la mirada cruel de Lúa entrelazando sus manos con las mías en el jabón llevándolas hacia su vientre frotando y haciendo espumita. Envuelta en una toalla, se estiró en la cama. Cuando me quise acostar junto a ella me dijo que no podía, que durmiera en el suelo. Los perros no duermen en la cama, fue lo que dijo. Me rascó el cuello y la barba condescendiente y después me señaló mi rinconcito; me tiré donde me dijo, se acercó y se llevó la toalla de un tirón, quedé desnudo con la pija agarrotada, erguida como un brazo trabando músculos. Prendió la tele y se puso a ver una película porno con cara de aburrida, cada tanto me miraba severa; no aullés perrito, dijo, no me gustan los perros llorones, portate bien. Empecé a imitar el aullido de un perro, no un aullido romántico de lobo, sino uno triste de perro apaleado. Pasó un rato la tortura y me dejó subir a la cama, subí en cuatro patas, y siguió dándome los mimos que se le dan a un perro, meta rascar el cuello y tironear la melena, ay qué lindo sos, te voy a tener que castrar, estás muy caliente perrito. Mi pija hinchada de sangre era un estandarte, ya no aguantaba más. Ella se puso detrás mío y se sacó la toalla, sentí su concha mojada sobre mi culo, empezó a acariciarme los huevos y la pija; más que un perro, era un caballo percherón, sólido, fuerte, bien plantado, gruñí; shhhh, tranquilo perrito, decía ella y me pajeaba con mano fuerte. Empecé a ladrar, ella se reía, la tumbé en la cama y mientras se la metía se puso en papel de perra, sacó la lengua rosada y áspera y gimió muerta de sed. Nos reíamos, intentábamos seguir cogiendo sin dejar de hacer el papel perruno. Cuando terminamos no podía mover las piernas, tenía el cuerpo acalambrado, volvía a experimentar algo en el cuerpo después de mucho tiempo. Pedimos cerveza para la habitación. Lúa buscó en su cartera, sacó un mazo de cartas y fue ver brillando en su mano el corazón que hacía años había perdido. La próxima jugamos en el jardín de tu casa, le dije. No tengo jardín y en casa me aburro, la veo difícil por ahora.
En nuestra primera época juntos, salíamos temprano para Chascomús y después de una parada en una parrilla, de morfar bien y templarnos con vino, buscábamos algún hotel modesto para pasar la tarde y la noche. Lo mismo en Cañuelas, Lobos y algunos partidos de la costa. Esas eran las escapadas de clase media. Ahí éramos como un matrimonio que le deja sus hijos a los suegros para superar una crisis o cortar el agobio doméstico, o también podíamos ser una pareja que está por pisar la senectud y que disfruta de un romance de divorciados con hijos adultos, un romance sin presiones: una nueva edad de oro. Los hoteles de ruta eran atendidos por una señora con cara de culo o algún adolescente del pueblo que regenteaba entre bostezos y nos llevaba a la habitación con la vista enchufada a su celular. Ese fue el comienzo de nuestras andanzas, recién empezábamos a agarrarle el gusto a nuestra pesquisa de reductos donde coger y conocernos como amantes.
De esas habitaciones con camas de madera, crucifijos y flores de plástico, pasamos a la parafernalia chillona y efectista de los telos. Buscábamos siempre lugares nuevos, mientras más vulgares eran los telos, mejor. Vivimos un año así, tratando de encontrar algo que no sabíamos qué era. En Susurros nos robaron en la puerta y el encargado nos dejó pernoctar gratis. En Torres del Valle jugamos al pool en pelotas y cogimos arriba del paño. En el Montecarlo se cortó la luz y la gente se cruzaba por los pasillos cagándose de risa. En Ananá socorrimos en nuestra habitación a una piba que gritaba que el novio la quería matar.
Una noche decidimos parar en el Hotel Panamericano del centro, para esa época Lúa ya se había separado, yo andaba bien en mi nuevo laburo. No era la primera vez que íbamos, nos gustaba tomar en el bar del hotel, un espacio con pinta de reservado que refulgía con colores dorados y cristalería, atendido por cubano de chaleco que nos preparaba gintonics y coqueteaba con Lúa. El bar normalmente estaba vacío, salvo por un viejo acodado en la barra tomando cerveza y charlando con el barman. Esa noche se acercó, nos pidió compartir mesa parsimonioso y aceptamos. Dijo que nos conocía, que era el dueño de Aspen, un telo que frecuentamos mucho. Según él, nos cobró el turno alguna noche, yo no lo recordaba y Lúa tampoco, ¿qué podíamos recordar tras esos vidrios polarizados y con el pedo que teníamos a la hora de meternos en un telo? ¿Y qué hacía el dueño del telo cobrando? Ahí se me vino a la cabeza la clásica pesadilla del tipo atrás de los espejos de una habitación de un telo pagando para gozar con las parejas o peor: filmando la secuencia. Se presentó, tenía tonada gallega, se llamaba Manuel, oriundo de Ferroso, un pueblito dentro de Pontevedra de donde viene parte de mi familia y donde yo había vivido. Eso me ablandó, nos preguntó qué queríamos tomar, Lúa quiso otro gin tonic, yo una Estrella de Galicia para acompañar al viejo. Cuando sentí el gusto de esa cerveza que me era tan familiar, ya estaba a merced de Manuel. Nos contó de su vida, del Aspen y otro hotel en San Antonio de Padua, de sus aventuras de inmigrante en el Buenos Aires de los sesenta. Era de esos tipos entradores que aunque cuenten cualquier vileza resultan simpáticos. El viejo se emborrachó y nos preguntó por nosotros, Lúa no decía nada y miraba su Gin Tonic removiendo el limón con una pajita. Perdón, le dijo el viejo, no te quería aburrir, cuando bebo me pongo pesado, soy un viejo que anda tristón nomás, lo dijo con un tono que hizo picar a mi compañera, los ojitos de Lúa se interesaron. Nos contó que era viudo desde hacía unos meses y extrañaba mucho a su mujer, que a pesar de vivir juntos casi toda la vida y de ser dueños de un par de albergues, les gustaba ir a telos. No me miren así, los viejos también cogemos. No es eso, dijo Lúa, nosotros hacemos lo mismo, siempre vamos a telos. Manuel no dijo nada, asintió como si ya supiera todo. Cuando ya no podía más del pedo, el viejo se levantó y me dio una tarjeta. Si tienen ganas, me llaman y les voy a hacer conocer un lugar que no tienen idea, háganle caso a este viejo, yo vi mucho mundo y como esto, nada. Después de un par de semanas estaba llamando al gallego, me atendió encantado, arreglamos una fecha y me pasó una dirección. Antes de cortar me pidió que lleváramos un par de objetos personales, un peine, una foto, un juguete de la infancia, lo que sea pero mientras más viejo, mejor. Insistió con que llevar eso era muy importante.
Mataderos, Liniers, Camino Negro, Cruce de Lomas y comimos algo en Adrogué, dilatar el momento siempre, agonizar dulcemente, estirar el momento antes de saltar al fuego. La gente parecía mirarnos con complicidad, ellos saben a dónde vamos, le dije a Lúa, están ansiosos, quieren que nos vayamos ya. Estás con miedo perrito, no pidas la birra, vamos de una vez. Otra vez veía el aburrimiento posarse sobre sus ojos cansados, eso me dio valor para arrancar el viaje. Continuamos viaje más al sur, siguiendo las indicaciones de Manuel. Entramos por una calle de tierra, las casas que atravesábamos eran quintas, solo se escuchaban ladridos y el ruido de otro auto a lo lejos. Cuando el GPS avisó que llegamos a destino me di cuenta que hacía varias cuadras que no lo escuchaba, manejé como siguiendo un camino conocido de memoria. Lúa estaba rara, pasó todo el viaje sin hablar, casi tuve que insistirle para que se bajara del auto.
Un cartel de chapa colgado de un poste de luz indicaba: “Hotel Pelícano” y a lo lejos se veían las luces de una casa que no tenía pinta de ser un albergue. Dos perros ovejeros nos ladraban y una tranquera impedía el paso. Nos miramos sin saber qué hacer. Lúa aplaudió con fuerza, su expresión que antes estaba ida ahora era de una seriedad que nunca había visto. Vimos sombras que se movían, alguien gritó que ya nos abrían. Se acercó una mujer gorda, la cara se le iluminaba con la luz del celular, venía respondiendo un mensaje y se reía. Se guardó el celular metiéndolo entre su panza y una calza rosa, corrió la tranquera y preguntó con tono amable si éramos los amigos de Manuel, le dijimos que sí y entramos. Los ovejeros nos saltaban encima con ganas de jugar y un nenito vino corriendo y se puso detrás de la mujer, nos miraba con cara de vergüenza. Decí hola, maleducado; el nene se fue otra vez corriendo. La seguimos por un parque mientras veíamos el supuesto hostal. Llegamos a una casona un poco descuidada, en medio de un parque inmenso que tampoco estaba en mejores condiciones, pero el lugar generaba una sensación agradable de intimidad hogareña. Las paredes exteriores de la casa tenían un color entre verde claro y celeste descolorido, como esos animales plásticos de una calesita quemados por el sol. Del suelo de uno de los muros exteriores brotaban flores violetas, azules y rojas, a medida que nos acercábamos resplandecían como pintadas por un glaseado de frutas abrillantadas. A un costado de la casa vimos un jardincito iluminado con una mesa y un par de sillas de hierro. La señora nos dijo que nos sentáramos y preguntó qué queríamos tomar, tengo cerveza o vino. Cerveza está bien, dijo Lúa. Cuando se iba volvió sobre sus pasos y nos preguntó si habíamos traído las “cositas”. Le entregamos todo en una bolsa y se fue. ¿Y ahora? Y no sé, contesté, vamos a ver qué nos dice esta mujer. Esto es raro perrito, parece brujería, me sentí rara todo el día. No te hagas la cabeza, pará un poquito. Escuché alguien que hablaba a mis pies, me hizo saltar del miedo, Lúa se reía y el nenito salió disparado de abajo de la mesa cagándose de risa también. ¡La puta que te parió, guacho!
Al rato llegó un tipo recién salido de bañarse, perfumado con olor a shampoo, el pelo mojado, vestido con short y remera, dijo que era el marido de Nati. Nos sirvió una cerveza y se sentó muy relajado con el nenito a upa suyo que se quedaba dormido. Nos contó de su vida, que era chofer de ambulancia, que su mujer administraba la hostería, nos habló de Manuel. Cuando se acabó la cerveza, cambió de semblante: tenía la mirada cruel y jodona de un duende. Pasen cuando quieran, eh, suban al primer piso, hay una puerta que da a un pasillo, ahí están las habitaciones, usen la que quieran el tiempo que quieran, aprovechen que hoy no hay nadie. Lúa se levantó sin pensarlo y caminamos hacia la casa.
Por dentro era una casa cualquiera, modesta, con unos pocos muebles viejos y una tele inmensa prendida con un noticiero sin volumen; olía a casa de campo, a espiral contra mosquitos y a leña. Subimos las escaleras, ahí estaba la puerta, dudamos un poco tratando de escuchar algo del otro lado, pero no se oía nada. Lúa con el pánico afeándole la cara, me dio la mano y entramos. Cruzamos el umbral, un pasillo mal iluminado y varias habitaciones. Cuando di el primer paso sentí que ya habíamos saltado demasiado lejos, fue una caída, por fin entendí el juego y el miedo quedó atrás, un ataque de risa me hizo deslizar por una pared hasta quedar sentado en el suelo sin poder contener la risa. Lúa estaba encantada, del pánico había pasado al arrojo total y no sabía qué hacer con su cuerpo. Quiero entrar a todas, ¿por cúal arrancamos? Todas las puertas del pasillo se veían iguales, entramos a la primera. Era la habitación de una adolescente, una cama revuelta, medias y bombachas tiradas en el suelo, unos patines artísticos en una cómoda rosada, un poster brillante de Shakira, fotos de grupos de nenas sacando la lengua, una computadora, una casita de Barbies reciclada para guardar medias y libros. Lúa recorría la habitación dando saltitos, tomándose el pecho. Este era mi cuarto, gritaba espiando todos los rincones y revoleando las cosas que encontraba. Prendí un cigarrillo, ella se acostó en la cama. Vení, cogeme antes de que llegue papá, me iba a tirar encima suyo pero dijo que esperara, sacó un almohadón chiquito color turquesa de abajo suyo, se levantó el vestido y puso boca abajo con el culo al aire. Apretó el almohadón entre las piernas frotándose con unos espasmos que nunca había visto. Lúa concentrada en su mundo, ya no me veía, después gritó: ¡Rocky!, se olvidó del almohadón y se abrazó a un oso de peluche gigante. El osote marrón, sonriente, sostenía un corazón que decía “te amo”. Amaba a Rocky, con él me daba culpa frotarme porque me lo regaló papá cuando me operaron de amígdalas. El peluche pasó a ocupar el lugar del almohadón entre sus piernas, siguió refregándose con fuerza, cada tanto paraba mirando hacia la puerta de su cuarto y después se recargaba de energía para seguir montándose a su peluche. Me hago pis susurraba, no aguanto. Intenté meterme en la cama, pero me empujó como avergonzada y gritó: dejame sola, andate un rato. Siguió apretujándose contra el oso que la miraba con sus ojitos de vidrio, estúpido y contento, mientras ella entre gimoteos bajitos, a punto de largarse a llorar, no dejaba de moverse como una espástica.
Salí al pasillo, podía escuchar los gemidos de Lúa, por la ranura de una de las puertas corría un vapor humedeciendo la alfombra del pasillo, entré. Fui recibido por una nube de vapor hirviendo, apenas podía distinguir algo, era un sauna con paredes de azulejos portugueses. Me fui sacando la ropa a medida que buscaba, ya sabía que la buscaba a ella. Atravesé varios ambientes vacíos sin encontrarla, pero podía escuchar un arrullo maternal, me entraron unas ganas tremendas de gritar, me encontré vulnerable, perdido, con el terror al abandono de los niños. Casi grité pidiendo ayuda a Lúa hasta que vi el reflejo cobrizo de su pelo tras las capas de vapor, su figura se me fue revelando, era una amazona de dos metros, la cintura ancha, los muslos marfilados, fuertes y suaves, el pelo enrulado le llegaba hasta el suelo y las gotas le resbalaban por la melena sin mojarla, deslizándose por sus tetas pesadas de nodriza. Ella se pasaba un jabón por el cuerpo mientras tarareaba algo, como una canción de cuna que salía de lo profundo de un bosque cantada por una doncella medieval. Me miró con dulzura, toda la piedad de los mártires del mundo cabía en sus ojos, me dio el jabón como hacía cuando yo dormía la siesta obligado por mis viejos y la imaginaba a ella cada tarde, lavándose y lavándome y cantando. Le estaba lavando el pecho cuando escuché a Lúa preguntar quién era ella. Se llama Kula, es la primera mujer que imaginé desnuda: es la madre, la hermana, la amiga, la puta y la santa. ¿Por qué se llama Kula? ¿Es hindú? No, cuando la inventé qué mierda iba a saber de hinduismo, era otra cosa…capaz que por culo, pero en femenino, un culo de mujer. Es muy linda, dijo Lúa acariciándole el pelo, estás re caliente, cogela de una vez. No puedo, con ella no puedo, me alcanza con lavarla. Lúa le metió una mano entre las piernas y dijo: mirá, no tiene concha. Sí, ya sé, solo tiene culo, tampoco habla, hace esos cantitos. La dimos vuelta. El pelo caía pesado y salvaje sobre su espalda como un tapiz de piel de tigre, se lo descorrió con suavidad y vimos un culo blanco, grande, redondo. Le metí despacio un dedo hasta el fondo mientras Lúa le abría las nalgas, Kula cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás haciendo un ruido de gorjeo muy extraño, como si hiciera gárgaras con piedritas de cristal. Se está cagando, gritó Lúa, este bicho es un asco, un fluido amarillo salía del agujero de Kula. No es mierda, es postrecito Shimy de vainilla, cuando era pibe era mi preferido, probá, a veces caga postrecito. Lúa dijo que Kula era un monstruo y que le daban ganas de pegarle, yo estaba fascinado con esa criatura, le apretaba las tetas que eran dos ubres palpitantes y manaban hilitos de leche. Me prendí de una teta, Kula se acostó y subí sobre ella, tomé de esa teta como un becerro, hundiéndome en un letargo delicioso, Lúa hizo lo mismo y chupamos borrachos de tanto placer. Soñé profundamente cosas blanditas y luminosas. Desperté por el grito de Kula, era su cantito pero estremecido con notas agudas. Lúa estaba golpeándola con mi cinturón, Kula lloraba con su canto que ahora desafinaba, se había encogido temblando en el suelo mientras Lúa le castigaba un muslo y un cachete, dándole duro con la hebilla. La piel se desgarró dejando ver unos hilos dorados que saltaban como una cuerda rota y eran del mismo material que su cabellera. La criatura me abrazaba empapándome el pecho. Aunque me calentó mucho ver a Lúa desnuda, sosteniendo el cinturón, riéndose de su maldad, tuve que pararla. Vámonos, dijo con el pecho agitado. Decidimos cambiar de cuarto. Besé a Kula en la boca que me miraba con miedo, le dije que nunca la iba a olvidar y salimos.
Cruzamos otra puerta. Era un salón faraónico de millonario chabacano, todo iluminado con las luces de una discoteca. Se escuchaban aplausos, pensé que éramos los invitados de honor y nos estaban recibiendo, pero no eran aplausos, era el cacheteo violento de la carne en una orgía. Una marejada de cuerpos se acoplaban por todos los rincones del ambiente, en una cópula violenta que se fue transformando en una carnicería. Habíamos caído en un Valhalla pornográfico, los cuerpos no tenían paz, condenados a una contienda sexual interminable. Lúa miraba todo con asco. Avanzamos sobre cuerpos que cogían en posiciones acrobáticas imposibles, desde el suelo los brazos se estiraban tomándonos de las piernas, teníamos que arrancarnos las manos de encima para poder avanzar. Vámonos, esta puerta es una pesadilla, dijo Lúa empujando a una mina que quiso besarla. Pará un poco, algo tiene que haber acá, fijate qué te gusta. Los cuerpos empezaron a ignorarnos, podíamos ver la escena sin protagonismo. En una mesa encontramos escabio de puta madre, nos servimos un par de whiskys y seguimos recorriendo el lugar. Era una mansión llena de puertas y recovecos, pero en todas se repetía lo mismo, aunque en algunas habitaciones pude reconocer escenas de las primeras películas pornográficas que vi en la adolescencia. Los actores y las actrices me saludaban con la mano como a un viejo amigo. En una de esas habitaciones alumbradas por candelabros, había varios tipos de rodillas masturbándose ante un monstruo gigante, nos acercamos con miedo; cuando llegamos hasta el tótem vimos que era una gran concha. Era asquerosa, una planta salvaje que respiraba haciendo vibrar unas aletas de carne color paté. Pero la oscuridad de su hueco me atraía, necesitaba entrar, hundirme y ver más. Quería ver más. Lúa intentó detenerme pero seguí, cuando iba a meter un pie en la oscuridad, un grito me hizo frenar. Detrás de mí, un tipo al que se la estaban chupando me dijo paternal, con la tonada neutra de una película con doblaje latino: Ey, amigo, sigue mi consejo: no lo hagas. Ahí adentro no hay nada, solo silencio y soledad. No destruyas el misterio. Creí en su mirada y le hice caso. Salimos decepcionados de esa mansión penosa, con ganas de revancha.
Después de dudar qué puerta elegir, entramos juntos a otra habitación siguiendo una corazonada de Lúa. Nos encontramos con la osamenta de hormigón de un estacionamiento inmenso. Tenía el tamaño de un hangar y estaba dividido en cinco pisos, alrededor no había nada, una llanura infinita. Ni autos, ni gente, solo maleza creciendo salvaje, yuyos saliendo del cemento. Cuando quise hablar con Lúa vi que no estaba. Caminé por el lugar buscándola, de pronto escuché su voz viniendo de todos lados, emulando a un dios. ¡Encontrame, perrito! La busqué subiendo cada piso por una escalera cubierta de hiedras. Cada tanto encontraba parte de su ropa, un corpiño, una bombacha, el vestido; mientras buscaba ella me contaba que le daba miedo que la tuviera que encontrar y que amaba hacerlo en un lugar tan grande y vacío. En el último piso la vi a unos cien metros, desnuda, en cuatro patas en medio de la nada. Este piso no tenía techo, por el cielo corrían nubes negras, un viento atroz soplaba y Lúa aguantaba con valor, apenas movía un poco el culo. Corrí hacia ella desplazándome con la fuerza del viento. Volaba gracias al viento. Avisté a lo lejos relámpagos entre las nubes, di saltos enormes y podía ver el culo de Lúa desde una perspectiva aérea: me sentía sobrehumano, su cuerpo era un juguete frágil. Fui encima de ella, la monté como galopando un rayo, mientras el viento furioso quería desgarrarme y la lluvia nos empapaba. Ella gritaba que estaba cogiendo con los dioses, el viento y yo la cogíamos uno por cada agujero, la sensación de vértigo era insoportable, como quedarse dormido abrazado a la aguja gótica de la cúpula de una catedral. Cuando tiré la leche que se evaporaba con la lluvia, Lúa seguía gritando enloquecida, cogida por la fuerza del viento. Después cayó exhausta, la lluvia dio lugar al sol y salimos felices con la sensación de haber piloteado un avión por primera vez.
De esa puerta pasamos a otras. También repetimos las mismas puertas pero con aventuras nuevas, todas se renovaban. Era imposible parar. Tras una puerta viajamos al siglo pasado y fuimos los dueños de una fonda portuguesa de puerto, yo gordo y peludo con unas manos gigantes de montañés y ella pálida con un pelo pajoso, envuelta en un delantal inmundo. Cogimos sobre una mesa aceitosa donde saltaban anguilas ante un grupo de borrachos riéndose con los dientes negros de vino y las vergas al aire. En otra puerta mi primera niñera, una rollinga saturnal, bailó para nosotros en trance con la música de los Stones; de su jean ajustado salía una cola de pantera que, a cada movimiento de cintura, nos acariciaba la cara. Entramos y salimos por puertas que nos asustaron de nosotros mismos, que nos avergonzaron. Fuimos verdugos y víctimas. Masacramos aldeas, probamos manjares, profanamos lo más puro de nuestra memoria. Hasta que decidimos abrir la última puerta y terminar, estábamos agotados, tuve miedo de volverme un adicto al Hotel Pelicano, de ser esclavo de ese pasillo y quedar abriendo y cerrando puertas para siempre.
La última puerta nos llevó a una habitación que no tenía nada de particular, una cama, un ropero, dos sillas y una tele, no había criaturas con nosotros, solo ella y yo. Lúa se veía relajada, linda y un poco triste también. Se sentó en la cama y me miró con una expresión nueva, una mirada que no conocía. Nos acostamos, cuando quise besarla corrió su boca dejándola a unos centímetros, cuando la abrió sentí un vientito en la cara, me rozaba con los labios abiertos y ese viento entraba fresco por la garganta y me llenaba del recuerdo de cosas olvidadas. Eran los pedazos de todos los romances que tuve, combinados con los de Lúa, todos los gustos y los perfumes y los objetos iban sucediéndose y mezclándose hasta llegar al momento donde estábamos. Los dos juntos éramos una bestia que no paraba de retorcerse de placer sobre sí misma. ¿Escuchás esa música? Yo la escuchaba, una canción que parecía una lluviecita, cada nota caía en suaves goteos. Sí, la escucho, que no se termine nunca. Cuando te recuerdo, todo huele a baraja española, Lúa. Esta canción no existe, pero es la canción que escucho cuando te beso, perrito. La noche dominaba la habitación dándonos una intimidad que nacía como el parto sangriento de un mundo, una intimidad que nadie había sentido nunca, al menos, no así. Una intimidad que iba a ser traicionada por el tiempo, por ella y por mí, que iba a morir, pero en ese instante era incorruptible.
Cuando me desperté Lúa se vestía. La habitación iluminada por el sol era más chica que como la recordaba. Caminamos rápido por el pasillo casi sin mirar las puertas. Abajo, en el jardín, la familia desayunaba. Nos saludaron muy alegres invitándonos a sentarnos, les dijimos que estábamos cansados y teníamos un viaje. Antes de irme le pregunté a Carlos cómo hacer para volver al Hotel Pelícano. Otra vez con expresión de duende malicioso, me dijo que no se podía volver, que era cosa de una vez.
Manejé en silencio, Lúa parecía querer decirme algo pero se contenía. La llevé hasta su casa, abrió la puerta del auto, dudó unos segundos y la volvió a cerrar. Después de besarme me preguntó si no quería pasar a desayunar. La casa de Lúa me gustó, antigua, techos altos, luminosa. Cuando ella fue al baño, caminé por la cocina. Desde ahí pude ver que tenía un jardín, chiquito pero lindo, con un par de reposeras y una mesita perfecta para jugar a las cartas. El jardín era muy parecido a como lo había imaginado. ¿De qué te reís, perrín? De nada bellaca, después te digo. Lúa se fue a preparar el mate.
*El autor publicó el poemario La Razón bárbara (Editorial Lisboa, 2016), el libro de relatos Nuestra verdadera sangre (Palabras Amarillas, 2019) y Hotel Pelícano (El Fatalista, 2023).
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