Por Mara Yewszel*
El texto ofrece una lúcida reflexión sobre los usos identitarios alrededor de la doble nacionalidad
A principios de su mandato, Javier Milei recibió la nacionalidad italiana en un evento que generó fuertes controversias en Italia. Sin embargo, en Argentina, el hecho pasó prácticamente inadvertido. ¿Por qué una situación de tal magnitud institucional no tuvo resonancia? Quizá la respuesta resida en la profunda naturalización de la doble nacionalidad en nuestra cultura, una derivación de nuestra educación eurocéntrica que refuerza, de manera persistente, un razonamiento colonizado. Aunque no existan datos oficiales exactos, se estima que más del 10 % de los argentinos posee un pasaporte europeo, lo que representa entre 4 y 5 millones de personas; una cifra masiva que, aun así, no alcanza a reflejar el deseo total de una población que satura consulados en trámites eternos o que aspira a iniciarlos.
Esta falta de cuestionamiento se apoya en imaginarios como aquel que el expresidente Alberto Fernández sintetizó al afirmar que “los argentinos descendemos de los barcos”. Es la base de una estructura donde la obtención de una ciudadanía europea no se pone en tensión con la identidad nacional, sino que se percibe como un trámite más en la evolución del estatus social.
Identitariamente, este fenómeno denota un rasgo colonial que atraviesa nuestra historia. En el año 2016, durante el bicentenario de nuestra independencia, el entonces presidente, Mauricio Macri, declaró ante el rey español que los patriotas “deberían haber sentido una gran angustia por tener que separarse de España”, sellando su declaración con el apelativo de “querido rey”. Esta situación dejó al descubierto una marca de colonización que en doscientos años no hemos podido resolver. Así como en 1810 escudamos una revolución en la «mascarada de Fernando VII», en el 2016 no pudimos reafirmar la identidad independentista frente al monarca.
Esta herencia se manifiesta hoy como la consolidación de una tendencia que viene creciendo de manera ininterrumpida desde la década de los noventa. Lo que comenzó como una respuesta a las crisis económicas se convirtió en un deseo de adquirir la ciudadanía europea que no se vive como un conflicto de lealtades, sino como una coexistencia natural. No se trata de anular la propia identidad, sino de poseer esa otra nacionalidad como un agregado, una «membresía Premium» que funciona como servicio de libre tránsito y salvoconducto hacia la «Civilización», reactualizando la dicotomía de Sarmiento. El deseo de la doble nacionalidad europea actúa como un mecanismo de diferenciación; al buscar el sello europeo, se refuerza la idea de que lo propio (lo mestizo, lo criollo, lo regional) es insuficiente.
Resulta revelador observar cómo se construye la figura del «otro». Es notable que gran parte de los conflictos bélicos de Argentina tuvieron como referentes a enemigos europeos; sin embargo, estos se idolatran debido a una cultura escolar que invisibiliza al antagonista para centrarse solo en el héroe. En la Vuelta de Obligado, la narrativa exalta la resistencia soberana pero desdibuja la identidad del agresor anglo-francés; en las Invasiones Inglesas, se celebra la reconquista popular mientras se mantiene una admiración aspiracional por la cultura británica; y en las Guerras de Independencia, donde el objetivo era expulsar físicamente al español del continente, el enemigo queda reducido a una abstracción administrativa. El «realista» o el «godo» son figuras despojadas de su peso como adversarios culturales.
Por el contrario, los enemigos culturales se construyen sobre los países vecinos (Chile, Uruguay, Bolivia o Brasil) reforzando enfrentamientos menores, a menudo deportivos, bajo el germen maquiavélico del «divide y reinarás». Con los países limítrofes son más los rasgos que nos aúnan que los que nos separan, pero el imaginario nacional, buscando diferenciarse de lo latinoamericano, prefiere mirar al Atlántico.
Para muchos, la «excusa identitaria» se vincula a recuerdos de la infancia, a las pastas de la abuela o las canciones del nono. Sin embargo, más allá del recuerdo cariñoso, la relación cultural suele ser nula. Probablemente, la mayoría de quienes obtienen la doble nacionalidad desconocen los símbolos culturales básicos del país que los adopta: no saben el himno, no conocen sus canciones patrias, ignoran sus divisiones físicas y administrativas e incluso, en muchísimos casos, no hablan el idioma. La gran ola inmigratoria estuvo compuesta por personas expulsadas por el hambre y la guerra; historias de tragedia donde estos países (los mismos que ayer fueron invasores o potencias coloniales) separaron familias con un dolor imborrable.
Este deseo de pertenencia basado en la «sangre» funciona como un «botón de emergencia», a menudo ilusorio. La nacionalidad europea no viene con un contrato de trabajo bajo el brazo, y la supuesta garantía de bienestar depende enteramente de las habilidades, la educación y, fundamentalmente, del capital previo del ciudadano. Si no existe un contacto previo en el destino, o el dinero suficiente para costear pasajes y estadías, el pasaporte se convierte en un objeto simbólico sin anclaje en la realidad material.
Somos la segunda comunidad de italianos fuera de Italia y el país con más solicitudes para la Ley de Nietos española. En Argentina, la idea de ser «Europa en América» se sostiene sobre una foto recortada de Buenos Aires, solapando las construcciones identitarias anteriores a la colonia y las realidades regionales donde esta problemática ni siquiera resuena. Es a partir de esta matriz de pensamiento que se hace posible que el gobierno nacional actual exponga sin tapujos sus lealtades a otros países y banderas (como EE. UU. e Israel) e incluso se involucre activamente en conflictos bélicos que culturalmente son ajenos a la nación, sin enfrentar reclamos populares mayoritarios. Esta alineación es la consecuencia final de un imaginario de «volver al mundo» que prioriza relaciones con países desarrollados aun en detrimento de la industria nacional y la administración de los propios recursos. En ese proceso, se pone en riesgo la noción misma de soberanía al aceptar como natural una fragmentación de la pertenencia.
Mientras que en otros países un jefe de Estado debe renunciar a cualquier otra nacionalidad para ejercer el mando, aquí convivimos con la multiplicidad sin conflicto. Quizá el nudo radique en que la nacionalidad argentina es irrenunciable. Esa marca legal es tan potente que, irónicamente, nos permite convivir con otras identidades sin sentir que la propia peligra, aunque en el proceso terminemos aceptando una lógica de subordinación cultural, política y económica que todavía no logramos desarmar. Es un rasgo argentino para reflexionar: una tensión constante entre una raíz que resiste en los márgenes y aquellos espacios simbólicos y materiales que cedemos, día a día, en busca de una pertenencia que siempre nos queda lejos.
*Profesora y licenciada en Letras (Universidad Nacional de Lomas de Zamora). Docente de la cátedra Identidad e Imaginarios argentinos, seminario de la Facultad de Ciencias Sociales (UNLZ).
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