La autonomía de Buenos Aires: la subordinación del país al centralismo porteño

Por Mariano Dubin

La reflexión indaga sobre las características de un país que tiene en el centralismo porteño su principal obstáculo para el desarrollo.

El otro día participé de una charla sobre la ciudad de La Plata y se discutió sobre su deriva marginal respecto a su proyecto originario. Me atreví a afirmar, entonces, que con una Buenos Aires autónoma -tal como se establece desde la reforma constitucional de 1994- no hay posibilidad de porvenir de La Plata que, en vez de crecer hacia el interior, se convierte en un barrio más de Buenos Aires.

Sin discutir la autonomía de Buenos Aires, no podemos discutir la ciudad de La Plata ni el porvenir de nuestro país. Y sobre esto quiero decir dos palabras.

La guerra civil del siglo XIX se cerró en una pax liberal que enterró al país imaginado por San Martín y Belgrano para siempre. Sin embargo, la misma élite de entonces -porque era una clase dirigente con un proyecto de nación y no el lumpenaje feroz que hoy nos gobierna- cercenó ciertas fuerzas sectarias y sediciosas de la ciudad de Buenos Aires.

Repito: la federalización de la ciudad Buenos Aires es un punto de partida de cualquier proyecto de país independiente, justo y soberano. El problema no es dividir la provincia de Buenos Aires ni el problema es el crecimiento caótico del conurbano como imponen las editoriales de La Nación y Clarín. El problema es la ciudad de Buenos Aires. Hay que decirlo sin tapujos: el problema es la autonomía de la ciudad de Buenos Aires.

Desde ya, Buenos Aires nunca perdió su centralidad inclusive cuando era «federal». Su burguesía porteña fue clave en la subordinación del país y su imposibilidad de desarrollo industrial. No quiero ahora hacer una revisión histórica, sino señalar que si esa burguesía con una ciudad «federalizada» mantuvo su poder y pudo ejercer su violencia al resto del país, a partir de la «autonomización», Buenos Aires ya no tiene ningún límite legal para subordinar al resto. Quien mejor sintetizó este concepto fue Alfonso Prat-Gay cuando dijo: «No puede ser que cada 10 años nos dejemos cooptar por un caudillo provincial que no conoce nadie y que de repente nos viene a decir cómo es la historia» y concluyó: «No vaya a ser que en 2020 estemos hablando del fulano de tal que vino de Santiago del Estero, que no lo conoce nadie, y que de repente se queda con todo el poder». Que no queden dudas ese Fulano debe ser de Buenos Aires.

La autonomía ha convertido a una ciudad en una provincia que además de ya mantener su supremacía económica ahora cuenta con su independencia judicial, policial, constitucional, política, etc. Desde la reforma del ´94 este poder ha sido tan brutal que ya directamente la mayoría de los presidentes han sido porteños. Luego del segundo mandato de Menem, tenemos a Fernando de la Rúa (porteño), Néstor Kirchner (aquí tendríamos la excepción), Cristina Kirchner (platense, santacruceña, ¿porteña?), Macri (porteño), Alberto Fernández (porteño), Milei (porteño).

El poder de Buenos Aires es tan determinante que hasta impone los gobernadores de la provincia de Buenos Aires. Ya no recuerdo cuál fue el último gobernador de la provincia de Buenos Aires que no sea «porteño». Kicillof, al menos, se mudó a La Plata (¡agradezcamos la generosidad!). Los anteriores ni siquieran vinieron a vivir a la ciudad capital sino que se quedaron donde en verdad está el poder de la provincia y de todo el país: Buenos Aires.

Tan concentrado está el poder en la ciudad de Buenos Aires que el actual presidente Milei ni siquiera se tomó el trabajo de conocer todas las provincias del país (se indica que hay nueve provincias que Milei nunca pisó). Por ejemplo, Milei ha estado tres veces en Tel Aviv y cuatro veces en Nueva York (dentro de las quince veces, si no me equivoco, que estuvo en Estados Unidos).

En síntesis, sin discutir la autonomía de Buenos Aires y la supremacía económica de su burguesía no estamos discutiendo ningún proyecto de nación.


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