La Delfina: la mirada indómita del siglo XIX

Por Pablo Vázquez*

Enigmática y apasionante figura del siglo XIX, María Delfina Menchaca ha sido rescatada recientemente por los estudios historiográficos revisionistas.

Presumiblemente llamada María Delfina Menchaca, nacida en Río Grande, Brasil, el 26 de noviembre de 1798. También en el terreno de la suposición, era portuguesa, rubia de piel muy blanca y la hija bastarda de un virrey lusitano. También se especuló que fue hija de un hombre con título nobiliario de “Delfín”, de allí lo de Delfina. O que simplemente era una porteña, a la que le decían “La Portuguesa” y que acompañaba a los ejércitos patriotas como “cuartelera”.

Cuando, en plena emancipación, la amenaza realista se disipaba en el litoral, afloró el liderazgo del oriental José Gervasio Artigas. A su causa sumó a la Mesopotamia, destacándose uno de sus lugartenientes, Francisco Ramírez

Aníbal S. Vásquez, en su biografía sobre Ramírez (1937), anotó: “El 13 de marzo nació en el pueblo del Arroyo de la China –hoy progresista y culta ciudad de Concepción del Uruguay- el primer caudillo enterriano. Hijo de don Juan Gregorio Ramírez y de doña Tadea Jordán, según la fe de bautismo existente en la parroquia de aquella ciudad, extendida en el folio 40, del libro primero, correspondiente al año 1786”. Josef Florentino o Josef Francisco, según la rectificación en dicho documento; José Francisco o Francisco, pero su nombre será superado por la denominación con que pasará a la posteridad, El Supremo Entrerriano.

Las disputas con Buenos Aires llevan a Artigas a depender de sus aliados entrerrianos, Eusebio Hereñú, oriundo de la ciudad de Paraná, y el citado Ramírez, entre otros, pero fue este último quien se destacó como el gran organizador de tropas y quien tuvo un proyecto de poder más concreto.

Jorge Newton, en su biografía del citado caudillo (1964), acotó: “Ramírez –dice el general Paz en sus Memorias– fue el primero y único, entonces, de esos generales caudillos que habían engendrado el desorden, que puso regularidad y orden en sus tropas… A diferencia de (Estanislao) López y Artigas, estableció la subordinación y adoptó los principios de la táctica, lo que le dio una notable superioridad”.

Y también se destacó por un amor. Uno prohibido: La Delfina.

En este sentido, Lily Sosa de Newton, en su Diccionario Biográfico de Mujeres Argentinas (1986) consignó: “Compañera del caudillo entrerriano Francisco Ramírez. Nació, presumiblemente, en Brasil, aunque también se le atribuye nacionalidad portuguesa y origen aristocrático. Se unió a Ramírez cuando éste era aún uno de los lugartenientes de Artigas y compartió sus andanzas siguiéndolo en todas las campañas hasta la derrota final y la muerte frente a las fuerzas unidas de Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba”.

Por su parte, Hernán Brienza aportó en Valientes (2010): “Para algunos es Delfina Menchaca, una porteña apodada “la Portuguesa”, para otros es la hija bastarda de un virrey portugués o de un estanciero que marchó a la campaña de Artigas. Muchos la consideraban una “soldadera”, es decir, una de las tantas mujeres que acompañaban al ejército ofreciendo su cuerpo a los milicianos. La leyenda cuenta que ella estaba atada y que su belleza era evidente a pesar del cansancio, el sudor, la suciedad de las batallas y los días de campaña. La mirada fiera e indómita de Delfina habría cautivado a Francisco, quien hasta ese momento tenía la certeza de un amor tibio con Norberta (Calvento), su pretendida oficial”.

La vida de ambos fue un torbellino de pasión, y la del propio Ramírez un lucero. De lugarteniente de Artigas y vencedor de los porteños en Cepeda a caudillo indiscutido de la República de Entre Ríos y vencedor de su antiguo jefe, obligándolo a exiliarse al Paraguay. Su destino expansivo se topó con la férrea defensa del Paraguay de Gaspar Rodríguez de Francia, y luego la disputa con su antiguo aliado, el santafesino López. Su malograda alianza con el caudillo chileno José Miguel Carrera terminó de sellar su triste destino. Con defecciones propias, enfrentó en Córdoba su final un 10 de julio de 1821.

Para Bartolomé Mitre, su romántico final fue por ir a rescatar a La Delfina. El parte militar lo desmiente, pero en el imaginario quedó la entrega del Supremo Entrerriano por rescatar a su amor. Si el final de Ramírez fue en un campo de batalla, con su cabeza cercenada, el de La Delfina discurrió entre el olvido y la negación. “Delgada. Con los ojos claros anegados por el recuerdo. Como quien vive de prestado, con la tristeza –relató Brienza– de saber que le debe la vida a un muerto amado… Ella es la querida del Supremo. Aun cuando otros hombres hayan pasado por su cuerpo. Camina lento por las calles de Concepción, nadie sabe de su edad, nadie sabe su origen… cuando junio llegue a su crepúsculo, ella va a morir. En su partida de defunción apenas dirá: “Sepulto con entierro rezado, el cadáver de María Delfina, portuguesa, soltera, no recibió sacramento alguno…”

Del  regreso de la Delfina, en compañía de los sobrevivientes de las tropas de Ramírez, poco y nada se supo. Sólo que falleció en Concepción del Uruguay el 28 de junio de 1839. Su tumba en el camposanto de la parroquia de lo que fue Arroyo de la China la señala como “Coronela del Ejército Federal del Supremo Entrerriano”. Su figura será recordada años después por Leopoldo Lugones en su poemario Romance del Rio Seco (1938), en el Romance de la Delfina, interpretada inicialmente por Eduardo Falú (1965), y en la memoria colectiva litoraleña.

Y como si faltara más dramatismo, el destino de la novia legítima de Ramírez no le fue en zaga. Según Beatriz Bosch, en Historia de Entre Rios (1991): “Otra difundida leyenda adjudica una novia oficial a Francisco Ramírez. Se trataría de María Norberta Calvento, hija de Andrés Narciso Calvento y de Rosa González, la que esperó en vano la vuelta del prometido. Vivió largos años fiel a ese ilusorio amor. Al fallecer nonagenaria la habrían amortajado con el velo nupcial impoluto”.

Aún hoy la leyenda del Supremo Entrerriano y La Delfina cruza el litoral, esperando que se descubran más documentos, aunque de eso el amor verdadero sabe poco y perdura mucho más que el papel.

*Politólogo; Secretario General del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas.


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