El texto rastrea las ideas y apreciaciones religiosas, políticas, económicas y militares del programa liberal a partir de 1955.
Por Miguel García
“Todo lo que contribuía a capitalizar, y a consolidar la independencia de la Nación, fue destruido, desmantelado, dispersado y neutralizado. Se ha intentado no dejar piedra sobre piedra para reconstruir sobre la desolación y la miseria la antigua e incontrastable hegemonía británica
Raúl Scalabrini Ortiz [1]
I. Metodología esquemática
Según el pensamiento metafísico adeudado a Aristóteles y continuado por una profusa traición en la cual también Hispanoamérica supo identificarse, no es posible comprender la condición esencial de realidad alguna sin comprender asimismo sus causas. De las cuales, como sabemos, el filósofo de Estagira supo distinguir en numero de cuatro. Dos internas y constitutivas al ente, la causa formal y la causa material; otras dos, externas al mismo, la eficiente y la teleológica, o simplemente causa final. Causas que en términos resumidos vendrían a dar cuenta al entendimiento especulativo sobre el de qué, el qué, el de donde y el para qué, de toda cosa.
Trasladando este esquema comprensivo, no sin cierta imprecisión, al análisis del plano y dimensión de la contingencia histórica, que en este caso nos sitúa ante el luctuoso acontecimiento de la dictadura liberal impuesta en 1955 tras el derrocamiento del gobierna peronista, podremos reconocer los elementos, agentes, esencia e intereses que operaron aquel descalabro y que bien pueden llenar el maco adecuado para la dilucidación completa del fenómeno consumado. Es decir, los factores correspondientes a cada una de esas determinaciones -causas- señaladas.
Como es comprensible, a objeto de brevedad, sólo apuntaremos algunas observaciones al respecto, ya que el asunto excede en su complejidad nuestra posibilidad de síntesis; la cual, no obstante, ya la emprendimos al asumir la metodología propuesta desde el empleo del esquema aristotélico y de sus categorías complementarias, a partir de las cuales pretendemos desentrañar el fondo del asuntos. Con tal intención, comencemos por indicar ese elemento formal indicado como los causantes materiales del hecho, genérica, específica e individualmente distinguidos.
A saber: los liberales, quienes se nuclearon en los grupos de presión y se instalaron en sectores de las Fuerzas Armadas, de la prensa, de los partidos opositores -incluso el comunista-, en la sociedad antinacional; en la clerecía incoherente con el magisterio pontificio en cuestiones políticas y sociales, -y aunque parezca paradójico-, en personajes díscolos instalados dentro del mismo gobierno justicialista. De estos se destacan, por ejemplo y en orden respectivo a los ámbitos referidos, individuos tales como Eduardo Lonardi, Isaac Rojas, Gainza Paz, Raúl Prebisch, Américo Gioldi, Monseñor Tato, José María Dumphy, Alberto Teisaire.
En seguida, y ya en un plano superior como lo es el correspondiente con la causa formal, señalemos esos factores institucionales que enrareciendo la atmosfera nacional, impregnaron el espíritu bajo la animadversión que precipitó la consecución de los hechos hasta dar con ese desenlace tan ofensivo a la dignidad de la República: el Departamento de Estado, el Foreing Office, la Masonería -entendida aquí como cuerpo paradiplomático del Reino Unido-, el sector liberal y modernista del Vaticano -intermediado por el Primado de Nueva York Monseñor Francis Spellman-; todos aglomerados con el gluten de esa confraternidad de poderes espurios, principalmente financieros, genéricamente definidos como la sinarquía internacional.
Tenemos ya, según el planteo teorético adoptado, reconocidos los análogos correspondientes con las causas intrínsecas, materiales y formales, junto con la subdivisión especifica de la primera, de la realidad puesta en consideración. Ahora apuntemos las concomitantes extrínsecas, que, como dijimos, se cifran en la causa eficiente y la causa final. Como podrá inferirse, y dado que por los frutos se conoce al árbol, la razón causal de origen del drama iniciado con el bombardeo de junio y perpetrado el 16 de septiembre de 1955, tuvo por agentes a las fuerzas del de imperialismo anglosajón confabulado[2]. Su causa final: poner a la Argentina de rodillas, destruir su posicionamiento estratégico en el Cono Sur, desmantelar la industria que posibilitaba su desarrollo en tal dirección, vulnerar definitivamente la defensa de su soberanía política y económica, e incapacitar a su pueblo para toda empresa que reivindique su dignidad, de hecho y derecho, y no sólo de mero verbalismo nominal y simbólico –flatus voce– .
II. Plan de sometimiento
Sobre los hombres que conforman nuestra nómina, consideramos con algún detenimiento la particular Injerencia del doctor Raúl Prebisch como agente designado para ejecutar la reestructuración de la reorganización económica del país a su originario estado de dependencia de las potencias angloparlantes, no omitiremos dedicar algunas palabras sobre el resto de los particulares mencionados.
Su programa estuvo destinado a procurar el sometimiento de la Nación, y que, por lo demás, será periódicamente remozado bajo el mismo signo del totalitarismo liberal, agudizando esa situación de subordinación dependiente del pueblo argentino, incluso sublegitimidad de un sistema electoralista posterior cuyo democratismo es continuación y resultante efectiva de esas reestructuraciones radicales, montadas y consumadas mediante golpes de Estado anticonstitucionales y terroristas, como el que ahora nos ocupa.
Así, por ejemplo, podemos decir que el general retirado E. Lonardi fue quien encabezó el levantamiento subversivo que derrocó al gobierno constitucional del General Perón; levantamiento que se inició desde la ciudad de Córdoba, donde se habían insurreccionado sectores de la aviación y la Escuela de Artillería. Como relató el entonces Ministro del Ejercito, Franklin Lucero, ya a las primeras horas del día 16 de septiembre “se confirmó que en la ciudad de Córdoba se habían sublevado efectivos de la Escuela de Artillería, de la Escuela de Tropas Aerotransportadas y de la base Aérea Militar” [3]; desde allí operaban, pues, Lonardi y el Coronel Osorio Arana.
También vale destacar que el breve detentor del Poder Ejecutivo Provisional, ni vencido ni vencedor, como dice un autor norteamericano, “había vivido un año en Washington como representante argentino de la Junta de Defensa Interamericana. [Y ya había sido] retirado del ejército en 1951 por presunta confabulación contra Perón, al parecer había seguido conspirando en su condición pasiva”. Aseveración que los hechos posteriores confirman cuando asume de manera definitiva la jefatura de la sublevación y del gobierno provisional. El cual, una vez consumada la revolución, no tardó en ser reconocido por Washington, “el gobierno de EEUU reconoció de inmediato al gobierno de Lonardi (…) el 10 de octubre los EEUU reconocían oficialmente al gobierno. El 17 de octubre Lonardi escribía a los lectores norteamericano sus planes de gobierno” [4] ; sin sospechar tal vez, que su protagonismo en la vida política del país ya había concluido, tan infeliz como efímero.
A su breve paso lo siguió un periodo de radicalización del gobierno de facto, cuya contrafigura política más sinuosa la conformó el Contralmirante Isaac Rojas, quien tres meses antes había defendido al gobierno constitucional en las operaciones conjuntas contra los rebeldes desde la Base de Río Santiago -desde donde se actuó para reducir el foco insurrecto de Punta Indio-; a la sazón, sin embargo, Rojas emergía como el Vicepresidente del nuevo conciliábulo dictatorial.
Alberto Gainza Paz, por su parte, era el director del diario La Prensa, órgano paradigmático de la oposición al gobierno de Perón, que funcionaba como un verdadero elemento de inconfesables vínculos con el poder norteamericano; operando como un declarado defensor de sus intereses en nuestro país, aún y sobre todo cuando éstos contradijeran los propios. Lo cual no era novedad para nadie, puesto que La Prensa había sido desde antaño un diario “pro-británico, antiyrigoyenista, pro-aliado, anti fascista y pro-Braden y no tenia ningún punto en común con Perón”.[5].
Los vínculos que unían a este representante de la prensa libre con agentes y poderes políticos extranjeros, se manifestó no solo por medio de sus campañas desestabilizadoras emitidas por el emblemático periódico, campañas, desde ya, organizadas en el Consejo para asuntos argentinos que funcionaba en Washington bajo dependencia del Departamento de Estado, en el cual participaba el ex embajador S. Braden y desde el cual se había emitido el Libro Azul con que se pretendió frustrar la elección de Perón en 1946. Sino que asimismo, por medio de sus conexiones con la agencia de noticias United Press, se redirigían grandes sumas mensuales bajo los acostumbrados conceptos con que se legitiman las fugas de divisas en el orden liberal, en este caso, por ser La Prensa suscriptor de dicha agencia.
El historiador J. Page, cuyos juicios de valor antiperonistas inundan su obra biográfica sobre el líder justicialista, asegura que, en los momentos de mayor tensión entre el gobierno y los directivos del matutino, “Las cartas del representante de la UP pidiendo a los gobiernos extranjeros alabanzas para La Prensa cayeron en manos de Perón. Su conocimiento de que este diario por entonces abonaba a la UP una suma mensual de 10.000 dólares (…) sin duda reforzó su convicción de que la prensa internacional tenía otros intereses además de la difusión de noticias (…)”. [6]
Durante el establecimiento de la dictadura de 1955 el diario intervenido fue restituido a la familia Paz, que desde sus editoriales justificó el golpe a la “tiranía” publicando editoriales que justificaban el bombardeo a Plaza de Mayo, tanto como los decretos de prescripción posteriores, sin reparar en las libertades y garantías civiles que constituyan su repertorio democratizante. Sobre lo primero, La Prensa sentenciaba su aprobación según entendía su objeto: “reconquistar la libertad perdida para establecer las instituciones tradicionales de los argentinos” [7]. Como escribe Claudio Panella en su artículo del que extractamos estas palabras, “para el periódico, los militares asesinos habían realizado un ‘sacrificio honroso’, pues ‘se lanzaron a la acción sabiendo que iban a perderlo todo”. [8]
Respecto al Decreto del 9 de marzo de 1956, Nro. 4.161, de extrema censura y proscripción para la filiación partidaria de más de la mitad de la ciudadanía argentina, el diario de Gainza Paz no dudaba en alabar la medida en su editorial del 11 del mismo mes del modo que sigue: “Habría sido extraño que una revolución con los títulos de libertadora de una dictadura rayana en tiranía hubiera dejado intactos los instrumentos de proselitismo con que el régimen depuesto enguirnaldaba su edificio o máquina de opresión”. [9]
Sobre el resto (sin incluir a Prebisch cuya función antes que política o bajamente partidaria fue técnica y de largo alcance) digamos ahora en lote, que conformaban un puñado del liberalismo oligárquico, entre quienes se mezclaban figuras del clero que venían desde antes de que el Peronismo gane las elecciones de 1946, arengando a su feligresía, como era el caso del mencionado Dumphy, párroco de Corpus Domini de Liniers, y cuyas arengas extremadas le costaran el apartamiento de sus funciones.
Pues la campaña del padre Dumphy contra el peronismo data de muy anterior a los momentos críticos previos al golpe, pero su oposición, con ser precedente es tan significativa como que fue un arengador que mal respetó las reservas de no exponer el púlpito a sus bajezas seculares. Como se ha podido escribir, “Las misas dominicales del padre Dumphy eran muy concurridas por sus sermones contrarios al fascismo y al nazismo, y las advertencias sobre los peligros que implicaban los redentores que anunciaban el nuevo orden. Las misas finalizaban en el atrio con mueras a Perón, Copello y Filipo, y con vivas a la Unión Democrática”.[10]
Otro tanto se podría afirmar del progresista presidente del Partido Comunista Argentino, Américo Ghioldi. Mientras que del almirante Teisaire, vicepresidente durante el segundo mandato de Perón, solo anotemos que fue un reconocido miembro de la masonería, y que, mientras ocupaba su cargo gubernamental, fue acusado de estar directamente vinculado con los atentados de la quema de las Iglesias, alimentado por la chispa incendiaria de los logistas cuyos lamentables precedentes en nuestro país ya habían ensayado durante la Guerra Civil Española. Suceso delictual e impío que ahora se actualizaba y que precipitó la fuerte oposición que sufrió el peronismo hacia finales la primera mitad de la década de 1950 , hecho tras los cuales, sin embargo, le fue exigida la renuncia. Años después esta oscura figura política lanzará sus críticas al peronismo, alimentando el consecuente discurso del antiperonismo más radicalizo, escudado tras el mencionado Decreto de prescripción del peronismo.
En conclusión, como pudo afirmar Franklin Lucero, con el accionar de esta caterva de sujetos, podemos decir que “Los políticos de la vieja unión democrática, representantes de la más rancia oligarquía colonialista, los resentidos de todas las jornadas y los mercantilistas dóciles a los planes ‘progresistas del capitalismo británico’ redoblaron y vigorizaron la acción de desprestigio contra el gobierno a partir del 16 de junio”. [11]
Y es que, como sugerimos antes y afirma el Leal Franklin Lucero “toda la acción de los conspiradores tendía a la destrucción de la doctrina, obra y dirigentes del Justicialismo”.[12]
Retomando los principios teóricos y nuestra analogía, podremos afirmar que, así como la causa material es por definición sujeto pasivo del cual no puede provenir nada determinado suprimida la intensión del agente, y dado que la causa formal antecede en prioridad a la materia cuya disposición es adecuada a su operación, trasladando estas determinaciones, digo, al planteo que presentamos, podremos observar cómo los individuos mencionados, ejemplos de un consorcio mayor y sin concierto, fueron suprimidos de la escena política nacional sin alcanzar mayor trascendencia que su pasajera ocupación indebida en los cargos usurpados; mientras que los poderes que articularon sus intereses mediante sus conductas públicas, no sólo perpetraron aquellos atentados sin quedar expuestos a la censura común, sino que incluso, han gravitado y gravitan aún como pesada carga sobre los destinos de la patria, cuya perniciosa situación concreta, recae recurrentemente sobre las espaldas de su pueblo.
Un nexo eficiente entre aquellas disposiciones superiores y el comité ejecutor discontinuo que se sucedió desde 1955 en adelante como gestores en la reestructuración del país, el cual quedó a partir de entonces dispuesto a funcionar como apéndice merced a la órbita de intereses geopolíticos trazados por las potencias mencionadas, lo constituyó Raúl Prebisch. Cuyo Plan fue propuesto e impuesto a fin de dinamizar el proceso del sojuzgamiento nacional.
En dicho proceso es donde emergen, pues, otra vez, ese representante de los privilegios extranjeros encargado de reacondicionar la política económica y social, y las mismas funciones del Estado, a los lineamientos que ya reasumiera el país bajo la misma tradición liberal con que se inició nuestra condición de nación dependiente de esos centros de poder; relegando con ello a un paréntesis inconcluso de nuestra historia la significativa excepción que a ese modelo subalterno opuso el nacionalismo patriótico iniciado con la revolución de junio de 1943 y derrocado trece años más tarde.
Actuante durante la Década Infame como asesor en el Pacto Rocca-Runciman, y como gestor de una institución como el Banco Central, dispuesto en sus orígenes como un mecanismo eficientísimo del poderío británico -coordinado en acción estratégica con otros elementos de control sobre los recursos y la producción del país como los ferrocarriles, el control de los puertos, y en definitiva sobre la producción agropecuaria- supo también funcionar como fundador directivo de otros organismos internacionales. Organismos o Consejos con pretensión de asesorías para el desarrollo regional, pero que claramente fueron organizados luego de Yalta y Breton Woods como agencias de intervención, y con proyección continental, sobre la soberanía respectiva de las naciones americanas. Tal el Comité Económico para América Latina, en el cual Prebisch permaneció activo desde su fundación hasta 1963.
Sobre lo respectivo al Banco Central indiquemos dos observaciones esclarecedoras extraídas, una de la pluma insobornable de José Luis Torres, la otra de las palabras del General Perón, quien partícipe de su estatización supo, ya como presidente de la nación, poner al ente bancario al servicio de los intereses del bien común de la República. Ambas apreciaciones nos dan cuenta y tasa de la gravedad, origen y condición de aquella institución que, hasta su dicha nacionalización por Decreto de 1944 emitido por E. Farrell, auspició la intervención británica sobre nuestra economía de manera total.
En su libro La oligarquía maléfica J. L. Torres nos da la siguiente descripción que nos permite inferir el origen de la gestación de tal baluarte de potestad sobre la vida económica del país, entonces en manos forasteras. La historia nos la refiere Torres narrada por Manuel Fresco, quien a la sazón era Presidente de la Cámara de Diputados de la Nación y representante de los ferrocarriles ingleses en nuestro país, y reproduce el núcleo del encuentro de éste con Folled Holt, principal referente de los dichos ferrocarriles en Londres.
Allí, Holt puso al tanto a M, Fresco sobre la ley de creación del Banco Central, sin que el argentino, ocupando el cargo que ocupaba supiera nada en absoluto de semejante proyecto. La ley que extrajo Holt de su escritorio estaba redactada en ingles, y ya se lo tenia designado como gerente general del banco al doctor Raúl Prebich, quien, no obstante, secundaría a Otto Niemeyer[13].
Aunque, como dijera Scalabrini Ortiz, “Él empuñaba el cetro del comando en la gerencia del Banco Central durante el desarrollo de esa tragedia nacional ocurrida en el decenio 1930-1940, en que la inteligencia política británica nos hundió sin contemplación en la ciénaga sin horizontes de una factoría, con una red de leyes consecutivas, complementarias y coincidentes en su objetivo de cercenar las posibilidades argentinas de autonomía y orientar las subsistentes en el mejor servicio de las conveniencias británicas”[14]
Es digno de señalarse también que de los tiempos de aquel suceso relatado por Torres, transcurrido hacia 1934, hasta la creación definitiva del Banco, sin mayores conocimientos públicos siquiera de su posibilidad, se sucederían una serie de leyes preparatorias para su establecimiento, leyes que Torres en su obra citada menciona. Todas maniobras tácticas de un mismo designio, como vemos, definido en Londres.
Por su parte, así nacida la máxima institución bancaria de la Argentina, observemos en palabras de Perón, pronunciadas apenas al año siguiente de ser electo presidente, su relevancia estructural para la nación, lo repito, entonces montada a fin de servir de órgano regulador de nuestra actividad productiva, monetaria, etc., a los propósitos de la nación británica.
En este sentido se expresó, pues, el entonces ya Presidente de los argentinos: Desde su organización en nuestro país, hasta el día que lo nacionalizamos –decía- [ el Banco Central ]-, llenó las funciones de todos los bancos centrales: la regulación financiera de todos los factores que accionan en el mercado argentino. En consecuencia, era el custodio del oro, era el custodio de la circulación fiduciaria o de la moneda y era el regulador del crédito y de todos los valores argentinos. Su directorio estaba formado por dos delegados del gobierno argentino y los representantes de todos los bancos extranjeros de plaza, de manera que nosotros teníamos en ese banco, que emitía nuestra moneda y custodiaba nuestro oro, sólo dos representantes frente a ocho que eran representantes de empresas extranjeras. Ese era el Banco Central de la República Argentina. Como consecuencia de ello, todo el control del sistema financiero no se gobernaba desde la República Argentina sino desde los distintos mercados financieros del mundo (…). Manejaba y controlaba los cambios y el crédito bancario y decidía la política monetaria de la Nación, con total indiferencia respecto de la política económica que la Nación debía desarrollar para la promoción de su riqueza. En nombre de teorías extrajeras desoía los justos reclamos en favor de una mayor industrialización, que era la base de la independencia del país. (…). El Banco Central promovía la inflación contra la cual aparentaba luchar, violando el artículo 40 de su ley orgánica y emitiendo billetes sin limitaciones contra divisas bloqueadas en el exterior, de cuyo oro no se podía disponer en el momento de su emisión. En otras palabras, se confabulaba contra la Nación y se actuaba visiblemente en favor de intereses foráneos e internacionales. Por eso, su nacionalización ha sido, sin lugar a dudas, la medida financiera más trascendental de estos últimos cincuenta años”. [15]
Ahora bien, esto nos da ya la cabal medida del prontuario público que en nuestra historia política ostentaba hasta ese entonces, por lo menos, quien aún restaba por sumar a su carrera de docto asesor técnico en materia diplomática y económica, los faustos de su perspicacia intelectual y organizativa. Los que ya contabilizaría a partir de 1956, bajo el régimen liberal dictatorial, encargado a la sazón al general Aramburu y a su vicepresidente, el antes nombrado Isaac Rojas, y que se corresponden con lo que propiamente dio en denominarse, a si vez, como “Plan Prebisch”. Encargo capital y estructural, causa final próxima diremos, de la acción “libertadora” emprendida, antes que contra la “tiranía”, contra la Patria.
El malestar social no se hizo esperar, como tampoco la persecución y represión sobre los sectores trabajadores. Franklin Lucero nos confirma que “Las huelgas y trastornos en el campo obrero, el malestar general ante el continuo aumento del costo de vida, las críticas sinceras e irreversibles contra las medidas del gobierno ‘de facto’, principalmente en el orden de la organización económica de la Nación; el clamor de las víctimas ante las represalias policiales de magnitud desconocida hasta entonces y, en fin, todas las manifestaciones del espíritu colectivo desfavorables al gobierno demostraron claramente la completa impopularidad de los ‘libertadores. [16]
Por su parte el historiador norteamericano Robert Potash, en su obra sobre el Ejercito y política en Argentina, además de confirmarnos lo dicho, nos especifica algunas de las particularidades del plan monitoreado por las N. U., como también el fracaso de sus objetivos públicos supuestamente propuestos: “Las políticas económicas del gobierno provisional –escribe Potash- también tuvieron el efecto, previsto o no, de disminuir los ingresos reales de la clase trabajadora. Siguiendo los consejos de un equipo consultor de las Naciones Unidas [la CEpAL] encabezado por el economista argentino Raúl Prebisch, el gobierno devaluó el peso, desnacionalizó los depósitos bancarios y puso fin a los controles cuantitativos sobre el comercio, esperando que así se estimularían las exportaciones, sobre todo en el sector de la agricultura. Los resultados, en términos de la balanza de pagos, no fueron tantos como los esperados. La declinación en los precios internacionales redujo las ganancias previstas, mientras que, en ausencia de controles cuantitativos, aumentaron las importaciones de bienes de consumo, lo cual provocó un continuo drenaje de reservas. Los precios internos también sufrieron aumentos (…). El resultado general motivó una redistribución de los ingresos que se desplazó del sector asalariado hacia otros sectores (…)”.[17]
Pero incluso más allá de las señaladas medidas adoptadas tan perjudiciales para el sector trabajador y consecuentemente para sector productivo nacional, el alcance de su gravedad sin embargo trasuntará décadas, y sus repercusiones aun ejercen, en nuestro siglo, el sometimiento sobre un país cuya sociedad, naturalizando su oprobioso estado, tornó imperceptible sus causa eficientes reales -exógenas-; cuando no ,impotente y acomodaticia, la mal adjudicó a una banal y aleatoria incapacidad vernácula, en quien proyectó asimismo la peor adicta e irredenta vocación a la corrupción venal. Desfiguración a la cual los medios de propaganda asisten hasta el hartazgo.
Retomando el núcleo del asunto que nos convoca, tengamos en cuenta que, entre esos condicionamientos estructurales, a Prebich y a su plan le adeuda la Argentina su fatídico ingreso a la órbita de intervención del F.M.I. Dado que“(…) conforme a lo establecido en el dto. 15.970 del 39 de agosto de 1956, la Argentina firmaría los acuerdos de Bretton Woods, incorporándose así a los organismos financieros internacionales como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial. Se estableció allí que la cuota que debía aportar la Argentina sería de 159 millones de dólares (similar a la de Brasil ),de los cuales un 25 % sería en oro y el resto en pesos moneda nacional” [18] Téngase presente que por entonces también se insertó al país bajo la égida del consorcio conocido como Club de Paris. Y que consecuencia de esos negocios, la Argentina refinanció en una década una deuda de 450 millones de dólares, mientras que para cumplir los tan perjudiciales y gravosos compromisos, obtuvo un crédito del FMI por 75 millones en la misma moneda en el año 1957. La relación entre estos números nos da una pauta de la metodología de dominación hasta hoy vigente y que supone un desangramiento perpetuo de nuestra economía (¡del fruto de nuestro trabajo!), sumergida en un pantano viciado de un fraude al parecer insalvable.
Estos agentes materiales (algunos más que otros), no operaron sino bajo la orbita de poderes de alcance global, principalmente condensados tras los triunfadores de 1945, Inglaterra y los Estados Unidos, en otros términos, del imperialismo anglosajón. Cuyas estrategias de dominio, de largo alcance sobre todo el continente y muy particularmente sobre nuestro país, aún recienten nuestra realidad y nuestra consciencia histórica, la que no puede soslayar su relevancia como causales efectivos que diagramaron un propósito teleológico -finalista- sobre nuestro destino como país apéndice, subordinado y sometido al servicio de sus exclusivos intereses geopolíticos, estratégicos, económicos, militares y territoriales.
¿O no se deben a esas potencias las instituciones internacionales de la cual dependieron esos monitores como el referido Prebisch, instituciones hoy más vigorosas que nunca?
III. Conclusiones
Reconocidos estos factores exógenos y determinantes de la deriva en fue precipitada la Nación a partir del 16 de septiembre de 1955, no será de extrañar aquello de que “en el orden económico, el Plan Prebisch, uno de los pilares fundamentales de la acción revolucionaria, se estuvo cumpliendo hasta sus últimos extremos con implacable regularidad que soportó curiosamente, todos los cambios de hombres y todas las vicisitudes del gobierno. Quienquiera que gobernase , sea quien fuera el Ministro de Finanzas de turno y la fuerza política que gravitaba con mayor energía sobre las decisiones del poder, el plan económico no varió un ápice (…). Mediante esas medidas económicas el gobierno ‘libertador’ procuró dejar al país indefenso frente al avance de economías extranacionales, más fuertes y poderosas”. [19]
Menos aún el que “ se halla tratado, lamentablemente con pleno éxito, substituir la economía social del gobierno constitucional, por una economía de hambre popular y descapitalización progresiva, individualista y retrógrada, con perdida de peso no de los principales objetivos que alcanzó el gobierno justicialista: la independencia económica de la Argentina “. [20]
Por este prontuario sucintamente expuesto, es decir, entonces, como asesor del Pacto Rocca -Runciman, gestor en la creación del Banco Central, y asimismo secretario ejecutivo de la CEPAL desde 1959 a 1963, y por la egida del poder al cual rindió su existencia deshonrosa como tributo, el personaje en cuestión llegó a ser mejor definido por Escalabrini Ortiz y del modo siguiente:
“(…) el doctor Raúl Prebisch no es más que un títere que utiliza la inteligencia británica para intentar la reconstrucción de su antigua hegemonía y su ‘informe’ y su ‘plan’ no tienen más valor que el de un indicio que permite deducir el alcance y los objetivos de los propósitos británicos”[21].
En concreto, la aplicación de medidas económicas ultraliberales ejecutadas a partir de septiembre de 1955, otra vez ponían al país en estado de descomposición interna, a cuyas desgracias la oligarquía, y por medio de ella Inglaterra, sacaban sus usufructos. La primera sólo un mísero redito económico y acaso político, la segunda iba reconsolidando las bases de su posicionamiento geoestratégico en amenaza de nuestros intereses vitales, los que con los años transcurridos de entonces hasta el presente, ya ven menguadas y anémicas sus fuerzas siquiera de resistencia moral. Resultado postrero acaso de la misma finalidad perseguida por aquellas fuerzas conjuradas.
[1] Raúl Escalabrini Ortiz. Bases para la Reconstrucción Nacional. Pg. 319. Ed. Lancelot. Bs. As. 2009
[2] Hasta un opositor conspicuo al peronismo como A. Frondizi reconoció reiteradamente que “el último acto vigoroso de la influencia británica en la Argentina fue su participación en la Revolución Libertadora”. Ver J. M. Rosa. Historia Argentina .Tomo 15. Pg. 28.
[3] Cf. Franklin Lucero. El precio de la Lealtad. Pg. 134. Ed. Propulsión. Bs. As. 1959.
[4] Cf. H. Peterson. La Argentina y los Estados Unidos. Tomo II. Pg. 242. Ed. Hispamerica. Bs. As. 1985
[5] Cf. J. Page. Perón. Tomo I. Pg. 251. Ed. Vergara. Bs. As. 1985.
[6] Ídem. Pg. 253.
[7] Cf. Claudio Panella. El Peronismo según el Diario La Prensa en tiempos de la Revolución Libertadora (1956-1958). Pg. 116. En Anuario del Instituto de Historia Argentina
[8] Ídem
[9] Cf. En Claudio Panella. Op. Cit. Pg. 113.
[10] Cf. Pedro Siwak. 500 años de evangelización americana. Pg. 178-179. Ed. Paulinas. Bs. As. 1992
[11] Cf. F. Lucero. Po. Cit. Pg. 117
[12] Op. Cit. Pg. 118.
[13] Cf. Op. Cit. Pg. 109
[14] Ídem. Pg. 339.
[15] Cf. Juan Domingo Perón. Discurso del 26-7-1947.
[16] Cf. F. Lucero. Op. Cit. Pg. 193.
[17] Cf. Robert Potash Ejercito y política en Argentina. Pg. 311.
[18] Cf. Mario Rapoport. Historia económica, política y social de la Argentina. Pg. 542..
[19] Cf. F. Lucero. Op. Cit. Pg. 194.
[20] Ídem.
[21] Escalabrini Ortiz. En Bases para la reconstrucción nacional. Pg. 26. Ed. Lancelot. Bs. As. 2009
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