La autodenominada “Revolución Libertadora” inscribió a Argentina en el recientemente creado Fondo Monetario Internacional (FMI) y dio inicio a un ciclo de endeudamiento externo y crisis en la balanza de pagos.
Por Marcelo Ibarra*
I. Ciclos de stop and go
A partir de 1955, se inició en Argentina un ciclo de democracia tutelada, con el peronismo proscrito y su líder exiliado. Este período se extendió hasta 1973, con el triunfo de Héctor Cámpora, quien le permitió al general Perón presentarse a elecciones. Si bien hubo matices entre Frondizi e Illia, como así también entre Aramburu, Guido y Onganía, el rasgo distintivo que define este ciclo es la voluntad expresa de desandar el modelo económico de industrialización implementado durante el decenio peronista.
El 20 de julio de 1956, con Pedro Eugenio Aramburu como presidente de facto, Argentina se incorporó formalmente como el miembro número 59 del FMI. La recomendación de adherirse a la entidad de crédito fue del ministro Raúl Prebisch, a quien Arturo Jauretche le dedicó un libro hipercrítico.
En Historia de la economía argentina del siglo XX, Mario Rapoport denomina a esta etapa “Ciclos de stop and go”, donde la economía argentina se caracterizó por registrar un comportamiento cíclico de corto plazo, “se alternaron tasas positivas y negativas de crecimiento” (2007: 419). En palabras del citado autor, “la clave en ese proceso fueron los recurrentes problemas de balanza de pagos, que se manifestaban a través de crisis repetidas cada tres o cuatro años, impidiendo que la economía pudiera ingresar en una tendencia de crecimiento sostenido”.
“Esas crisis expresaban los límites con los que tropezaba la industrialización por sustitución de importaciones. Ese proceso desarrollado durante el peronismo generó una industria muy poco integrada, dependiente en su técnica, medios de producción y materias primas esenciales de las importaciones de los países centrales. Esa industria importadora se combinaba con un sector primario que seguía siendo la base de las exportaciones y también de la producción de alimentos básicos para la población. La industria, por tanto, quedaba sujeta a la disponibilidad de divisas aportadas principalmente por las exportaciones de un sector cuya oferta se encontraba estancada y debía abastecer a la vez a un mercado interno en crecimiento” (op. cit).
Es decir, cuando la economía se expandía, requería, cada vez más, bienes importados. Mientras crecía la industria, aumentaban sus requerimientos de bienes importados. En contrapartida, el sector en condiciones de conseguir reservas internacionales era el agropecuario, lo que provocaba una primarización de la economía.
En consecuencia, detalla Rapoport: “el proceso de crecimiento conducía necesariamente a una situación de escasez de divisas, ya que las importaciones subían mientras se incrementaba la producción industrial y superaban el nivel de exportaciones, y ello derivaba en una crisis de balance de pagos al agotarse las reservas del Banco Central” (pp. 420).
Para hacer frente a ese desequilibrio, Rapoport afirma que “se recurría a un plan de estabilización, que incluía la devaluación de la moneda y la aplicación de políticas monetarias y fiscales contractivas, lo que llevaba a un deterioro del poder adquisitivo de la población y la consecuente caída del consumo”. Esa contracción se implementaba mediante la política fiscal, reduciendo fuertemente la inversión pública. A la vez, la restricción monetaria provocaba un aumento en la tasa de interés, lo que encarecía el crédito para el consumo y desestimulaba la inversión privada. ¿Consecuencia? Caída de actividad, presiones inflacionarias debido a que el sector agropecuario reaccionaba al aumento del tipo de cambio aumentando precios internos. La transferencia de ingresos a favor de los productores del campo “perjudicaba a los asalariados, que eran los principales consumidores de bienes de origen agropecuario” (pp. 420).
II. Planes restrictivos y crisis de balance de pagos
Entre 1955 y 1966, la aplicación de planes de ajuste fue la nota dominante del concierto gobernante, sin distinción entre dictaduras y gobiernos pseudo-democráticos. Desde 1955 a 1958, los déficits constantes en la balanza comercial fueron financiados por el ingreso de capitales extranjeros. En ese sentido, “el régimen militar encabezado por Pedro Eugenio Aramburu orientó su política hacia la obtención de préstamos en el exterior” (pp. 420). También procuró incentivar la entrada de inversiones extranjeras, aunque no obtuvo una respuesta exitosa. Sin embargo, la toma de créditos externos permitió posponer la latente crisis de balance de pagos, que debió afrontar el gobierno de Frondizi.
De hecho, a principios de 1959, Frondizi aplicó un severo plan de ajuste y eliminó la mayoría de los controles de precios comerciales que aún estaban vigentes. Mario Rapoport explica que “se consideró fundamental el control sobre la oferta monetaria. Para ello, se impulsó la disciplina fiscal a través de la racionalización de la administración pública, la postergación de obras públicas que habían sido planteadas por el plan de desarrollo de 1958, y el aumento de impuestos. También fueron eliminados los controles sobre el mercado cambiario (existía hasta ese momento un sistema de tipos de cambio múltiples) y la moneda nacional se desvalorizó fuertemente” (pp. 420).
En 1959, el PBI descendió casi 6 por ciento. “Esto permitió recomponer la situación del balance comercial. El mecanismo para ordenar las cuentas fue devaluación y recesión” (pp. 421). En efecto, la economía avanzó en los dos años siguientes: 8 por ciento en 1960 y 7 por ciento en 1961. Este nuevo proceso de crecimiento produjo un fuerte aumento de las importaciones que deterioró nuevamente la balanza comercial, a lo que se sumó la caída de las exportaciones en 1961 por las malas condiciones climáticas para el campo. El Banco Central perdió reservas internacionales, exponiendo la vulnerabilidad en el balance de pagos.
Derrocado Frondizi, durante la gestión de José M. Guido, “se levantaron casi todos los controles e impuestos a las exportaciones y se permitió que el tipo de cambio fluctuara libremente, hasta noviembre e 1963. La devaluación y la eliminación de impuestos a las ventas externas determinaron una transferencia de ingresos hacia los exportadores”. Concluye Rapoport que “el remedio a la crisis fue nuevamente la contracción del ingreso y su redistribución regresiva” (pp. 421).
III. Resistencia sindical
En estos planes de estabilización, la contracción del salario jugaba un papel fundamental para reducir el consumo privado. “Las devaluaciones y recesiones estaban acompañadas por fuertes tendencias a una concentración del ingreso a favor de los sectores más poderosos de la industria y, sobre todo, del agropecuario” (pp. 426), explica Rapoport. Los salarios quedaban retrasados en relación al aumento del tipo de cambio y de los precios internos. Así, en esos períodos de ajuste, se produjo una reversión en la distribución del ingreso a partir de un importante descenso en la participación de los asalariados.
“En 1955, el peso de los asalariados en el ingreso de la economía alcanzaba el 49,9 por ciento. Tres años después, ese porcentaje había caído a un 46,6 por ciento. Con la política de estabilización de 1959 (Frondizi), se redujo al 38,8 por ciento”, detalla el autor.
Este cuadro de situación fue posible gracias a la intervención de la CGT y la feroz represión de la autodenominada “Revolución Libertadora”. Sin dudas, fue una etapa de resistencia por parte del sindicalismo, “ya que los gremios lucharon por la rehabilitación del peronismo y se enfrentaron a la ofensiva antilaboral. También lucharon por detener la distribución regresiva del ingreso mediante huelgas y sabotaje industrial” (pp. 426). Este aspecto es destacado en la correspondencia Perón-Cooke.
Rapoport subraya que “el triunfo electoral de Frondizi renovó expectativas de una mejora de la situación de los sectores populares y de una pronta reincorporación del sindicalismo y del peronismo a la vida política”. No obstante, “las esperanzas depositadas en la administración Frondizi terminaron de disiparse con el plan de estabilización de 1959, que determinó una violenta caída de los ingresos reales y un fuerte retroceso en la participación de los asalariados en el ingreso nacional” (pp. 427).
*Licenciado en Periodismo, profesor y licenciado en Letras (Universidad Nacional de Lomas de Zamora).
Bibliografía:
Rapoport, Mario (2007). Historia de la economía argentina del siglo XX. Bs. As. La Página.

CBU: 0140023603506873838788
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