Milei, el gramsciano que nadie vio venir

Por Marcelo Ibarra

Análisis del discurso presidencial en conmemoración del paso a la inmortalidad del General José Francisco de San Martín.

   El presidente Javier Milei encabezó, este lunes 17 de agosto de 2026, el acto central en homenaje al general José de San Martín, al cumplirse el 176° aniversario de su fallecimiento. La ceremonia se realizó en el Monumento al Libertador, ubicado en frente a la Cancillería, en el barrio porteño de Retiro.

   Allí, el mandatario incurrió en sus clásicas tergiversaciones de la historia. Nos detendremos en dos que consideramos una burrada de un alumno en período de intensificación con chat GPT. En primera instancia, comenzó por señalar que San Martín “nos liberó del yugo español”, apreciación que se ajusta a la tesis de la historia mitrista, según la cual los Hombres de Mayo fueron “anti-españoles”, lo cual ha sido ampliamente refutado. Curioso viniendo de Milei, quien hace poco se babeó al ver a “Su Majestad”, el rey español en persona. Al respecto, en otro artículo de este número, Norberto Galasso refutó este craso error interpretativo:

   “Lo que ocurre es que los historiadores liberales parten de la tesis mitrista según la cual los movimientos producidos en América entre 1809 y 1811 tuvieron carácter separatista, antihispánico, tesis que responde a la óptica de las burguesías comerciales de los puertos (que participan en esos procesos persiguiendo la apertura económica hacia los ingleses). Desconocen, en cambio, que los pueblos y los principales líderes revolucionarios estaban alentados por objetivos democráticos —“libertad, igualdad y fraternidad”— no secesionistas inicialmente, en tanto España vive, por entonces, una revolución similar, y que devendrán separatistas en la medida en que este último proceso se frustra (La distribución de estampas con efigies del rey cautivo, por French y Beruti, en los días de Mayo, la jura por Fernando VII por parte de la Primera Junta, la presencia de españoles en la misma, como Larrea y Matheu, y la postergación de la declaración de la independencia hasta 1816 se explican sólo por el carácter inicialmente democrático, no separatista, de la revolución)”.

   Como concluye Galasso, “si el movimiento de Mayo fuese separatista desde sus inicios, si constituyese una guerra nacional contra España y brotase de un odio profundo a lo español, como lo señala Mitre, ¿por qué razón este teniente coronel del ejército español solicita el retiro con una excusa, inconsistente, para alejarse del cuerpo militar al que pertenece desde hace 23 años y ya transpuestas las fronteras españolas, incorporarse en América a un ejército enemigo del suyo?” (p.34). No le pidamos peras al olmo ni rigor científico a Milei, el especialista en crecimiento con y sin dinero.

   En segundo lugar, Milei se circunscribió nuevamente con tenacidad al pensamiento de Antonio Gramsci, justamente él, que ha manifestado un terror atávico contra todo lo implique pensamiento “zurdo”. El presidente esgrimió: “la libertad para sobrevivir requiere de un pueblo próspero y pujante, pues los intentos de los tiranos de turno de sofocar la llama de la libertad siempre se apoyan en el descontento y la pobreza para romper con el orden. Porque, si la libertad no muestra sus frutos, que son el bienestar y la prosperidad económica, la ciudadanía se olvida de su valor”.

   Y remató, sin ponerse colorado: “así, nuestra misión hoy es […] dar la batalla cultural para explicar, una y otra vez, cómo esta prosperidad está basada y depende de los valores que nos hicieron grandes. Porque quienes quieren someternos comienzan por atacar nuestras ideas, nuestras creencias y nuestros valores. Por todo esto, defender la libertad que nos legó nuestro general también es defender nuestras ideas y nuestros valores contra aquellos que intentan socavarlos”.

   El concepto de batalla cultural es de vinculación marxista y, más concretamente, gramsciana. Hace referencia al modo en que se produce y afianza la hegemonía en un bloque histórico. El primer gran error de Milei es confundir sociedad civil con sociedad política, siendo esta última el aparato represivo del Estado al desnudo. En tanto, la sociedad civil es definida de varias maneras: primero, como ideología de la clase dirigente (no dominante), en tanto abarca todas las ramas de la ideología (arte, ciencia, economía y derecho); segundo, como concepción del mundo difundida entre todas las capas sociales a través de cuatro grados cualitativos (filosofía, religión, sentido común y folklore); tercero, como dirección ideológica de la sociedad, articulada a su vez en tres niveles esenciales: a) la ideología propiamente dicha; b) la estructura ideológica, es decir, las organizaciones que la crean y la difunden; y c) los instrumentos técnicos de difusión de la ideología: el sistema escolar, la prensa y las bibliotecas (podríamos incluir en “la prensa” a las redes sociales y las bibliotecas al mercado editorial en su conjunto).

   Hay que remarcar, las veces que sea necesario, que la centralidad de la hegemonía radica en el plano cultural y no político. Es decir, más en el funcionamiento de los “organismos comúnmente llamados privados” que en el aparato represivo del Estado. Esto parece de una obviedad absoluta para cualquier lector de Gramsci, nadie sospecharía en ver socialismo en cualquier medida intervencionista del Estado, como por ejemplo la política arancelaria de Donald Trump a las importaciones chinas.

   No existe ningún lector de Gramsci que no lo haya entendido, excepto la nueva derecha al estilo Vox en España, Bolsonaro en Brasil o los muñecotes que le bajan línea a Milei, como Agustín Laje y Nicolás Márquez. No hay re-significación ni de-construcción conceptual. Toman batalla cultural como sinónimo de hegemonía, lo cual resulta bastante tirado de los pelos porque de ser así, si en Argentina hubiese una hegemonía cultural socialista, Milei no hubiese ganado dos elecciones con un discurso a favor del libre mercado y el capitalismo más feroz.

   Justamente, si hay algún tipo de hegemonía es la del liberalismo que difunde la clase dirigente. Con mucha precisión, Néstor García Canclini puntualizó que “es entendida —a diferencia de la dominación, que se ejerce sobre adversarios y mediante la violencia— como un proceso de dirección política e ideológica en el que una clase o sector logra una apropiación preferencial de las instancias de poder en alianza con otras clases, admitiendo espacios donde los grupos subalternos desarrollan prácticas independientes y no siempre “funcionales” para la reproducción del sistema. […] Al tratarse de hegemonía y no de dominación, el vínculo entre ambas clases se apoya menos en la violencia que en el contrato: una alianza en la que hegemónicos y subalternos pactan prestaciones ‘recíprocas’” (¿De qué estamos hablando cuando hablamos de lo popular?, 1983).

   Entonces, ¿el presidente que se autopercibe como un acérrimo defensor de las “ideas de la libertad” es, en el fondo, gramsciano? ¿Todo el andamiaje intelectual de Milei es una farsa que se desmorona con tanta facilidad? Y si la “batalla cultural” fuese lo que Milei cree que es, ¿no estaría abrevando en las aguas del fascismo al perseguir al que piensa distinto?

   Sigamos con el discurso sobre San Martín para cerrar. En otro tramo, el presidente intentó reivindicar a las Fuerzas Armadas, diciendo: “necesitamos unas Fuerzas Armadas equipadas y bien formadas. Por eso, hoy tenemos el desafío de retomar la protección de nuestras fronteras, de elegir bien nuestras alianzas geopolíticas, de luchar contra todas las formas de terrorismo y de pararnos siempre del lado de la democracia. Todo esto es también defender nuestra libertad”. Menuda contradicción, siendo que no hace tanto les prohibió a los oficiales quejarse de sus bajos ingresos y apoyó abiertamente el régimen genocida del criminal de guerra sionista Benjamin Netanyahu.


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