San Martín: soberanía popular y lucha antiabsolutista

El texto discute la caracterización que la historia mitrista ha hecho del Padre de la Patria. Postula que las ideas de la Revolución de Mayo no estaban inspiradas en un sentimiento separatista y antihispánico.

Por Norberto Galasso*

I. Indio misionero, tape de Yapeyú

José Francisco transcurre sus primeros cuatro años en Yapeyú, creciendo en juegos, afectos, travesuras y palabras bajo una doble influencia: por un lado, la familia “rotundamente hispana”; por otro, los pobladores de la reducción, de raigambre “guaranítica”. Esta cuestión merece un análisis pormenorizado porque la imagen que se ha divulgado de San Martín es la de “un argentino” —y hasta la de «un porteño” —, deformación originada en el control que las minorías bonaerenses han ejercido sobre la producción historiográfica.

Don Juan y su esposa vivieron pocos años en América y no arraigaron. Su escasa fortuna y la nostalgia de la patria natal los llevaban a soñar con el regreso. Los San Martín solo pensaban en volver a España. Su residencia era temporaria con vistas a regresar a España, propia del militar que por razones de servicio debe distanciarse coyunturalmente de amigos, familiares y costumbres que han nutrido sus mejores horas. No era familia arraigada, insiste A. Oriol I. Anguera.

Allí, en el hogar, imaginamos el predominio del idioma español […] como asimismo los íconos religiosos católicos […]. Afuera, en los caminos de tierra, en los juegos junto al Uruguay, en las creencias de amiguitos y familias vecinas, domina el idioma guaraní, las leyendas de Tupá (Dios del trueno), el peligro de la Pora o del Pombero, que se lleva a los niños, o el culto a San La Muerte, invocado tanto para el bien, como para el mal […] A los cuatro años se trasladó a Buenos Aires (p.14).

A ello viene a agregarse la presencia de una niñera y ama de cría indígena. Según la tradición, esa mujer guaraní que lo habría amamantado y cuidado, sería la india Rosa Guarú, cuya figura es rescatada por el cancionero popular: La india Rosa Guarú/ de la raza guaraní/ fue niñera en Yapeyú/ de José de San Martín./ A cantar un tororé/ Ñandeyara che mondó/ al caraí chuí José/ con destino de pindó. (Tororé: canción de cuna; Ñandeyara che mondó: he sido enviada por Dios; al caraí chuí José: al pequeño José, que tiene destino de “cocotero”, es decir, de altura, de grandeza) (p.15).

Así resuelta, en sus primeros años, culturalmente mestizo, en tanto sobre él pesan, al mismo tiempo, el mundo hispano y el indígena. Este perfil no ha sido debidamente señalado por tantos panegiristas […]. Tampoco ha existido preocupación por categorizarlo según sus rasgos físicos, a tal punto que la opinión general le adjudica el tipo propio del blanco, en tanto hijo de españoles. Sin embargo, San Martín carece de los rasgos fisonómicos típicos del blanco europeo, esos que sigan a Belgrano, Rosas o Lavalle, entre otros. Cabello negro y lacio, ojos oscuros y, especialmente, epidermis morena se conjugan para otorgarle, en cambio, rasgos indígenas o, más bien, mestizos (p.15).

            Ricardo Rojas afirma: Tenía la tez morena, por lo que algunos envidiosos motejábanlo de indio. Alberdi recuerda: Yo le creía un indio, como tantas veces me lo habían pintado y no es más que un hombre de color moreno, de temperamentos biliosos.

            ¿De dónde —cabe preguntarse— provendría esa fisonomía indígena o mestiza tan marcada, según tantas opiniones? ¿O yerran quienes conocieron a San Martín creyendo encontrar rasgos indios donde sólo se evidencia alguna influencia mora sobre sus antepasados castellanos? (p.16) En esta última hipótesis, alguien podría objetar que los ojos de San Martín no expresan esa supuesta influencia arábiga, aunque también es cierto que ella se verificaría a través de varias generaciones, desvaneciéndose parcialmente su impronta. La primera hipótesis, en cambio, supondría una infidelidad de don Juan o de doña Gregoria. Podría resultar que don Juan hubiese tenido amores con una indígena y hubiese reconocido a José Francisco como hijo extramatrimonial. Cabe aquí la objeción: ¿cómo lo incorpora a su familia, sin la protesta de su esposa o de sus hijos legítimos? Difícil es la respuesta a estos interrogantes, aunque convengamos en que esta suposición no puede considerarse agraviante. Tampoco en el caso de que doña Gregoria hubiese cometido algún desliz aprovechando alguna ausencia de don Juan, derivada del ejercicio de su cargo. El general Bernardo O’Higgins, según su documentación, era Bernardo Riquelme, hijo natural de Isabel Riquelme con el virrey del Perú Ambrosio O’Higgins, así como Evita y Juan Perón fueron también hijos extramatrimoniales, según sus partidas originales, destruidas o adulteradas luego, cuando alcanzaron celebridad (p.17).

            En esta indagación, también cabría preguntarle al historiador Tulio Halperín Donghi: ¿cuándo usted afirma que la madre de San Martín era “una criolla de Buenos Aires”, se refiere a una mujer distinta de Gregoria Matorras, que era española de nacimiento o, simplemente, comete un error? Llama, asimismo, la atención —vinculándolo a ese carácter criollo que Halperín Donghi adjudica a la madre— que, en las Tradiciones, Pastor Obligado se refiera a ella como Francisca y no como Gregoria. Pudo tratarse de un error, pero ocurre que también en el acta de su defunción, el General aparece como hijo de “María Francisca” Matorras. También asombra que Obligado se refiera al muy modesto linaje de San Martín, al menos por la línea materna cuando, por el contrario, la escasísima posibilidad de algún antepasado de prosapia habría que buscarla en Gregoria Matorras del Ser, sobrina de don Jerónimo, coronel honorario del regimiento de la nobleza y gobernador del Tucumán, nombrado por el rey, hombre de gran prestigio (p.17).

            […] Por supuesto, estos “misterios” en la vida de San Martín no afecta de modo alguno su valoración como protagonista fundamental en la lucha por la emancipación y unificación de América Latina. En cambio, sirven para desnudar la escasa solidez de las “verdades” históricas consagradas, como también para exigirles menos presunción a algunos historiadores. San Martín pudo haber nacido el 25 de febrero de 1778, en febrero de 1777 o en otro mes de alguno de esos años, su fe de bautismo pudo haber sido incinerada en 1817 al ser arrasado Yapeyú por los portugueses o en 1860 al reconstruirse esa localidad o pudo haber sido escamoteada por alguna mano pacata en el caso de que hubiera existido algún vicio de filiación. Asimismo, pudo haber nacido en Yapeyú o incluso en la Banda Oriental u otro lugar cercano y bien pudo ser el quinto hijo de la familia San Martín-Matorras (sea que su madre se llamase Gregoria o Francisca) o hijo de Diego de Alvear y una india guaraní. Ninguno de esos datos ejerce influencia decisiva sobre su campaña libertadora (p.19).

            En cambio, sí resulta importante destacar que no pertenecía a casa rica, no provenía de ascendencia noble, ni tampoco era “hombre de Buenos Aires”, ni siquiera se lo podría calificar de “argentino”, no sólo porque la Argentina no existía aún, sino porque el ámbito cultural en que se modeló estaba signado por una simbiosis de influencias hispánicas y guaraníticas —por lo cual debió ser inevitablemente bilingüe—, ni tampoco compartía los rasgos fisonómicos del blanco europeo o hijo de europeos, sino que ojos, cabello y tez le daban un perfil indígena o mestizo (p.19).

            Es decir, se trata de un indohispano, integrante del sector popular, un “oscuramente pigmentado”, como calificó alguna vez un legislador conservador a sus compatriotas nacidos en las provincias interiores, o si se lo quiere expresar sin ambages: “un cabecita negra”, “un negro”, según el racismo de ciertos sectores sociales (p.19).

II. Un producto de la escuela pública

            Empantanada la carrera militar de su padre, don Juan, la familia se traslada a España. Parten el 6 de diciembre de 1783 en la fragata Santa Balbina y en la documentación de embarque, se registran los cinco hijos más un esclavo —Antonio— que don Juan había adquirido con ahorros de sus sueldos militares en Yapeyú […] Llegan al puerto de Cádiz el 23 de marzo de 1784, tras 108 días de navegación. De allí pasan a Madrid, donde se acentúan sus penurias financieras, diluyéndose los 1500 pesos que por toda fortuna han traído de América (p.21).

            Poco más de un año residen en Madrid, desde donde don Juan reclama al Rey por sus sueldos atrasados y, asimismo, solicita destino militar, sin resultado alguno. El 10 de abril de 1785, ante el manifiesto desinterés con que lo tratan sus superiores, solicita el ascenso a teniente coronel conjuntamente con su retiro del Ejército. Entonces, le conceden el retiro, pero no el ascenso (p21) […] En esta época, en que el desprestigiado y empobrecido don Juan pelea burocráticamente por mejorar su situación y asegurar la supervivencia de su familia, Mitre, Otero y gran parte de los historiadores argentinos suponen que José Francisco es enviado por su padre al Real Seminario de Nobles en Madrid, institución adonde concurren muchachos de familias de prosapia y alta figuración social. Pareciera como si estos historiadores fincasen la gloria de San Martín en un supuesto de que “los grandes hombres” pertenecen, necesariamente, a las minorías de “sangre azul”.

No es posible seguir repitiendo que San Martín estudió en el Seminario de Nobles, sostiene tajantemente E. de Gandía. Y el propio San Martín da merecida respuesta a quienes rinden pleitesía a los blasones nobiliarios cuando afirma: Mi padre se llamaba Juan, a secas. O, en carta a Guido: Usted más que nadie, que ha estado cinco años a mi lado, debe haber conocido mi odio a todo lo que es lujo y distinciones, en fin, a todo lo que es aristocracia. Ninguna importancia otorga San Martín a esa presunta vinculación con la nobleza española, en el Real Seminario. Le basta con ser “un correntinito” que concurre a la escuela común —gratuita— de Málaga.

También esta resulta buena enseñanza para las maestras de los colegios estatales, en el caso de disuadir a alguna madre empeñada en trasladar a su niño a algún respetabilísimo instituto privado, porque de los primeros, aun en crisis, pueden salir los Sanmartines más probablemente que de los segundos, orientados en función del lucro (p.22).

[…] A mediados del verano español de 1789 —el 15 de julio— José Francisco se incorpora como cadete al regimiento de Infantería de Línea de Murcia. El requisito de ingreso fija 16 años de edad mínima, salvo que fuese hijo de oficial. Precisamente, en la incorporación, declara ser hijo de oficial, provenir de familia cristiana y haber cumplido los 12 años […] En ese regimiento inicia su vida militar. Ha cumplido apenas 13 años cuando es destacado a Melilla, en el norte de África, y apenas 14 —junio de 1791— cuando integra las fuerzas españolas jaqueadas en Orán por los moros. El sitio dura 33 días […] Poco más tarde, se desempeña como infante-granadero, entendiéndose por tal, en la España de esa época, al hombre de fuerte musculatura, decisión y valor necesarios para lanzar la granada (p.24).

III. La revolución democrática española

En esa España de fines de siglo, donde el absolutismo declina bajo el reinado de Carlos IV y los manejos palaciegos de Godoy, tanto José como su madre y la familia de su hermana pertenecen a una humilde clase media —uniformada o civil— carece de horizontes y posibilidades (p.27) […] Hacia fines de 1807 y principios de 1808 —cuando los ejércitos napoleónicos pretenden esclavizar a España— ese segundo capitán San Martín, con destino transitorio en Cádiz, se entusiasma con las nuevas ideas que llegan desde Francia. El impacto de la Revolución sacude del letargo a la vieja España y entre las sombras se gestan logias conspirativas dispuestas a cuestionar el viejo orden. Los Derechos del Hombre, la Soberanía Popular, el rechazo a la Inquisición y a los títulos nobiliarios, se han introducido en la sociedad española sembrando fermentos revolucionarios. Los cuarteles no escapan a esta influencia ideológica y Cádiz resulta uno de los focos más importantes donde bullen las nuevas ideas (p.28).

Como tantos otros jóvenes, San Martín se entusiasma, por entonces, con la cultura francesa, especialmente con aquellos ensayistas que han dado batalla a la concepción ultramontana, abriendo camino a la Revolución: Rousseau, Voltaire, Montesquieu, D’Alembert. Asimismo, crece su interés por el renovado pensamiento español: Jovellanos, Camponanes, Flórez Estrada.

La historiadora Patricia Pasquali —a pesar de que no finca la decisión del regreso de San Martín en la identidad de la revolución en España y en América— no puede menos que reconocer que por entonces había dos Españas en conflicto creciente: liberal, abierta, cosmopolita, progresista y laicista, la una; autoritaria, tradicional, xenófoba, conservadora y ultramontana, la otra. San Martín se identificaba con la primera.

El 2 de mayo de 1808 estalla la insurrección popular contra las fuerzas napoleónicas que han apresado al Rey y a su hijo Fernando. Este acontecimiento conmueve profundamente al joven militar y marca un hito fundamental en su vida. Ya no será, simplemente, un hombre de armas, sujeto a una disciplina e interesado por la estrategia militar, sino, además, un abanderado de los Derechos del Hombre, de la Libertado, Igualdad y Fraternidad enarboladas el 14 de julio de 1789 (p.28).

[…] La revolución es nacional, en tanto rechaza al invasor francés, pero inmediatamente se torna democrática, en tanto explosión popular que enarbola ideas de las cuales, paradójicamente, es padre ese mismo invasor. San Martín, al luchar junto al pueblo, se ratifica soldado español, defensor de su patria, pero, al mismo tiempo, liberal revolucionario, hijo de la Revolución Francesa, hombre de esa clase media pobre y asfixiada que ansía protagonizar la democratización y modernización de España (p.29) […] La polémica se agita en el campo del joven liberalismo español. Los más decididos sostienen que es necesario derrotar al invasor, pero, al mismo tiempo, desarrollar un fuerte movimiento popular capaz de concretar la Revolución Democrática. Otro sector, los “afrancesados”, entienden que la instauración de un orden popular en España sólo puede lograrse concretando con los invasores. Los primeros confían en el protagonismo popular. Los segundos optan por una renovación “desde arriba”, para el pueblo pero sin el pueblo, librada a la voluntad de una fuerza extranjera.

Al capitán José de San Martín le toca vivir muy de cerca este drama, participando en sucesos que se graban indeleblemente en su memoria. El general Francisco María Solano Ortiz de Rozas, caraqueño, gobernador de Andalucía, con asiento en Cádiz, lo ha convertido en su ayudante. Este prestigioso militar manifiesta cierta propensión con los “afrancesados”. Con esa óptica —al producirse el levantamiento popular—, Solano vacila en jugar sus fuerzas contra el ejército invasor francés. Las masas asaltan el cuartel y le dan muerte, arrastrando luego su cuerpo por las calles. En este episodio, San Martín estuvo a punto de perder la vida, a manos de la enardecida multitud […] A pesar del afecto y de su intervención en los sucesos intentando disuadir a los atacantes, José Francisco no comparte la posición de los afrancesados (p.29).

Su alineamiento con las fuerzas españolas que enfrentan al ejército napoleónico se produce con toda decisión. La revolución iniciada como todo rechazo al invasor se ha convertido rápidamente en revolución democrática dirigida a concretar la soberanía popular, el crecimiento económico y la unión nacional. Por entonces, muchos entienden esta revolución como “Hispanoamericana”, conformando España y las “provincias americanas de ultramar” —ya no colonias— una poderosa nación en camino hacia la democracia y la modernización (p.30).

[…] La revolución democrática española, plagada de contradicciones y vacilaciones, combatiendo por un lado al invasor y, por otro, al absolutismo, ha avanzado en importantes transformaciones modernizadoras (desde la supresión de diezmos y reconocimiento de derechos ciudadanos hasta la convocatoria a Cortes para sancionar una Constitución y su resolución anticolonialista que juzga “provincias” —no colonias— a las posesiones de ultramar), pero en el terreno de las armas sucumbe ante el invasor francés. Allí se encuentra José Francisco de San Martín cuando —según la Historia Oficial— percibe un día, de pronto, el llamado de la selva misionera, la nostalgia por su cuna correntina, a la que ha abandonado hace casi tres décadas, y conmovido hasta lo más profundo de su ser, decide abandonar a España para buscar sus raíces telúricas, para regresar a “su” América a luchar ¡nada menos que contra el ejército al cual ha pertenecido y en el cual se ha jugado la vida tantas veces durante los últimos 22 años! (p.32).

            […] Lo que ocurre es que los historiadores liberales, revisionistas rosistas y, asimismo, los de la Historia Social, parten de la tesis mitrista según la cual los movimientos producidos en América entre 1809 y 1811 tuvieron carácter separatista, antihispánico, tesis que responde a la óptica de las burguesías comerciales de los puertos (que participan en esos procesos persiguiendo la apertura económica hacia los ingleses). Desconocen, en cambio, que los pueblos y los principales líderes revolucionarios estaban alentados por objetivos democráticos —“libertad, igualdad y fraternidad”— no secesionistas inicialmente, en tanto España vive, por entonces, una revolución similar, y que devendrán separatistas en la medida en que este último proceso se frustra (La distribución de estampas con efigies del rey cautivo, por French y Beruti, en los días de Mayo, la jura por Fernando VII por parte de la Primera Junta, la presencia de españoles en la misma, como Larrea y Matheu, y la postergación de la declaración de la independencia hasta 1816 se explican sólo por el carácter inicialmente democrático, no separatista, de la revolución).

            Sólo desde esa óptica es posible entender la decisión de San Martín, así como la de tantos otros españoles sumados a la lucha antiabsolutista en América.

            Pero si el movimiento de Mayo fuese independentista, separatista, desde sus inicios, si constituyese una guerra nacional contra España y brotase de un odio profundo a lo español, como lo señala Mitre, ¿por qué razón este teniente coronel del ejército español solicita el retiro con una excusa, inconsistente, para alejarse del cuerpo militar al que pertenece desde hace 23 años y ya transpuestas las fronteras españolas, incorporarse en América a un ejército enemigo del suyo? (p.34).

             […] Patricia Pasquali, por su parte, desde el mitrismo, señala que “Sabía que se exponía a que su reputación quedase tiznada en el juicio de muchos por la culpa de la traición”. Asimismo, Alberto Larrán de Vere —desde la misma vereda: Editorial Atlántida, Biblioteca Billiken— se apresura a proteger el alma de los escolares: “San Martín regresó por la justicia del movimiento estallado en Buenos Aires y no, por supuesto, como algunos pretenden tratarlo, poco menos que como desertor o prófugo”. Pero la disyuntiva es de hierro: si la revolución fuese antihispánica, probritánica, como surge de la Historia Oficial (libre importación, protección de Strangford y Canning, odio a España, etc.), San Martín desertó y se pasó al enemigo. Si, como sostiene Mitre, su propósito al venir al Río de la Plata fue la independencia, es decir, separar estas tierras de España, no le cabe otro calificativo —desde la perspectiva española— que el de traidor, aunque esto sea motivo de escándalo para los académicos y profesores de historia.

*El presente texto es un extracto de Seamos libres y lo demás no importa nada: vida de San Martín. Buenos Aires. Colihue. 2007. Es publicado con expresa autorización del autor.

Bibliografía:

  • Alberti, Juan Bautista (1954). Obras escogidas. Bs. As. Luz del día.
  • Anguera, A. Oriol (1954). Agonía interior del muy egregio señor José de San Martín y Matorras. Bs. As. Librería del Colegio.
  • Chávez, Fermín (1978). “La vida de José de San Martín, el gran Libertador de América”, en revista Siete Días. Bs. As.
  • Gandía, Enrique de (1968). Todo es Historia, N° 16.
  • García Hamilton, José Ignacio (2000). Don José, la vida de San Martín. Bs. As. Sudamericana.
  • Halperín Donghi, Tulio (1994). Historia contemporánea de América Latina. Bs. As. Alianza.
  • Pasquali, Patricia (1999). San Martín. La fuerza de la misión y la soledad de la gloria. Bs. As. Planeta.
  • Rosa, José María (1965). Historia argentina. Bs. As. Juan Granada.

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