Por Diego Velázquez
En este texto, el análisis se centra en las figuras del caudillo y el gaucho como ejes de la Identidad nacional, posicionando a Sarmiento como el primer escritor en busca una síntesis entre elementos culturales y políticos.
I Enfoque etnográfico
Tras la Independencia de 1816 y la reciente llegada de las “ciencias del espíritu”, la Argentina del siglo XIX estuvo marcada por las armas, las letras y la polarización de dos cosmovisiones: unitarios y federales. La raíz del conflicto residía en el rumbo ideológico que debía tomar la futura Constitución Nacional. Una primera lucha, intestina, por el sentido del «ser argentino» y la organización del territorio y sus recursos, seguida por el desafío intelectual de comunicar esa nueva realidad mediante una prosa científica y a la vez autóctona.
En este sentido, Domingo Faustino Sarmiento se abocó a estudiar el “hombre” en su contexto y en esta empresa provocó la crisis de la hermenéutica profana rioplatense, fundó la etnología argentina del siglo XIX a través de la hermenéutica romántica. Su teoría del caudillo, contenida en Facundo (1845), constituye una novedad etnográfica.
El carácter polisémico de la biografía del “Tigre de los llanos” permite que Sarmiento asuma el rol de un etnólogo pionero, pues, traza un paralelismo y a la vez una síntesis entre Quiroga y Rosas como productos culturales emergentes de la geografía, naturaleza, rituales y política locales. De esta manera, Sarmiento reconstruye a ambos caudillos como unidad de análisis de la joven etnología general de la época (Beguiristáin, 1993: 8).
“Facundo no ha muerto; está vivo en las tradiciones populares, en la política y revoluciones argentinas; en Rosas, su heredero, su complemento: su alma ha pasado a este otro molde, más acabado, más perfecto; y lo que en él era sólo instinto, iniciación, tendencia, convirtióse en Rosas en sistema, efecto y fin”. (Sarmiento, 2000: 25).
Si bien esta posición fue compartida por la Generación del 37’, es Sarmiento quien delineó un enfoque más etnológico y etnográfico que literario, diferenciándose así de sus contemporáneos. Dicha premisa se refleja ya desde el subtítulo: Civilización y Barbarie en las Pampas Argentinas. Esta generalización simbólica fue tan contundente que influyó no solo en todas las ciencias sociales argentinas sino también en nuestro imaginario colectivo al momento de interpretar histórica y semióticamente la otredad:
“El libro del loco Sarmiento es de lo mejor que se ha escrito contra mí ¡Así es cómo se ataca, señor! ¡Así es cómo se ataca! ¡Ya verá usted que nadie me defiende tan bien!”. [Rosas, en diálogo con Adolfo Saldías luego de leer la obra]. (Terán, 2007: 98).
II Etnología: etnografía etic y cultura
Siguiendo a Bórmida (1949) y Nolasco (2002), es posible sostener que Facundo anticipa preceptos de la etnología general del Plata. Pues, no solo describe, sino que también analiza comparativamente y, a un nivel micro, los signos y dinámicas de grupos sociales preindustriales y autóctonos: gauchos, indígenas y europeos. Así, su obra adquiere un carácter analítico atípico para su siglo. Aunque su taxonomía refleja prejuicios elitistas, su enfoque permite teorizar sobre arquetipos que se distancian de las categorías lógicas y axiológicas de la tradición erudita euro-occidental (Bórmida, 1949: 275):
“Aún podría añadir a estos tipos originales [gauchos] muchos otros igualmente curiosos, igualmente locales, si tuviesen, como los anteriores, la peculiaridad de revelar las costumbres nacionales, sin lo cual es imposible comprender nuestros personajes políticos ni el carácter primordial y americano de la sangrienta lucha que despedaza a la República Argentina. Andando esta historia, el lector va a descubrir por sí solo dónde se encuentra el rastreador, el baqueano, el gaucho malo y el cantor. Verá en los caudillos cuyos nombres han traspasado las fronteras argentinas y aun en aquellos que llenan el mundo con el horror de su nombre, el reflejo vivo de la situación interior del país, sus costumbres y su organización”. (Sarmiento, 2000: 73).
En efecto, para interpretar estos indicios, Sarmiento emplea la técnica etnográfica desde un enfoque etic. Como señala Guber (2001), esta perspectiva, texto y método corresponde a un observador externo que, distanciado del grupo estudiado, sistematiza la información mediante categorías propias. Sarmiento construye este corpus mediante una observación estructurada, apoyándose en registros de viajes, documentos oficiales, correspondencia y notas de campo: herramientas que reemplazan la observación participante tradicional. Como indica Orgaz (2007: 326), el autor organiza estratégicamente datos heterogéneos —desde pasajes literarios hasta actas de cabildo— para dotar a su etnografía de verosimilitud. El sanjuanino observa, recuerda, reflexiona y mediatiza todos esos datos a través de su prosa.
“Pero debo declarar que en los acontecimientos notables a que me refiero y que sirven de base a las explicaciones que doy, hay una exactitud intachable de que responderán los documentos públicos que sobre ellos existen. Quizás haya un momento en que, desembarazado de las preocupaciones que han precipitado la redacción de esta obrita, vuelva a refundirla en un plan nuevo, desnudándola de toda disgresión accidental y apoyándola en numerosos documentos oficiales, a que solo hago ahora una ligera referencia” (Sarmiento, 2000: 23).
Esta práctica no es solo descriptiva; es una aplicación técnica situada en la Argentina de mediados del siglo XIX, donde el gaucho y el caudillo emergen como ejes centrales de la lucha política, de la fuerza militar, del modelo económico, de la temática literaria y, en definitiva, de la administración del estado. Respecto al concepto cultura, Roberto Marafioti (2008) sugiere que Sarmiento se inscribe en un periodo de transición: la etnología comienza a abandonar el etnocentrismo radical para enfocarse en la descripción exclusiva de las prácticas sociales. En la prosa sarmientina entonces, “cultura” y “civilización” operan como términos intercambiables: ambos ligados a la construcción de la ciudadanía. No obstante, el literato se mueve en una encrucijada teórica, pues, necesaria e inevitablemente, debe integrar la lógica mecánica de la hermenéutica profana cuyo referente máximo era Voltaire, con la visión orgánica de la nueva hermenéutica romántica prefigurada por Herder (Pró, 1972: 197; Villamil, 2005: 146). Esta tensión concede a Facundo una doble complejidad: no es solo un relato histórico, literario o panfleto político, sino un intento científico por decodificar la nación a través de sus actores sociales principales.
III Hermenéutica profana y hermenéutica romántica
a) El paradigma iluminista rioplatense
Si retomamos y adaptamos las ideas de Thomas Kuhn (2006), podemos inferir que la etnología rioplatense transitó desde una etapa pre-científica —compuesta por relatos fragmentarios e inconsistentes de cronistas y jesuitas— hacia una fase de ciencia normal que se consolidó por la actividad erudita y guerrera de la generación iluminista. Este periodo se articuló en torno a un paradigma o conjunto de creencias, valores y soluciones técnicas compartidas por esa comunidad, centradas en la ratio del viejo continente para resolver problemas específicos: invasiones inglesas, reconquista, cabildo abierto, primera junta e independencia. En el Río de la Plata, este marco conceptual tomó a la “razón” como eje absoluto del progreso, valorizando el legado político y discursivo de la Revolución de Mayo (Carballeda, 2002: 3).
“La guerra de la revolución argentina ha sido doble: primero, guerra de las ciudades iniciadas en la cultura europea, contra los españoles, a fin de dar mayor ensanche a esa cultura; segundo, guerra de los caudillos contra las ciudades, a fin de librarse de toda sujeción civil y desenvolver su carácter y su odio contra la civilización. Las ciudades triunfan de los españoles, y las campañas de las ciudades. He aquí explicado el enigma de la revolución argentina, cuyo primer tiro se disparó en 1810 y el último aún no ha sonado todavía”. (Sarmiento, 2000: 88).
Como señala Diego F. Pró (1972), el iluminismo rioplatense adoptó la hermenéutica profana porque confiaba en su carácter estrictamente mecanicista para resolver los problemas. Bajo su lógica, la naturaleza, el hombre y la historia operaban como engranajes determinados por leyes de causa y efecto.
Para ellos, el mundo era un sistema predecible y perfectible mediante el intelecto, donde la acción humana buscaban el dominio técnico sobre el entorno. En contraste, el romanticismo sarmientino invertiría esta jerarquía, proponiendo una visión orgánica donde los sujetos y el paisaje son expresiones inseparables de un espíritu nacional trascendente:
“Los hombres de la ilustración consideraban la naturaleza, el hombre y la historia desde el punto de vista mecánico. Belgrano y San Martín, en sus campañas dominaban los caminos. Belgrano parte a Paraguay en 1811 y en pleno verano, en el mes de diciembre, lo encontramos cruzando el Río Paraná con su ejército. Llega a Paraguay después de muchas penurias, pero siempre con la actitud de dominio sobre la naturaleza. Lo propio se puede decir de San Martín en su campaña de Los Andes, Chile y Perú, con una úlcera en el estómago. Estos hombres, lo mismo que los que después actúan en torno a Rivadavia, colocan en el centro al hombre, después al Estado y la naturaleza. Los románticos invierten esa secuencia de los temas, como se advierte en Recuerdos de Provincia y Facundo. (Pró, 1972: 207).
Contrariamente, desde el punto de vista romántico-organicista, los sujetos, los objetos y las acciones son parte inseparable de la naturaleza y se desarrollan en paralelo a partir de un propósito providencial (una ley interna, esencia o espíritu) que actualmente denominamos folclore. Facundo comienza con la descripción de la naturaleza (paisaje y medio ambiente) que prefiguran, en primer lugar, a la historia y luego, al gaucho: “baquiano, rastreador, malo y cantor”. Estos tres tipos sociales confluyen y dan forma a su máximo exponente: “el caudillo”. En definitiva, Sarmiento quiere desentrañar el significado oculto de la naturaleza pampeana, de la Confederación Argentina y del gaucho, para encontrar el sentido práctico del conocimiento y de la vida con el fin de superar ese sentido mecánico, lógico y literal. Para ilustrar esta ruptura paradigmática y la oposición mecanicismo-organicismo, el maestro sanjuanino recurre a la comparación de dos figuras antitéticas que resumen el conflicto de la nacionalidad: el bárbaro Quiroga y el civilizado manco Paz.
“(…) dignas personificaciones de las dos tendencias que van a disputarse el dominio de la República. Facundo, ignorante, bárbaro, que ha llevado por largos años una vida errante que sólo alumbran de vez en cuando los reflejos siniestros del puñal que gira en torno suyo; valiente hasta la temeridad, dotado de fuerzas hercúleas, gaucho de a caballo como el primero, dominándolo todo por la violencia y el terror, no conoce más poder que el de la fuerza brutal, no tiene fe sino en el caballo; todo lo espera del valor, de la lanza, del empuje terrible de sus cargas de caballería. ¿Dónde encontraréis en la República Argentina un tipo más acabado del ideal del gaucho malo? ¿Creéis que es torpeza dejar en la ciudad su infantería y su artillería? No; es instinto, es gala de gaucho: la infantería deshonraría el triunfo, cuyos laureles debe coger desde a caballo. […] Paz es, por el contrario, el hijo legítimo de la ciudad, el representante más cumplido del poder de los pueblos civilizados. Lavalle, Madrid y tantos otros son argentinos siempre, soldados de caballería, brillantes como Murat, si se quiere; pero el instinto gaucho se abre paso por entre la coraza y las charreteras. Paz es militar a la europea: no cree en el valor solo si no subordina a la táctica, a la estrategia y a la disciplina; apenas sabe andar a caballo; es además manco y no puede manejar una lanza. La ostentación de fuerzas numerosas le incomoda; pocos soldados, pero bien instruidos. Dejadle formar un ejército; esperad que os diga ya está en estado, y concededle que escoja el terreno en que ha de dar la batalla, y podéis fiarle entonces la suerte de la República. Es el espíritu guerrero de la Europa hasta en el arma que ha servido: es artillero y por tanto matemático, científico, calculador. Una batalla es un problema que resolverá por ecuaciones, hasta daros la incógnita, que es la victoria”. (Sarmiento, 2000: 173/4).
Dicha contraposición ejemplifica de modo cabal el choque entre el mecanicismo ilustrado, representado por la precisión matemática de Paz, y el organicismo romántico, encarnado en la fuerza instintiva y natural de Quiroga. Entonces, frente a la historia vista como un proceso de civilizaciones que avanzan de una manera homogénea y lineal, a través de la razón, por parte de los ilustrados, el romántico Sarmiento busca dotar de épica a ese pasado e introduce la idea de Argentina como una totalidad etnológica en sí misma (Díaz de Rada, 2003: 239).
b) Un nuevo paradigma: hermenéutica romántica
La fase revolucionaria de la etnología argentina del siglo XIX se consolida entonces en el momento en que Sarmiento transforma la acumulación de datos sobre el hombre rioplatense en un cuerpo de saberes con rigor científico y sistemático, pero agregando el elemento popular. Este cambio de paradigma, que trasciende la mera recopilación subjetiva, permitió que los elementos de la cultura local —espacio, artefactos y lenguaje— fueran analizados bajo una nueva óptica profesional:
“Las ciencias antropológicas, desde su constitución como disciplinas científicas, fueron penetradas por la tentación de entender la diversidad como lo exótico… Podríamos afirmar que la configuración de tales disciplinas deviene del proceso de construcción de nuestra ‘comunidad imaginada’… elaborada por los hombres de la denominada Generación del 37”. (Garbulsky, 2003: 309).
Para fundamentar esta ruptura, Sarmiento readapta la tesis de Víctor Cousin (1947) sobre la génesis de las grandes figuras históricas. Su enfoque sostiene que no existe una racionalidad universal abstracta, sino que en cada cultura emerge un tipo social local que actúa como catalizador del espíritu regional. Este sujeto condensa las aspiraciones colectivas e interpreta las demandas de su era hacia un propósito definido, integrando la identidad nacional en su propia personalidad. Bajo este marco, Sarmiento analiza al caudillo como una existencia histórica que refleja los prejuicios e ideales de la sociedad. Figuras como Rosas o Quiroga se convierten, bajo la hermenéutica romántica, en expresiones necesarias de la realidad nacional ¿Qué significa, en definitiva, Rosas para Sarmiento?
“Una manifestación social, es una fórmula, de una manera de ser de un pueblo, de sus preocupaciones e instintos… Un caudillo que encabeza un gran movimiento social, no es más que el espejo en que se reflejan, en dimensiones colosales, las creencias, las necesidades, preocupaciones y hábitos de una nación, en una época dada de su historia”. (Sarmiento, 2000: 30).
Bajo esta premisa, la figura del líder político deja de ser un evento lógico, mecánico o causal para convertirse en una expresión popular y anti académica de la realidad. En este sentido, el caudillo opera como un espejo de la nación. Esta interpretación etnológica condensa la teoría romántica del «gran hombre», donde el caudillo es la continuidad complementaria del estado-nación y viceversa.
Conclusión
Facundo constituye uno de los textos fundacionales de la etnología argentina del siglo XIX, pues, cumple con todos los rasgos de una etnografía etic. Tal como se planteó en la introducción, la hipótesis de Sarmiento logra integrar la hermenéutica romántica como eje interpretativo central, superando la hermenéutica profana y proponiendo la teoría del caudillo de manera sistemática que, para esa época, fue una novedad.
En el desarrollo sobre la etnología del Plata, hemos evidenciado cómo el sanjuanino describe en su etnografía al gaucho y al caudillo, otorgándoles un carácter científico que trasciende la simple observación. Finalmente, el análisis de la hermenéutica profana y romántica permitió distinguir la transición paradigmática: el abandono del mecanicismo iluminista a favor de una lógica orgánica, donde el caudillo deja de ser una anomalía para transformarse en el espejo necesario de las tensiones e instintos de la nación.
En suma, el legado de Sarmiento no solo reside en su prosa, sino en haber configurado un modelo interpretativo vigente para la comprensión de la otredad y la identidad en las ciencias sociales argentinas. Por cuestiones de extensión, solo nos hemos ocupado únicamente de la etapa romántica del padre del aula. No obstante, sabemos que perteneció también a la Generación del 80’ de raigambre positivista y buscará, a través de Conflictos y Armonías de las razas en América perfeccionar sus ideas. Luego del gaucho vendrá el inmigrante, el compadrito, el cabecita negra, el rockero clandestino, el villero, etc. No obstante, siempre discutimos con la misma fórmula sarmientina: “civilización y barbarie”. Es decir, persiste una etnología del otro y no, del nosotros. Allí, reside la vigencia de Facundo en particular y de Sarmiento en general.

Bibliografía:
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