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Sarmiento: zonceras y significantes vacíos

Por Marcelo Ibarra

El ensayo rescata el aporte político y pedagógico del prócer sanjuanino, quien ha sido tergiversado por el liberalismo argentino.

I. Sintagmas bárbaros

            Ha sido tema de profundos debates el tópico de “civilización y barbarie” que introduce Domingo Faustino Sarmiento en Facundo (1845), su obra más renombrada y estudiada. Hoy, es un lugar común atacar al prócer sanjuanino por su concepción europeizante de la cultura, la civilización y la modernidad. De hecho, coinciden con él en esta manera de ver el mundo Juan Bautista Alberdi (“En América, todo lo que no es europeo es bárbaro”) y Esteban Echeverría (“Llamaban ellos salvaje unitario a todo el que no era degollador, carnicero, ni salvaje, ni ladrón”).

En su clásico Literatura argentina y realidad política, David Viñas plantea que la Generación del ‘37, a partir de una pretensión de síntesis entre lo americano y lo europeo, avanza hacia una polarización y genera una antinomia, donde lo europeo está totalmente idealizado, como aceptable y esperado. En tanto, lo propio, lo inmediato, queda en el otro extremo, como en una fractura maniquea.

A partir de esta antinomia señalada por Viñas, postulamos, a modo de hipótesis, que el proyecto de escritura de Sarmiento consiste en invertir los componentes del signo (significado/significante, siguiendo a Ferdinard de Saussure) para vehiculizar una transmutación sémica del concepto de “barbarie”. Tanto en Facundo como en Viajes, lo “bárbaro” no se refiere como en el mundo de la Grecia antigua o del Imperio romano al extranjero, al otro, al salvaje que viene de afuera sin compartir nuestro código lingüístico, a invadirnos, tal fue el caso de los dorios y los cartagineses de ambos imperios mencionados. En el caso del prócer sanjuanino, lo bárbaro es lo propio (Facundo Quiroga, el gaucho, el poncho, las montoneras), y lo civilizado es lo extranjero (Estados Unidos, el farmer como modelo individual de producción, el frac como vestimenta, la fuerza naval inglesa y el francés como lengua culta).

En este punto, conviene reivindicar la propuesta semiológica de Ernesto Laclau, autor del célebre La razón populista (2005). En ocasión de un coloquio brindado en 2007 en la UNSaM, Laclau explicó cómo hizo para que el término “populismo” dejara de ser una mala palabra para muchos. “Hice lo que los cristianos con la cruz, que era un signo de oprobio y ellos la transformaron en algo positivo. En el sentido que yo lo planteo, populismo son las demandas de los de abajo que todavía no están demasiado inscriptas en el discurso político, pero que empiezan a expresarse. Es en ese sentido que pienso que el populismo es un fenómeno positivo”.

Esta operatoria laclauniana respecto al populismo, por novedosa que resulte, fue efectuada por Sarmiento un siglo y medio antes para referirse a la barbarie. De hecho, hubo muy pocos casos en la historia que intentaron de-construir el signo “barbarie” del pensamiento sarmientino, por caso, Arturo Jauretche, quien identificó la dicotomía Civilización/barbarie como “la madre de todas las zonceras”, pero no muchos más.

Deberíamos indagar, por más incómodo que nos parezca, por qué aún hoy lo bárbaro sigue siendo lo propio y, por otra parte, civilizado alude a lo europeo. Quizás en Laclau hallemos la punta del ovillo. En La Razón populista, afirma: “toda identidad social (es decir, discursiva) es constituida en el punto de encuentro de la diferencia y la equivalencia, del mismo modo que las identidades lingüísticas constituyen la sede de relaciones sintagmáticas de combinación y de relaciones paradigmáticas de sustitución” (2005: 90).

¿Esto qué significa? ¿Puede pensarse a la barbarie como el signo constituyente de la identidad antipopular, clasista, antiperonista, a lo largo de la historia? Laclau esgrime que “cualquier identidad popular requiere ser condensada en torno a algunos significantes (palabras, imágenes) que se refieren a la cadena equivalencial como totalidad”. Y continúa: “Cuanto más extendida es la cadena, menos ligados van a estar estos significantes a sus demandas particulares originales (…) la identidad popular se vuelve cada vez más plena desde un punto de vista extensivo, ya que representa una cadena siempre mayor de demandas; pero se vuelve intensivamente más pobre, porque debe despojarse de contenidos particulares a fin de abarcar demandas sociales que son totalmente heterogéneas entre sí. Esto es: una identidad popular funciona como un significante tendencialmente vacío” (106-7).

Cambiemos populismo en Laclau por barbarie en Sarmiento y la teoría se sostiene con solidez. Digamos, entonces, que la gran identidad antipopular es la que sostiene una mirada negativa hacia lo nacional y positiva hacia lo foráneo.

II Romantizar las antinomias

Estamos en el período histórico de Juan Manuel de Rosas. La extensa bibliografía de historia liberal nos ha inoculado en manuales y biografías los términos “Régimen”, “Dictadura” para referirse al Brigadier y “fuerza para-policial” para aludir a La Mazorca. En ese contexto, nace la literatura argentina, según Viñas, a través de plumas enroladas en el movimiento artístico más importante del siglo XIX: el Romanticismo.

Remarquemos que la mirada romántica siempre ha sido dual y, además, explica Viñas, es razón y origen de profundas dicotomías: “lo idealizado contra lo real en Mármol, la civilización contra la barbarie en Sarmiento, el europeo opuesto al criollo, el gringo reemplazando al gaucho, la ciudad en guerra con el campo”.

            En el capítulo I del Facundo, nos encontramos con esta descripción de Sarmiento: “Da compasión y vergüenza en la República Argentina comparar la colonia alemana o escocesa del sur de Buenos Aires y la villa que se forma en el interior: en la primera, las casitas son pintadas; el frente de la casa, siempre aseado, adornado de flores y arbustillos graciosos; el amueblado, sencillo, pero completo; la vajilla, de cobre o estaño, reluciente siempre; la cama, con cortinillas graciosas, y los habitantes, en un movimiento y acción continuos. Ordeñando vacas, fabricando mantequilla y quesos, han logrado algunas familias hacer fortunas colosales y retirarse a la ciudad, a gozar de las comodidades” (p.38: 2007).

Y agrega en el siguiente párrafo: “La villa nacional es el reverso indigno de esta medalla: niños sucios y cubiertos de harapos, viven en una jauría de perros; hombres tendidos por el suelo, en la más completa inacción; el desaseo y la pobreza por todas partes; una mesita y petacas por todo amueblado; ranchos miserables por habitación, y un aspecto general de barbarie y de incuria los hacen notables” (op. cit).

Desde ya, este tipo de contrastes no se circunscribe al Facundo, sino que también lo hallamos en los Viajes. A la hora de describir buques y viajes, Sarmiento opone el Rio de la Plata al Támesis y al Hudson:  “El Hudson o el Támesis no pueden ser cantados así; los vapores que hienden sus aguas, las barcas cargadas de mercaderías, aquel hormiguear del hombre, aforradas sus plantas en cascos, no deja ver esa soledad del Rio de la Plata, reflejo de la soledad de la Pampa que no alegran alquerías…No hai astilleros, ni vida, ni hombre; hai solo la naturaleza bruta, tal como salió de las manos del criador, i tal como la perpetúa la impotencia del pueblo que habita sus orilla. … En la imaginación española, no entra el progreso rápido, súbito que en los Estados Unidos transforma un bosque en una capital, un eriazo en una provincia que manda sus diputados al congreso.” (p.66).

Resulta suficientemente claro que esa soledad del Rio de la Plata implica “el aquí” y también la pobreza, la falta de progreso y ambición de sus habitantes herederos del tradicionalismo español, frente “al allá”, la prosperidad, la cultura, el auge europeo y estadounidense.

Si bien los románticos argentinos han idealizado lo europeo, en el caso de Sarmiento su enfoque apunta más hacia los Estados Unidos: “Pero donde el lujo y la grandeza norte-americanas se ostentan sin rival en la tierra, es en los vapores de los ríos del norte. ¡Cloacas o cáscaras de nuez parecerían a su lado los que navegan en el Mediterráneo! Son palacios flotantes de tres pisos, con galerías i azoteas para pasearse”.

Y continúa: “El sud-americano que acaba de desembarcar en Europa, donde se ha estasiado admirando los progresos de la industria i el poder del hombre, se pregunta atónito al ver aquellas colosales construcciones americanas, si realmente la Europa está a la cabeza de la civilización del mundo. Marinos franceses, ingleses i sardos, he visto espresar sin disimulo su asombro de encontrarse tan pequeños, tan atrás de este pueblo jigantesco” (p.347). En este caso, es evidente la fascinación del autor por el país del norte.

El tópico soporta una vuelta de tuerca más: la antinomia más notable es la que se establece entre civilización y barbarie cuando irrumpe en “El matadero” de Echeverría el personaje unitario, representante de la civilización, mientras que en el otro polo los “dogos de matadero”, con Matasiete a la cabeza, representan la barbarie. En términos de Viñas, el lenguaje del personaje del unitario resulta “idealizado y frustrado, estéticamente falso”. “La librea es para vosotros, esclavos, no para los hombres libres”, replica cuando le preguntan por qué no lleva divisa. Una respuesta del mismo estilo brinda cuando le consultan por qué no lleva luto en el sombrero, que según Echeverría se impuso tras la muerte de Encarnación Ezcurra, esposa de Rosas. “Lo llevo en el corazón por la patria que vosotros habéis asesinado, infames”, retruca, altanero y racional.

Se comprueba que los personajes referidos al signo de lo europeo —parafraseando a Viñas— y que se remiten a lo que no está ahí y a lo ideal “aparecen sometidos a convenciones, se amaneran y se frustran”. “El cielo que se nos promete a través del “allá” no está poblado de paradigmas sino de clichés”, es un postulado que puede aplicarse tanto a Mármol como a Echeverría. Este es un muy puntual ejemplo de la polarización donde el unitario es la figura del bien, de la cultura, del allá con abundancia, “silla inglesa” incluida, y Matasiete, el federal, el acá, el carnicero y brutal.

III ¿De quién es Sarmiento?

            Con motivo de un nuevo aniversario del paso a la inmortalidad de Sarmiento, el Presidente de la Nación publicó un video realizado con inteligencia artificial. En el engendro audiovisual, Milei fuerza algunas coincidencias con Sarmiento, como que a ambos los apodaron “locos”. En el caso del prócer sanjuanino, fundó el Colegio Militar de la Nación, creó la Flota Naval Militar para evitar la apropiación de la Patagonia por parte de Chile, promovió el tendido de vías de ferrocarriles que unieran el país y no tuvieran como destino solamente el puerto de Buenos Aires, creó el Observatorio Nacional y el Servicio Meteorológico Nacional, impulsó la ciencia y la técnica, hizo la primera exposición industrial argentina en Córdoba, propuso la constitución de “farmers”, al estilo estadounidense, para evitar la monopolización de la tierra como lo había establecido la oligarquía agrícola-ganadera:

“Los poseedores de vastas estensiones de territorio desierto están además obligados a contribuir a todas las cargas del Estado i cuando están ausentes i atrasados en el pago, el sheriff toma una porción de terreno i la vende en pública subasta. De este modo, la lei cuida que los propietarios ricos no monopolicen la tierra, esperando sin culivarla aprovechar del valor accesorio i progresivo que le va dando el tiempo” (Viajes, p.331-2).

            Obviamente, el aporte más importante de Sarmiento es en materia educativa. No propuso vouchers como Milei ni educación en casa, todo lo contrario, el autor del Facundo fue el único político de América Latina del siglo XIX que impulsó la educación popular bajo el lema “hay que educar al soberano”, creó muchos de los colegios nacionales del territorio nacional y llenó de escuelas el país. Fue el patrocinador de la escuela laica, estatal, obligatoria y gratuita.

Además, creó nuevos métodos de enseñanza y fue considerado uno de los grandes pedagogos del siglo XIX, no solo de América Latina, sino del mundo. Argentina se convirtió en el país más alfabetizado del continente gracias a las ideas de Sarmiento, quien señalaba que había que educar a los pobres, no a las élites. Al revés de lo que hacen los liberales actuales.

Bibliografía

Alberdi, Juan Bautista (2009). “Bases y puntos de partida para la organización política de la República de Argentina”, en El pensamiento de Juan Bautista Alberdi, Buenos Aires, El Ateneo.

Echeverría, Esteban (1974). “El Matadero”, en La Cautiva, Buenos Aires, Editorial Huemul.

Laclau, Ernesto (2005). La razón populista. FCE. Buenos Aires.

Sarmiento, Domingo Faustino (2003). Viajes por Europa, África y América. Biblioteca virtual universal, http://www.biblioteca.org.ar/libros/70551.pdf

Sarmiento, D.F (2007). Facundo: civilización y barbarie. Longseller. Buenos Aires.

Viñas, David (1996). Literatura argentina y realidad política, Buenos Aires, Editorial Sudamericana.


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