Por Juan Domingo Perón
Discurso del Presidente de la Nación pronunciado el 13 de junio de 1955, tres días antes de los nefastos bombardeos a Plaza de Mayo, en medio de la escalada de violencia con la conducción de la Iglesia y un sector de la Marina.
Una vez más nuestra lucha inquebrantable por la liberación del pueblo argentino nos enfrenta con la reacción y con las consabidas violencias de su histerismo.
En cierto momento pensé que la oligarquía estaba ya definitivamente vencida y que los numerosos fracasos de sus empresas antipopulares, siempre al margen de la ley, de la justicia y de la democracia y siempre respaldadas por alguna fuerza internacional, habían persuadido a nuestros adversarios y enemigos acerca de la necesidad de trabajar en paz por la felicidad común y por la grandeza nacional.
Una de las formas de la oligarquía que nunca abandonó del todo la lucha fue precisamente la oligarquía clerical. Durante doce años el gobierno trató, por todos los medios posibles, de obtener la armonía total en sus relaciones con la jerarquía eclesiástica.
En cambio, el gobierno hizo todo lo posible para sostener material y moralmente la acción del clero. Tanto una como otra forma de sostenimiento le fue otorgada con exceso. El pueblo argentino es un testigo insobornable de todo lo que el gobierno realizó en ese sentido. Yo entendía que era mi deber, como gobernante del pueblo, tratar de separar y liberar al clero de sus antiguos compromisos con la oligarquía, para facilitar la independencia de su acción a fin de que pudiese servir al pueblo y no servir a la oligarquía.
Desgraciadamente, cierto sector del clero —con cuyo materialismo y soberbia se ha solidarizado ahora prácticamente toda la jerarquía eclesiástica— no pudo ser persuadido por nuestra acción. Muchas veces llegaron hasta mí las organizaciones sindicales que, con la experiencia de sus luchas, conocen bien a los enemigos del pueblo, y me señalaron el peligro que significaba nuestra actitud positiva frente al clero.
He declarado ya que desde 1943 cierto sector del clero —el clero que vive de las prebendas de las damas oligarcas— se enfrentó con nuestro movimiento, que nunca dejó de ser cristiano por su carácter solidario, humilde, y por todo cuanto hemos hecho, más que por todo lo que hemos dicho.
Recuerdo, por ejemplo, la lucha sistemática contra la persona y contra la obra social de la señora Eva Perón y de su benemérita Fundación; la campaña de calumnias y difamaciones de que fueron objeto las mujeres del Partido Peronista Femenino, campaña carente de todo espíritu cristiano y totalmente injusta; las actitudes de numerosos miembros del clero que se negaron cuando éste trató de realizar oficios religiosos por la salud o la memoria de la señora Eva Perón; el desprecio por la organización obrera que se agrupa en la Confederación General del Trabajo; las campañas organizadas contra la posición ideológica del movimiento peronista, posición de paz para la reconciliación del mundo; la prédica de rumores destinados a lograr el desprestigio de los hombres de gobierno mediante las más dispares acusaciones; las campañas tendientes a crear el descrédito del gobierno en el exterior de la República; los ataques injustificados contra las organizaciones juveniles y las más infames calumnias contra las actividades que ellas realizan a puertas abiertas, etcétera.
He querido referirme tan sólo a la dolorosa historia de nuestras relaciones con la oligarquía clerical. Los acontecimientos de estos últimos tiempos y los hechos ignominiosos de estos últimos días los conoce todo el país.
Antes que la infamia organizada y la traición deleznable provoquen una explosión incontenible de ira en nuestro pueblo, que está a punto de estallar, yo deseo exponer con toda claridad la posición y las decisiones adoptadas por el Poder Ejecutivo frente a la situación que denunciamos como una verdadera agresión interna e internacional contra el pueblo argentino, justo, libre y soberano.
Frente a los actos de violencia que son de dominio público y que el 11 de junio tuvieron como escenario la Plaza de Mayo, plaza del Congreso y diversas calles de la ciudad, deseo hacer llegar al pueblo la palabra del gobierno para llamar a la cordura a los exaltados que pretenden resolver por la violencia lo que en los pueblos civilizados debe alcanzarse por la vía legal de la opinión mayoritaria.
A los que de mala fe pretendan aprovechar esta situación para crear un clima artificial de subversión, les advierto que los conocemos y muy bien. Estos hechos tienen un gran parecido con los sucesos que ocasionaron el famoso picnic de la plaza San Martín.
Sin duda, van a tener si insisten un desenlace también similar, sólo que deseo desde ya deslindar responsabilidades por los extremos a que pueda llegarse en la represión popular de los mismos.
Los que siembran vientos pueden cosechar tempestades. Hasta ahora el gobierno puede haber aparentado debilidad en su deseo de mantener el orden sin violencias. El lujo de ser débil solamente se lo puede dar un gobierno que es realmente fuerte. El gobierno fuerte es aquel que, como nosotros, cuenta con el apoyo decidido y activo del pueblo.
Es indudable que, o se ha perdido todo control o, de lo contrario, se trata de actos subversivos que el gobierno, en defensa del orden, está en la obligación de evitar por cualquier medio.
Sabemos que aparecerán ahora de nuevo los eternos revolucionarios de café que giran en su provecho la supuesta participación de jefes de las Fuerzas Armadas y de las unidades de la Policía, del Ejército, de la Marina o la Aviación. A ésos los conocemos bien, como también conocemos a los jefes mencionados y sabemos además de su patriotismo y acatamiento a la autoridad civil de la nación. Por eso no nos inquieta, ni nos inquietará en manera alguna, que estos promotores de motines sigan girando en blanco el nombre de quienes los conocen tan bien como los conocemos nosotros.
Sin embargo, no estará de más que les advierta que ya hemos tolerado demasiado sus desmanes, que el pueblo está ya cansándose de sus impertinencias de todo orden y que un día pueden llegar a provocar reacciones difíciles de prever en sus consecuencias. Como una conducta general es necesario recordar la consigna de las horas de vigilia y observación: del trabajo a casa y de casa al trabajo.
No actuar, sino en contacto y coordinación con la policía por los comandos tácticos. Yo impartiré cualquier otra orden en cada caso por los medios correspondientes. Atentos y vigilantes, es la consigna. Por cada hombre que puedan poner nuestros enemigos nosotros podemos poner diez y diez veces más hombres que los suyos.
Por eso recomiendo calma y tranquilidad. Nosotros somos serios y somos responsables. No debemos dar espectáculos como los que dieron ellos. Nuestras organizaciones disciplinadas y orgánicas no pueden perder su prestigio en chirinadas intrascendentes e inoperantes.

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Un comentario en “Nuestra lucha es contra la oligarquía”