Por John William Cooke
Bajo el título “El 17 de Octubre”, el dirigente peronista brindó esta vigente reflexión en 1959, en medio de la proscripción del peronismo.
Para los que participamos en los sucesos del 17 de octubre de 1945, la mención de esa fecha tiene acentos mágicos que desatan en nosotros violentas ondas emocionales. Pero, al margen del contenido partidario de la evocación, el 17 de octubre encierra profundos significados que deben forzar la meditación de todos los que militan en el frente revolucionario contra la opresión oligarco-imperialista. Recrear los hechos, evocarlos y rendirles homenaje puede ser considerado una actividad propia del peronismo. Pero analizarlos en su esencia es parte indispensable de la tarea que culminará con la liberación nacional.
El sistema de opresión que padecemos no será derrotado por ninguna combinación político-electoral ni por acuerdos entre los oprimidos y los expoliadores. Únicamente los papanatas pueden creer que la oligarquía cede nada graciosamente o en homenaje a presiones morales, espirituales o ideológicas. Para probarlo está toda la historia del mundo y toda la historia argentina. Los grupos privilegiados proclaman principios liberales, pero se apartan de ellos cuando el ser consecuente con esos enunciados implica el peligro de un ascenso popular. Del fraude patriótico de la “década infame” a las reglamentaciones político-electorales hoy vigentes, hay diferencias de procedimientos, pero no de fondo: son lo que Yrigoyen llamó “variantes de una misma ignominia”. Queda, entonces, un solo camino para poner fin al régimen instaurado en septiembre de 1955: hay que hacer una gran política de masas, con participación de todo el pueblo en la hazaña nacional liberadora.
Y aquí reside la gran enseñanza, el gran ejemplo del 17 de octubre. Allí existió una movilización espontánea de la clase trabajadora, que rompió los artificiales casilleros que encuadraban el país en una serie de denominaciones que respondían al formalismo político y no a la realidad nacional. Las masas argentinas, reducidas hasta entonces a comparsas electorales de los partidos «tradicionales» o limitadas a pequeñas luchas estériles en los organismos sindicales, irrumpieron con violencia para poner soluciones. Cien años de declamación de las cacatúas coloniales no impidieron que los «descamisados» intuyeran una verdad fundamental: que no se estaba dilucidando un episodio político convencional sino algo mucho más serio y de cuyo resultado dependía la suerte por muchos años de cada hogar humilde.
Todo lo que podemos llamar «clase dirigente» (partidos políticos, profesores universitarios, prensa, academia, etc., etc.) quedó desconocido y superado. Y también quedaron superados los cuadros que, perteneciendo a la clase trabajadora, no comprendieron o no quisieron comprender lo que la masa entendía en su desnudez esencial.
El organismo de conducción obrera podía ponerse al frente del movimiento o traicionarlo, pero no detenerlo. La huelga se decretó para el 18 de octubre, y ya el 17 nadie trabajaba. Eso es lo fundamental del 17 de octubre: el pueblo dando una batalla directa a la oligarquía y triunfando como consecuencia de una política de masas.
Lo demás es episódico y abierto a la controversia. Que algunos organismos del gobierno no reprimieron con la debida energía el levantamiento popular, es cosa que no negamos, pero eso sólo puede entristecer a la propia oligarquía, que no contó en esa oportunidad con fuerzas pretorianas suficientemente eficaces o dispuestas. Que el 17 de octubre sea glorificado por algunos oportunistas que entonces fueron los primeros en irritarse por el atrevimiento de la chusma es algo que no puede sorprender a nadie. Pero al lado de esas conversaciones sospechosas y de ninguna importancia, hay cambios en los puntos de vista de algunos sectores cuya ubicación natural está en las filas del pueblo.
Me refiero, entre otros, a muchos núcleos del estudiantado, que buscan participar en la lucha del pueblo contra sus enemigos. A ellos les conviene especialmente estudiar los sucesos del 17 de octubre a la luz de la experiencia recientemente adquirida en cuatro años de gobierno oligárquico. La Reforma fue un Movimiento por la unidad latinoamericana para la emancipación continental, con el estudiantado actuando junto a las masas enterradas en la esclavitud colonial. Pero disminuida su dinámica inicial, traicionada por muchos de sus dirigentes, los estudiantes se vieron arrastrados a posiciones cuya formulación era izquierdista pequeño burguesa, pero cuya trascendencia práctica resultaba en un aporte a los engranajes del imperialismo. Así, no resulta extraño que hayan colaborado en la agitación para derrocar a Yrigoyen, o que no hayan advertido que es lo que pasó el 17 de octubre o que fuerzas inspiraban el golpe septembrino del 55. Pero ya hace mucho tiempo que se advierte el empeño de muchos por encauzar al estudiantado en el movimiento popular, que necesita de ellos.
Toda la palabrería de los partidos y prohombres liberales gira alrededor del pueblo, concebido como una abstracción que se mueve en un mundo platónico de puras ideas. El 17 de octubre fue la rebelión, en carne y hueso, de ese pueblo a cuyo fantasma hablaban los lenguaraces políticos y en cuya representación decían actuar. Y vino para quedarse. Diez años le llevó al imperialismo reconquistar el gobierno. Pero, aunque ha reconstruido el aparato de opresión, el pueblo sigue allí, en carne y hueso, combatiente y hostil, esperando su hora. Ya nadie habla falsamente en su nombre, ni lo adormece en los paraísos artificiales de los derechos teóricos. Obreros, estudiantes, gente de clase media, hombres y mujeres del campo forman el frente de liberación. Invencible, como el 17 de octubre.
Publicado en Soluciones, año I, Nº 2, 15 de octubre de 1959.
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Un comentario en “Un frente revolucionario contra la opresión oligarco-imperialista”