El ensayo corresponde al capítulo II de Tierra y Figura, publicado por Editorial Las Cuarenta. El mandato pindárico «deviene el que eres» y el délfico «conócete a ti mismo» se conjugan con la doctrina oriental del karma para fundamentar el proceso de autognosis en su temple heroico.
Por Carlos Astrada
Eres extenso entre todos los héroes.
Otros fueron de mesa en mesa,
de encrucijada en torbellino,
tú fuiste construido de confines,
y empezamos a ver tu geografía,
tu planicie final, tu territorio.
Pablo Neruda
I. Un guion para la argentinidad
En carta al general Tomás Guido, fechada en Bruselas el 18 de diciembre de 1827, ante el reproche de éste, que le dice “jamás perdonaré a Ud. su retirada del Perú, y la historia se verá en trabajos para cohonestar este paso”, San Martín, al defenderse del mismo, alude a documentos que pondrán de manifiesto, después de su muerte, “las razones” que lo “asistieron”, para retirarse del escenario de sus triunfos y, remitiéndose ya al juicio de la posteridad, enuncia como síntesis de la razón de ser de su vida y de todos sus actos, la máxima: «serás lo que hay que ser, si no, eres nada». Pensamiento que él deriva, quizá, en lo que hace a su literalidad, de uno de los motes del blasón familiar, pero dándole, por reminiscencia de ideas griegas, otro sentido, y dimensión en profundidad.
“Serás lo que hay que ser, si no, eres nada”. Sentencia que, por venir de quien viene, trasunta toda una ejemplaridad realizada en plenitud, e incide en el espíritu de los argentinos como un imperativo, una incitación a ser fieles a un destino, a ser lo que hay que ser conforme a una vocación humana e histórica. Ser lo que hay que ser es, para nosotros, tarea esencial, a la que nunca podemos pensar terminada. Tarea de ser argentinos, de ser lo que, por advenimiento a la vida de la libertad, ya fuimos germinalmente, para devenir cada vez más argentinos en la unidad de una estirpe que, aportando sus esencias y su estilo al acervo de la humanidad ecuménica, se dispone a marcar su huella sobre el planeta en la convivencia y sucesión de los linajes.
La máxima sanmartiniana es la versión argentina de un pensamiento básico en la civilización de cuyos bienes somos herederos. Su alcurnia filosófica se remonta pues a Grecia. Ella está impregnada del espíritu de una sabiduría milenaria, liminar en la historia de una cultura, en el ethos de una civilidad. El imperativo supremo tanto para el individuo como para la comunidad a que él pertenece es someterse a la ley del propio destino. Y en esto reside la más alta libertad a que ambos pueden acceder. La tarea espiritual del hombre en relación a su ser, al despliegue de sus virtualidades y potencias, es la fidelidad a su karma, al destino y vocación de su estirpe, dentro de cuyas posibilidades inmanentes él ha de realizar su propia humanidad.
Esta máxima —verdadero guion de argentinidad—, entronca a través de la exigencia que ella entraña con el “conócete a ti mismo”. El “conócete a ti mismo” délfico —índice monitor de la sabiduría griega— se integra, a su vez, en el dominio del devenir, con el pindárico “deviene el que eres”, “sé tú mismo”. Es el mandato a obedecer a nuestra naturaleza, a someternos, con la más lúcida conciencia, a nuestro karma. No otra es la exhortación que explicita la máxima sanmartiniana “serás lo que hay que ser, si no, eres nada”. Desoír este mandato es frustrar la vocación esencial que nos ha asignado el destino, es vulnerar la ley ontológica de la estirpe, de la que la existencia del individuo es un caso singular. Vale decir que éste es la expresión monádica que sólo recibe, anímica y espiritualmente, su fuerza y sentido de una estructura y de un estilo gentilicios. Quien viola esa ley, segregándose del plexo total de la estirpe, del karma que ella viene realizando en su tránsito por el mundo, es nada, es un microcosmos lacerado que, a la deriva, rueda a contracorriente, es, en el sentido raigal de la palabra, un apátrida, un enajenado de sí mismo por haber desconocido la oriundez de su humanidad individual.
Esta idea de devenir lo que ya se es tiene fundamentos míticos y filosóficos, que la vinculan con la idea de la preexistencia y la reminiscencia, tales como a estas las ha explicitado Platón y les ha dado cuño Plotino —en la Enneada V— quien las transpone al cosmos histórico de las estirpes dando una explicación trascendente del origen y trayectoria terrena de estas.
Si logramos destacar, primero, la íntima conexión entre las tres ideas básicas consignadas, documentando a la vez la alcurnia de la sentencia sanmartiniana, y mostrar, luego, que su autor, porque la realizó en la unidad de su vida prócer, es el supremo arquetipo de la argentinidad, se tornará evidente para nosotros que el “serás lo que hay que ser, si no, eres nada” es el imperativo, el guion que nos orienta en el ámbito de la cultura a que pertenecemos y ata con fuerte nexo el destino argentino a orígenes preclaros y eternamente memorables.
II. Deviene el que eres y autognosis
El pindárico «deviene el que eres» implica pues el «conócete a ti mismo» délfico. Y este, por entrañar una exigencia gnoseológica, supone una activa reminiscencia, qué nos hace remontar al origen. Según la teoría de la reminiscencia, tal cual Platón, en sus diálogos Fedro, Fedón y Menón, explica y trata de fundamentar esta hipótesis trascendente recurriendo a los mitos y a pruebas y mostraciones doctrinarias, traemos a la vida conceptos que tendrían ya existencia virtual en nuestro ser merced a que lo anímico de este habría preexistido. La idea de la preexistencia es un avatar de la doctrina del karma, que así se trasvasa del molde de la sabiduría oriental al pensamiento griego, para orientarlo en sus direcciones míticas y filosóficas cardinales.
En el frontispicio del templo de Delfos, recinto de donde fluían, para aleccionar a los hombres, los oráculos del dios Apolo, estaba cincelado el famoso “conócete a ti mismo”. Según Plutarco, quien, en las postrimerías de la existencia de Delfos, revistió en él un alto cargo sacerdotal, en esta exigencia de autoconocimiento, el que tiene que ser previo a toda catarsis interior del hombre, reside el sentido último y más alto de la sabiduría délfica. Y Plutarco supo inclinar su eclecticismo filosófico —conciliación de platonismo, pitagorismo y otras doctrinas— ante la mística que fluía del oráculo de Delfos.
El “conócete a ti mismo” se enlaza con el “deviene el que eres” o “sé tú mismo”. Pero el hombre sólo puede devenir el que ya es, germinalmente, dentro de la urdimbre de su estirpe, en cuyo ámbito anímico ya ha preexistido. Para ser sí mismo tiene que rememorar mediante conceptos virtualmente existentes, recordarse de su origen gentilicio, y así advenir a su identidad, la que más allá de su expresión personal enraiza en la vida del propio linaje.
III. El karma de la estirpe y los orígenes argentinos
Esta es, en última instancia, la razón de que nos sintamos fuertemente vinculados a la trayectoria anímica de la estirpe, a su constelación humana; y de que abriguemos la certeza de que sólo dentro de la trama de su vida y devenir podemos realizar nuestro destino individual. Es que el hombre es manifestación tempo-espacial de un comienzo que entronca con el de su gente; la cual ha advenido al planeta y en él ha inferido dimensiones telúricas, vitales y espirituales, que configuran un ámbito para el ciclo de sus creaciones, para la vigencia histórica de la misión que ella está llamada a cumplir.
Lo que temporalmente va más allá del individuo y lo excede, en el sentido retrospectivo y actual a la vez de la reminiscencia, es decir lo que del pasado se actualiza, es la herencia paterna y de la estirpe, todo el acervo de una cultura, su estilo y su diversidad en la unidad. Pero este contenido tradicional está muy lejos de agotarse, de absorberse sin residuo en la realidad psico-espiritual del individuo. Lo que constituye el legado hereditario, biológico e histórico, tiene por función eminente coordinar y unificar en el hombre fuerzas y disposiciones virtuales que únicamente pueden ser asumidas y actualizadas por él cuando por ellas logra expresarse una tradición anímico-espiritual, una herencia oriunda de un comienzo que fue histórico, pero que ya se ha transformado en una esencia constante y operante. En virtud de la confluencia de lo gentilicio-histórico y del karma, el hombre, mero producto biológico deviene un símbolo que, merced al insurgir de una estirpe a esta vida, cuaja, se encarna en un módulo humano, cuyo imperativo moral es ayudar con su afán y desvelo terrenos a inscribir en el cosmos histórico de las culturas la constelación propia, su alma, su estilo, cifra de un aporte que no cabe homologar con ningún otro.
Con relación a la tarea de superación que nos impone el destino a que está avocada la argentinidad, hemos afirmado en El mito gaucho que “si estamos aquí, en esta región del universo, frente a la anchura infinita de la pampa y bajo la Cruz del Sur, es porque venimos desde muy lejos y un imperativo de fidelidad a la propia estirpe, el eslabón invisible del destino, nos vincula a orígenes por siempre memorables”.
IV. Vigencia de la máxima en la unidad de conducta del héroe
El “serás lo que hay que ser, si no, eres nada” sanmartiniano nos ha llevado, a través de la idea de la autognosis, a remontar la corriente en pos del manantial, pero el hilo soterraño de su fluencia nos devuelve a la cuenca en que se remansa la linfa milenaria para espejar en su cristal la ejemplaridad humana y argentina de quien supo vivificar, a través de la trayectoria de su vida, el espíritu de la letra de ese pensamiento liminar. San Martín cumplió con el conócete a ti mismo, devino con lucidez y armonía en que era y fue, en medio de la vorágine de los acontecimientos, el que tenía que ser y por eso fue todo para su linaje: el héroe, el modelo, el fundador de la libertad.
El significado trascendente de la máxima se expresa en la unidad de una conducta monitora para todos los argentinos. San Martín, en la lucha por la emancipación sudamericana, como adalid y como hombre, fue lo que había que ser, lo que él tenía que ser, vale decir el fundador de la libertad de Latinoamérica. Porque se atuvo, a través de todos sus actos decisivos, al “serás lo que hay que ser…” logró el objeto de la más difícil ambición, aquella que, por la plenitud ejemplar de una vida en que se hace carne un principio, se vincula al libre destino de una comunidad de pueblos; ambición que, porque está en función de historia y de posteridad, sabe sacrificar los éxitos materiales del presente y ser insensible a la seducción del brillo efímero del poder político que hace y deshace personajes, y que frecuentemente desgarra pueblos.
En discrepancia, pues, con sólitas opiniones, estereotipadas ya en lugar común, afirmamos que no hay en toda la actuación de nuestro héroe máximo el más mínimo renunciamiento; tampoco ningún hecho que contradiga la ley básica de su ser y de su conducta. El desinterés, el desprendimiento personal y político no están, como puede infundadamente creerse, reñidos con la más legítima y pura ambición, la que por su misma esencia se eleva por encima de intereses transitorios de carácter individual y de las vicisitudes suscitadas por el egoísmo e incomprensión de los contemporáneos. El hombre que, como San Martín, procede con más generosidad de alma es, en realidad, el más celoso y avaro de la autenticidad de la norma emergente de su conducta personal y, a la vez, y por esto mismo, el más fiel al destino que lo impera. El que sabe de la grande y auténtica ambición y va al encuentro, de la gloria por el camino de la soledad, el más difícil y penoso, ése, como San Martín, gana su vida porque la inscribe en el historial de la estirpe, a cuyo destino sirve, e ingresa como creador de historia y numen de pueblos en el reino de los arquetipos vaciados en molde personal.
San Martín no es “el santo de la espada” ni el hombre de abdicación o el renunciamiento. No es, no obstante ser medularmente bueno y puro de intenciones, lo primero porque no tomó el camino que trae el santo en su sujeción heterónoma a lo ultraterreno, sino el que conduce a la ejemplaridad del héroe, exaltado en su mundana humanidad. Vale decir que siguió aquel que en ríspida pendiente hace ascender al hombre, por sus hechos y destino cumplido, a esa zona luminosa en que los griegos hicieron morar a sus héroes (dioses o semi-dioses), los que fueron tales, no porque yugularon su pasión por las cosas humanas y superiores, sino precisamente porque la categorizaron y sublimaron.
Fue y es lo que tenía que ser en la constelación naciente de un nuevo linaje de hombres libres: modelo, arquetipo apenas entrevisto, en su efectiva irradiación, por sus contemporáneos y compañeros de jornadas épicas, pero cada vez más nítido e influyente en la posteridad. En presencia de un pueblo que debía nacer a su propia vida, San Martín, lo mismo que el griego libre, consideró que su primer deber era recordarse de que él era hombre y que, en consecuencia, su misión consistía precisamente en someterse y servir a lo más fuerte y excelso, lo que en esa coyuntura histórica planeaba por encima de la voluntad de los hombres, la potencia incoercible de un destino.
Él mismo así lo entiende, y en su proclama a los argentinos y chilenos, cuando va a iniciar su marcha hacia el Perú, afirma: “voy a seguir el destino que me llama”. Dijérase que el destino — aquí la libertad de un continente— elige a aquellos que van a oír y obedecer su llamado. En todas las encrucijadas de la fortuna, en medio de las dificultades de la empresa que acometió, de los obstáculos surgidos por pasiones e intereses encontrados, fue siempre hombre ejemplar, cifrándose en su ejemplaridad la fuerza y el sentido de aquel advenimiento.
Su espada, de temple heroico, fue sólo el instrumento eficiente del ideal que él encarnó, y su genio de militar y estratego los medios, la capacitación para realizarlo. El genio militar del Gran Capitán representa el aspecto técnico-ejecutivo de su personalidad, que él supeditó enteramente a su concepción política y civil de hombre visionario. Más allá de la victoria en las batallas que luchó y venció, en su espíritu se iluminaba y cobraba relieve la victoria de la libertad, la conquista de la independencia integral de América.
Nunca se identificó con el éxito del “militar afortunado”, faceta meramente profesional a la que él asignó su justo valor, previniendo, incluso, del peligro que significaba su “presencia” para “los Estados que de nuevo se constituyen”, según sus propias palabras. Es que San Martín, por encima de los aspectos parciales de su personalidad, que él coordinó admirablemente en vista a una única finalidad, fue el héroe civil de la libertad sudamericana. Esto es su mayor gloria y lo que da relieve definitivo a su ejemplaridad.
Como hombre público y privado, actuó en todas las circunstancias con una sobriedad ejecutiva espartana y la medida y distinción espiritual de un ateniense de la mejor época […] Su fidelidad total al imperativo del “serás el que debas ser…” hizo de él, en la epopeya de la emancipación sudamericana, el hombre del destino, para troquelarlo, en la posteridad, como arquetipo de la humanidad argentina.
[…] Desde que llega a Buenos Aires, en 1812, e inicia su actuación hasta que la da por terminada con su retiro del Perú, y desde esta etapa decisiva hasta su muerte, toda la trayectoria de su vida está uniformada por el espíritu de su máxima, que en su ecuación personal es lúcido y constante servicio a la libertad, al destino histórico de una comunidad de pueblos.
V. El llamado de la tierra
Educado y formado en España desde los ocho años, después de haberla servido con valor y lealtad durante una permanencia de 22 años en su ejército, va a entregar por fidelidad a sí mismo y a su origen todo su esfuerzo a la libertad de América.
Su contacto en Europa con Miranda y los hombres de la Gran Reunión Americana ha preparado su espíritu y fortificado sus convicciones. Se siente identificado con la causa de la revolución argentina y de la emancipación sudamericana y, desde ese momento, su decisión está tomada […] San Martín, el hijo de la selva y de la pampa, fue forja y hechura del influjo mágico del genius loci, cuya potencia anímica se conjugó con el temple y designio de su espíritu, vocándolo a la empresa de acotar con su espada el suelo americano, ámbito que insurgiría a la vida de la libertad para entregarse ecuménicamente, como escenario de un ensayo de vida de gran estilo, a todas las potencias fecundantes de la existencia histórica.
VII Mundo espiritual e ideológico de San Martín
Convencido de la necesidad de un núcleo ideológico difusor y ejecutivo, a la vez, de una asociación secretamente organizada para abrir camino a la revolución emancipadora, toma como modelo la organización de las logias masónicas europeas y principalmente la de la Gran Reunión Americana de Francisco Miranda y funda con sus compañeros de lucha la Logia Lautaro, que es al mismo tiempo órgano de sus convicciones doctrinarias, con un programa también similar al de las logias europeas, pero circunscripta su acción al aspecto libertario en lo político […]
Por su temperamento y disposición espiritual es explicable, además, que tuvieran buena parte —la principal— en la formación de su personalidad los principios que informaron el ideal del hombre clásico y de su moral. Algunos de sus enunciados, de concisión aforística, son de neto giro socrático. Así éste: «la calumnia, como todos los crímenes, no es sino obra de un discernimiento pervertido». Aquí para él, la virtud está muy próxima a ser un saber, resultado de una inteligencia sana y lúcida.
San Martín no fue un filósofo práctico, si se malentiende por tal el que aplica un saber, ciertos conocimientos, con un fin práctico, para satisfacer las necesidades utilitarias de la vida; sino un hombre de acción, de principios claros e ideas bien asimiladas que armonizan con su temperamento y se reflejan en su conducta. Las ideas de quien, sin duda, se inspiró en Plutarco y La Bruyere, leyó la Ilíada y Emilio, y también a Diderot y a Montesquieu, guardaban una estricta consecuencia con el estilo de su personalidad, tal como ésta se manifestó y plasmó en las situaciones históricas, en la acción, en la convivencia y trato de los hombres.
VII. Prospección de su ejemplaridad
La clave para interpretar la personalidad de San Martín, en su verdadera dimensión, es prospectiva, es decir que está en función de lo que ella tenía que ser. También es prospectivo el influjo que irradia la ejemplaridad, desde que esta no solo incide en el presente, suscitando admiración y amor, sino que se proyecta aleccionadora y orientadora hacia el futuro a través de una superposición temporal de devociones colectivas, que es en lo que consiste la posteridad histórica de los genios, los héroes y los fundadores. Los contemporáneos de San Martín no vieron, por falta de la necesaria perspectiva histórica, que éste, signado por el destino, tenía que serlo todo en la unidad arquetípica de su personalidad. Y esto exigía declinar posiciones conquistadas, dar la espalda a los halagos del éxito y del prestigio. De ahí que ellos hablasen de abdicación y renunciamiento, y así lo siga pensando aún hoy la mayoría, supeditada, en su juicio, y sin sospecharlo, a una falsa y parcial clave retrospectiva. Con esto sólo se ve su actuación protagónica, materializada en hechos, situaciones y acontecimientos, pero no lo que ella promueve, lo grande y definitivo que, más allá de la caducidad de todas las pasiones e intereses, estaba en trance de advenir y que nada debía frustrar: la libertad de pueblos y su accesión a la soberanía espiritual y política. Lo grande y definitivo alentaba en el ensueño visionario de San Martín. Transmutarlo en realidad fue la misión que abrazó, encarnando un ideal. Por eso su pensamiento, su intuición genial y todos sus actos, ritman al unísono con esta misión, con este ideal.
En la misma medida en que es consecuente consigo mismo es también fiel al imperativo que lo hace inclinarse ante el supremo interés. En carta al general Bolívar, fechada en Lima el 29 de agosto de 1822 —la carta publicada por Lafond en su libro Voyages autour du Monde— le dice a aquél: (al escribirle) “no sólo lo haré con la franqueza de mi carácter, sino con la que exigen los grandes intereses de América… En fin general, mi partido está irrevocablemente tomado”. En su proclama a los peruanos expresa: “Mis promesas para con los pueblos en que he hecho la guerra están cumplidas: hacer su independencia y dejar a su voluntad la elección de sus gobiernos”. Y en carta al presidente del Perú, general Ramón Castilla, fecha en Boulogne-Sur-Mer, el 11 de septiembre de 1848, próxima ya su puesta de sol en el ostracismo, escribe: “En el período de diez años de mi carrera pública, en diferentes mandos y estados, la política que me propuse seguir fue invariable…, la de no mezclarme en los partidos que alternativamente dominaron en aquella época en Buenos Aires,… y mirar a todos los Estados americanos, en que las fuerzas de mi mando penetraron, como Estados hermanos interesados todos en un santo y mismo fin”. E iluminando definitivamente la razón de ser de su actitud, una con su misión y con su existencia, agrega: “Si algún servicio tiene que agradecerme América es el de mi retirada de Lima”.
VIII. Fundador de libertad y clave del destino argentino
La libertad de América y la autodeterminación de sus pueblos son el leit-motiv de su conducta política y la fidelidad a estos dos ideales deciden y realzan su actitud. En carta al general Bolívar, fechada en Lima el 10 de setiembre de 1822 le dice: “V. E. no ignora que Guayaquil, provincia libre, se encuentra bajo el Protectorado del Perú; tampoco ignora que batallo ejerciendo sin reservas el apostolado de la libertad, por lo que estoy impedido de reconocer a Colombia soberanía en ese territorio. Rehúso el conflicto porque la retroacción sería guerra fratricida. No sacrificaré la causa de la libertad a los pies de España. Mi obra ha llegado al cenit; no la expondré jamás a las ambiciones personales; de aquí que no acepte ser el cooperador de vuestra obra” (es decir lograr que “el Perú reconozca a Colombia soberanía en Guayaquil”). Es que la delgada línea que separa al libertador de pueblos del caudillo, dispuesto a usufructuar una situación política, fue para San Martín una barrera infranqueable por propia decisión.
Como el astro, que enciende su luz en el espacio cósmico, él estaba predestinado, en el cielo continental, a su propia órbita, la que coincide —conjunción del genio y del destino histórico— con la parábola total y ecuménica que, por encima de enardecidas banderías políticas y luchas fratricidas, describe la libertad de América.
Por último, cuando se informa de los anacrónicos ensueños virreinales del general Bolívar, quien quiere incluir dentro de un solo molde estatal a Bolivia, Perú y Colombia, bajo su jefatura vitalicia, con el aditamento de imponer una sucesión dinástica, y ve los males que esto puede acarrear para los pueblos sudamericanos, se dirige al mismo Bolívar desde Bruselas, con fecha 28 de mayo de 1929 y le dice: “Al llegar ahora hasta mí las más alarmantes noticias, siendo la más grave la que se refiere al proyecto de federar a Bolivia, el Perú y Colombia con el vínculo de la Constitución Vitalicia cuyo Jefe Supremo Vitalicio sería V. E. y con la facultad de nombrar sucesor, me apresuro y me permito darle el mismo consejo que el año 22 pusiera en práctica al sacrificar mi posición personal de aquella hora, para que pudiera triunfar la causa de la libertad americana. Vuestra obra está terminada como lo estuvo la mía; deje que los pueblos libres de América se den el gobierno que más convenga a su estructura política…» Y como colofón estampa esta verdad, abonada e iluminada por su ejemplo: «Los pueblos no podrán aceptar el someterse a la voluntad de un hombre a quien ellos consideran el abanderado de las libertades ciudadanas”.
Este es el hombre que categorizó la línea de una conducta para devenir lo que tenía que ser, en consonancia con una misión y como depositario de un mandato del destino. Si partimos del hombre mismo, de la plenitud señera de su personalidad, nos explicamos perfectamente el porqué de sus actitudes y decisiones, y percibimos la secuencia de sentido de todos sus actos.
Su grandeza en ascensión recta y sin ocaso es fuente de inspiración para los poetas de todos los estros, del épico al lírico. Si la posteridad, en su culto al Héroe, la ha vaciado ya en estrofas de bronce, su cifra última, empero, implicada en un devenir creador, es la del destino mismo de la patria.
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